15.11.2009 | El grupo humorístico-musical kitsch Los Amados trajo su último espectáculo “Karabalí, ensueño Lecuona”. Allí homenajean al maestro cubano Ernesto Lecuona. Un catálogo de virtudes, que tiene como norte principal el talento.
En el universo de Los Amados, la noche es “nochie”, las muchachas son “beias” y el recuerdo se personifica con una estética de casa de abuela de antes, de esas que poblaban los aparadores con adornitos y las paredes con platitos. Por eso no es de extrañar que cuando celebran la figura del mítico músico cubano Ernesto Lecuona, su imagen baje desde el cielo, adornada con un volado rojo hecho en papel crepé. La coherencia de este mundo de jopos ridículos, bigotes angostísimos, trajes anacrónicos y engolamiento exagerado es tal que ni siquiera la solemnidad puede con ellos. ¡Claro que sí!
Para quienes no los tengan, Los Amados son un grupo que nació hace ya 20 años y tuvo sus orígenes en el Parakultural, escenario clave de la movida teatral independiente porteña que alumbró la resistencia intelectual previa al “menemato”. Seguramente los han visto en la televisión, con su aspecto entre patético y querible, recreando algunas piezas de la música latina de las décadas de los ‘40 y ‘50. Lo que proponen en el escenario desde entonces es un juego: hacerles creer a los espectadores que son una banda que gira interminablemente por el mundo y que llegan a la Argentina para continuar difundiendo su mensaje de amor.
En “Karabalí, ensueño Lecuona”, el espectáculo que presentaron en la sala Astor Piazzolla, recuperan la obra del mencionado artista cubano. Para hacerlo tienen que citar indefectiblemente las raíces africanas de estos ritmos: una selva de cartulina y un verde expresivo abren la escena. Allí ingresa el “Chino” Amado, líder del grupo, enfundado en un traje de cazador de un verde cercano al del paño de las mesas de póker con guardas doradas. El espíritu es kitsch, hay una predilección por el colorido y la caricatura. Pero si a veces se puede caer en el patetismo de unos personajes que aparecen congelados introspectivamente en el pasado, el cariño y la simpatía alejan cualquier atisbo de ironía y cinismo.
Es que Los Amados no parecen un producto de nuestra época. En momentos donde el absurdo es utilizado para marcar una distancia canchera con aquello que nos parece insignificante, su apelación al kitsch es sólo formal y no funcional. Si bien la mirada es paródica, no convierten su acto en un gesto de modernidad. Hay un chiste constante acerca del cantante que cae en todos los lugares comunes de la lascivia escenificada y la consagración del amor grasoso, transpirado. Sin embargo la burla no es tanto al amor como hecho real y tangible, sino a la reconstrucción del amor como objeto.
De lo que se ríen Los Amados es del peluche con un corazón en la mano que dice “Te amo” sacado de una de esas máquinas que hay en las casas de videojuegos viejas; del piropeo y el galanteo como presunción de elegancia. Pero tampoco es una risa malvada, es una risa que revela el ridículo sin cuestionarlo. Por ejemplo, ante una de estas situaciones, un cínico miraría con desprecio y diría que el amor es una tontería, una pérdida de tiempo. No es este el caso: hay un cariño muy particular por esas criaturas y un respeto sin solemnidades a la música de antaño. Dado el éxito que tienen, son un fenómeno raro.
Homenaje
Habitualmente los espectáculos de Los Amados son como una cajita musical de color rojo furioso: el género clave es el bolero y a partir de su representación teatral se escenifica el concepto, luego vienen las canciones. Sin embargo, en “Karabalí, ensueño Lecuona” decidieron centrar por primera vez el show en la figura de un solo artista, su música y sus canciones. A Lecuona ya lo habían abordado, pero aquí lo hacen en exclusiva. Claro que su obra da para varios espectáculos: considerado el padre de la zarzuela cubana, su compañía brilló en las décadas del ‘30 y del ‘40, y temas como “María la O”, “Siempre en mi corazón”, “Siboney” o “Celos” son recuperados para la ocasión.
Claro está que la elección del cubano no es antojadiza. No sólo fue un gran músico, sino que él mismo era un showman de aquel tiempo, montando grandes shows con un sentido espectacular de la puesta en escena. Conocedores del crecimiento alcanzado en los últimos años, Los Amados elaboran también un gran espectáculo a la usanza de los casinos cubanos de la época de Fulgencio Batista, que tiene el esqueleto de canciones inmortales a lo que le agregan su cuota de humor asordinado. En solfa, son una especie de “dream team” musical, con integrantes que provienen de diferentes países latinoamericanos y nombres tan improbables como Tito Richard Junquera en el contrabajo o los hermanos Black y Mambo Méndez. En la realidad, son una agrupación soñada que suenan instrumental y vocalmente -me atrevería a decir y sin temor a equivocarme- como pocas bandas en el país.
Talento argentino
Mucha de la efectividad de la propuesta de Los Amados se da en el carisma del “Chino” Amado (Alejandro Viola). Si bien hoy lo musical ganó un protagonismo mucho mayor, no han perdido esa esencia que hace bases en el humor: en los comienzos eran más de café concert y hacían del contacto con el público uno de sus fuertes. Eso se puede ver en los pasajes donde el “Chino” habla con el público sobre los celos, generando un ida y vuelta sumamente gracioso. Pero no se limitan a eso, también hay un trabajo muy cuidado sobre los roles que juega cada integrante de la banda: desde el humor mimético de Oscar Durán (o el maestro Cristino Alberó) y su requinto, hasta la contrafigura del notable Lisandro Fiks (Junquera) en el contrabajo y la dirección musical.
Como todo lo simple, a lo que hacen Los Amados hay que hacerle un corte transversal para estudiar todas sus capas. Ya que estamos kitsch, podrían ser una de las láminas ilustrativas de algún viejo manual de colegio secundario. Porque sin dudas hay que escucharlos; escucharlos cantar y escucharlos tocar (el piano de Analía Rosenberg, la voz de Daniela Horovitz). Es un placer observar cómo hacen plastilina los géneros, sin poses. Son virtuosos, claro que sí -los arreglos de Fiks no son para iniciados-, pero no hay mostración excedida de virtudes. Sólo apreciar el puente entre música caribeña, tango y chacarera para sostener que son milagrosos y que su arte está repleto de ideas. Pero a la vez hay que escuchar la otra capa, el subterfugio, cuando el discurso no sólo es sátira de un mundo que es pura superficie sino también cuando el comentario deviene en política: qué otra cosa son esos entredichos del “Chino” y Junquera sobre la nacionalidad del tango y de Gardel. Los Amados, como todo buen comediante, no tienen un pelo de ingenuos.
Lo cierto es que con “Karabalí, ensueño Lecuona”, que viene de ganar el Premio ACE, pegan un salto de calidad escénico sin perder un ápice en su condición de artistas integrales. Si vamos a lo concreto, no deja de ser un espectáculo difícil: ¿cómo se sostiene hoy ante un público joven un show con estas canciones que nadie se atrevería a tener en su Winamp? Y más allá de algún truquito, Los Amados construyen un espectáculo sólido que no renuncia nunca a lo que pretender ser, ni se bifurca por los senderos del facilismo. En el panorama actual son una excelente noticia. Y si de excelentes noticias hablamos, hay que destacar que se estarán presentando todos los lunes de la próxima temporada en la ciudad.
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