22.11.2009 | Analizar la multiplicación de procesos violentos que remiten a la intolerancia entre las sociedades, aun dentro de sí mismas, es un proceso lento y seguramente angustiante. En última instancia, poco nos dirá sobre la naturaleza antropológica del "mal", suponiendo que pudiera ser una constante humana, individual o colectiva, y particular de determinadas sociedades. No es así. Pero quieren hacernos creer que sí.
Comenzó con un debate en la Comisión Consultiva sobre los Derechos del Hombre realizado en París, cuando recién se iniciaba la década del ´90. El informe versaba primero sobre la inmigración y el papel que desempeñaba en la realidad y en el debate contemporáneo, cuando las naciones europeas no conciliaban una política común en tal sentido.
Sobre el trasfondo de la mutación urbana estaba la social, la crisis en la escuela, el esbozo de una segregación que se creía controlada, y que sin embargo renació de manera creciente. Primero consolidando en Francia al partido de Jean Marie Le Pen (que llegó a ganar en once Municipios), y luego extendiéndose veladamente a sectores que antes hubieran considerado una ofensa verse involucrados.
Pero lo cierto es que las poblaciones de origen magrebí (Norte de África), nuevos brotes de antijudaísmo (no “antisemitismo”, porque “semitas” es un término que involucra a más comunidades), incluso un rebrote de la marginación de los negros (salvo que jueguen bien a algo), fueron cobrando forma. El auge contemporáneo del racismo aparece indisolublemente unido a esta notable mutación social y urbana.
Pero también es el propio racismo el que muta. Hoy, en esta modernidad que está agotada (y por qué no también la posmodernidad), al menos en los términos en que fue pensada, los Estados se muestran cada día más impotentes para mantener los antiguos modelos de integración. Y por doquier surgen -o se refuerzan- identidades comunitarias que se pueden definir en términos religiosos, étnicos, regionales, culturales, históricos y/o nacionales. Entonces la idea básica de "racismo" se ensancha en su alcance, conmoviendo la capacidad de intelectuales para pensarla, y de funcionarios para actuar en su contra.
De las dos experiencias tradicionales, la norteamericana -que implica un racismo arraigado en la estructura social apuntando a una población ampliamente dominada, los negros- y la experiencia europea -que alguna vez se hizo fuerte en el antisemitismo; insisto, mal utilizado-, pasamos a una lectura nueva, con nuevos actores de ambos lados. Pero también con formas diferentes de dimensionar el distanciamiento de los sectores sociales que, si bien sucede en especial en las comunidades receptoras de migrantes, también cabalga a lomo de fracturas sociales internas cuyo lenguaje es cada vez más violento.
Convertido casi en una suerte de nuevo racismo, aplicarlo de manera lombrosiana con determinadas culturas, sociedades o religiones resulta tan simplista como inmoral. Hay quienes inscriben este fenómeno creciente en la mutación social, en transformaciones que afectan a una conciencia comunitaria (por posición económica, por expectativas o ausencia de ellas, por preeminencia o por abandono en el sistema, etc., etc.).
Podría hablarse, en todo caso, de la necesidad de una nueva sociología para el racismo, visto éste como acción con sus formas más elementales, sus conductas, sus representaciones, sus apoyaturas políticas, su capacidad de movilización; todas esta vez ligadas a distintas variables (no sólo la piel o la etnia) pero manteniendo la forma tradicional de rechazar "al otro" con toda la fuerza bruta, o con toda la brutalidad de la fuerza (lo mismo da).
Y tampoco esto sería fácil. Al fin y al cabo el racismo "sólo es una fuerza desnuda, en los casos extremos en que queda abolido cualquier otro sentido" (Michel Viewiorka, especialista en el tema). Es el marco que delimita un camino de franca decadencia, de degradación de las relaciones sociales, de la dificultad de aceptar los cambios o las diferencias, del rechazo a la sola idea de generar una conciencia comunitaria. Todos factores muy presentes no sólo en los conflictos más vistosos del mundo exterior, sino también hasta en la barbarie cotidiana de las canchas de fútbol donde el "color" que produce rechazo no es el de la piel, sino el de la camiseta: suficiente para identificar al enemigo.
¿Hace falta un contexto de descomposición general para su emergencia? ¿Es el resultado del fracaso -o al menos la crisis- de la modernidad? El racismo, visto desde este ángulo, no obedece a una única lógica: se despliega siguiendo ejes distintos, y no es el mismo según se instale o no en el nivel político. Pero algo más podemos preguntarnos: ¿es posible enfrentarlo exclusivamente apelando a la sociedad a través de la razón y de la ética para hacer retroceder al neo-racismo?
No habrá nadie con un mínimo de sentido común que le reste valor a ambas pero, a fuer de sinceros, son condición necesaria pero no suficiente. Sobre todo en el contexto actual, que precisa además de políticas activas con medidas legislativas y reglamentarias; con esfuerzos que algunas veces tendrán que ser más directos, más explícitos, y que otras veces serán apuestas a futuro, como la política educativa (si es que alguna vez tendremos algo que se le parezca).
Es en el espacio de las efectivas relaciones sociales donde se debe intentar reducir de hecho el campo que se le abre a este particular fenómeno de la violencia, que marca, sobre todo, una concepción esencial: la de la superioridad supuesta de un sector social sobre otro (por status, por fe, por cultura, por tantas cosas, muchas de ellas juntas a la vez). Tomemos por ejemplo el caso de Francia y la situación escolar, siendo que bien puede ser considerada una nación pionera en innovaciones y en constante experimentación sobre líneas de trabajo educativas.
Pues bien, cuanto más se vive el problema de la escuela francesa ante la inmigración (en general) y el Islam (en particular), por una parte se observan comportamientos individuales que instauran una segregación de hecho; y por otra parte, mayor resentimiento muestran quienes, considerándose "franceses de solera", carecen de medios para alejar a sus hijos de las escuelas con un alto porcentaje de inmigrantes, incluyendo ocasionales explosiones mediáticas y político-ideológicas (el caso del velo fue paradigmático) en los que afloran el miedo, la angustia y la propia xenofobia que puede decirse que nunca desapareció del todo (incluyendo esta vez a la Argentina).
"Las sociedades no cambian por decreto", ha afirmado con toda razón Michel Crozier (ése es el título de su obra publicada por Grasset, París, allá por los ´80, cuando comenzaba a experimentarse el fenómeno de la migración islámica en Europa). Tampoco mejoran las relaciones sociales por el simple hecho de desearlo.
Ya no basta con diferenciar al otro por la piel o por los ojos, ni por la etnia ni por la historia, ni por la fe ni por la cultura. Con la misma virulencia se denosta por posición social, por pensamiento político, por ser estudiante de lo público o lo privado, por el color de la camiseta, por ahorrista o por deudor.
Estamos muy locos de una nueva y peligrosa locura que hay que atajar a tiempo.
por Rodolfo Olivera
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