15.11.2009 | Extensas y oscuras manchas de petróleo pueden verse en el Golfo de México. Preocupación en los encargados de evitar la polución consecuente, que buscan desesperadamente el origen de esas manchas: algún buque tanque partido, varado, ¿hundido? Nada a la vista, ni arriba ni abajo del agua; pero las manchas son reales, visibles y crecientes. Llevó un tiempo descubrirlo, generó confusión: la Tierra se agrieta.
Al sur de Texas y Louisiana, minúsculas burbujas de gas y petróleo ascienden por las fisuras de los sedimentos marinos. Ya casi en la superficie del fondo marino, antes de filtrarse hacia el océano exterior, estos hidrocarburos fluyen por una última capa rebosante de exótica vida submarina. Cuando llegan a la superficie, las burbujas de gas se evaporan y el petróleo flota, circula a merced del viento. Una suerte de "goteo hacia arriba" en ese Océano tropical, con olor a brea y manchones negros que desorientaron durante mucho tiempo a los guardacostas.
El Golfo destaca por la abundancia y variedad de sus rocas y sus "trampas" geológicas para el petróleo. Y resalta también allí la existencia de un antiguo lecho de sal precipitada durante el Jurásico, hace 170 millones de años. Esta formación, llamada Salina de Louann, es geológicamente complicada de entender. Pero lo cierto es que la sal ascendió creando pliegues, agujas, estructuras adheridas al fondo oceánico, que fue condicionando el modo de migrar de los hidrocarburos: unas veces, quedó implacablemente atrapado bajo la incorruptible sal; otras veces, ejerciendo máxima fuerza empujó y provocó grandes fallas que ahora canalizan la superficie.
Éstas y otras características particulares convirtieron al Golfo de México en un lugar único en la historia de la industria petrolera. De hecho, la primera instalación submarina nació allí, en 1947, estrenando las plataformas luego extendidas en el mundo. Pero ya en los estudios precolombinos del lugar, se aprecia el uso local de brea para sellado; y existen registros de manchas de petróleo documentados por los españoles en el siglo XVI, de donde se desprende que el goteo natural lleva siglos.
El investigador John C. Soley registra diarios de a bordo como el del carguero "Comedian", que describe tres chorros de crudo ascendiendo por sobre la superficie del mar en 1910, casi cuatro décadas antes de la primera plataforma, situación vivida como un gran enigma. Relatos del mar dan cuenta de la gran variedad de aves pringadas de petróleo, y del agrio hedor del ambiente.
Pero, además, son filtraciones insidiosas porque, al ser lentas -y constantes-, la película se va formando lentamente sin ser observada hasta que tiene un grosor capaz de ser percibido; por lo tanto, las medidas tendientes a evitar el deterioro se retrasan considerablemente, máxime si se tiene en cuenta que las manchas se desplazan de continuo. Una fuga permanente de crudo que brote de un solo orificio va acumulándose lentamente. Así sucede con los salideros mexicanos cuyas corrientes submarinas se encargan, además, de desparramar erráticamente, de modo tal que también se hace difícil determinar el lugar exacto de la fuga.
La longitud de las manchas depende del estado del mar. En tiempos de tormentas (abundantes en los períodos de huracanes) el petróleo se fragmenta; en tiempos de calma, la capa de crudo puede distinguirse a 25 kilómetros de altura y su desplazamiento suele ser muy rápido.
Ahora, no todo es tan negro como su color. Curiosamente, los oceanógrafos han logrado detectar remolinos generalmente complejos de descubrir gracias al efecto especial que producen en estas manchas. Y hay más: estudiando los efectos nocivos sobre la fauna marina, y convencidos de que todo espécimen estaría enfermo, el grupo de investigadores de la Universidad de Texas, dirigido por Mahlon Kennicutt, capturó en un lance de red más de 800 kilos de Calyptogena ponderosa, un bivalvo insólito morador de profundidades donde la vida en sí misma ya es extraña.
Acompañando al molusco, había cientos de "palitos" marrones y fibrosos atrapados en las redes. Esos restos orgánicos eran absolutamente desconocidos; tanto, que los investigadores estuvieron a punto de arrojarlos por la borda creyendo que se trataba de una planta arrastrada por el Mississippi. Hasta que un miembro de la tripulación pensó que le podían servir para tejer cestos, y al distribuir los palitos optó por abrir algunos de ellos: sangre bien roja se desparramó en la cubierta, ante el asombro de todos.
Expertos de todo el mundo recibieron muestras, dando origen a una sorprendente historia para la biología: los hidrocarburos fluyentes del fondo del mar son una fuente de energía química que nutre a criaturas llamadas "vermes tubulares" (los mencionados "palitos"), a los bivalvos gigantes que fueron capturados con ellos y a otra especie de mejillones adaptados a las grandes profundidades. Al vivir en su interior celular, cuentan con un tipo de bacterias que sintetizan una nueva materia orgánica que sustituye la ausencia de luz solar.
Las primeras exploraciones submarinas supusieron dificultades para hallar estas colonias, pero hubo una sorpresa más: se toparon con un ecosistema conformado por una enorme cantidad de mejillones agrupados alrededor de burbujeante gas y grandes manchas de bacterias de colores brillantes. Más aún, constituían el bocado preferido de peces, crustáceos y otros invertebrados. En algunos casos, los bancos eran tan densos que alcanzaban a taponar el flujo de petróleo a la superficie.
Ahora bien, ¿cuánta es la fuga natural de petróleo en México? No poco, ciertamente: una fisura de 0,1 micrones de espesor medio (casi imperceptible) alcanza unos 100 metros de ancho a lo largo de unos 10 kilómetros, contiene 100 litros de crudo; y su permanencia en bloque sobre la superficie, mientras la marea es activa, es como si en diez años se volcara el equivalente de 40 millones de litros de crudo. Exactamente lo mismo que volcó el "Exxon Valdéz" en el canal Príncipe Guillermo en Alaska, provocando un desastre ecológico que hizo historia.
La comparación entre la liberación natural de crudo a través de fallas y fisuras del fondo marino y las fugas accidentales durante su extracción y transporte, resulta reveladora. Las pérdidas naturales de petróleo en el Golfo de México, como seguramente en otros lugares del mundo, han arrojado al mar tanto gas y crudo como la industria petrolífera. Claro que, si bien las cantidades totales son muy parecidas, las tasas de extracción no lo son; los hombres tienen mucha más prisa por vaciar los yacimientos.
Es cierto que en mar abierto el ecosistema puede tolerar cientos de toneladas de crudo esparcido en delgadas láminas a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados. Pero la misma cantidad vertida en una zona de nidación de aves marinas acaba con la población. Y de hecho, el fluir constante de petróleo en un estuario cumple con todas las condiciones para desbaratar el ecosistema, por más que sea capaz de generar otro. Mucho peor, claro.
por Rodolfo Olivera
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