06.12.2009 | Hasta aquí, descubrimos finalmente de qué va la cosa. Al menos, en gran parte. Desde una mirada panorámica tal vez breve, pero exhaustiva, hemos podido conocer y comprender la naturaleza y el funcionamiento del sistema financiero que regula al mundo. Paralelamente, fue apareciendo el agobio, la impotencia y la angustia de sabernos irremediablemente inmersos en él. Ahora, es tiempo de analizar alternativas.
Podría decirse y contarse tanto más que, de hacerlo, esta serie emprendida hace algunos meses no tendría fin. Pero el detenerse a analizar algunos aspectos fundamentales de ese sistema financiero tan extendido como desconocido, sirvió para advertir que, en el fondo de su aparente realidad, habita una ficción. Ficción que, tan bien construida e implantada en el imaginario, las conductas y las acciones humanas, pocos hasta ahora han dejado de darla por cierta. Dar a conocer de qué va esa ficción, de dónde sale y cómo opera, es tan fundamental como ahondar en algunas de las alternativas que en el último tiempo han surgido para combatirla o modificarla. Esta vez, ahí radica el desafío. Desafío del que, al día de hoy, no está exento ningún país, ninguna sociedad, ningún individuo. Siempre y cuando se trate de pensar, como igualmente cierta y posible, la chance de vivir en un mundo mejor, o de vivir, o de vivir en un mundo, a secas.
Veamos entonces cuáles son y en qué consisten algunas de esas alternativas.
En principio, algún ejemplo desde lo macro. Según se afirma, la base del cambio iría por el camino de crear monedas alternativas, como una forma de ejercer contrafuerza al dominio de las monedas fuertes que determinan cuál es y de cuánto es el valor de cambio: euro o dólar, yen, incluso, de acuerdo al punto de vista que se prefiera. Son pocas, sus dueños también, pero mueven los hilos en el escenario mundial.
Algunas versiones comentan que, para ejercer esa contrafuerza y solventar sus recurrentes crisis, ciertas regiones del planeta estarían complotándose en secreto. Es el caso de la supuesta conspiración entre los Estados Unidos, Canadá y México, que de unos años a esta parte trabajarían por el lanzamiento de su moneda común: el Amero. Teóricamente, la crisis actual del dólar estaría acelerando los procesos para su presentación oficial, entre reuniones secretas y pactos encubiertos. La intención sería conformar una unión americana al estilo de la Unión Europea, mediante acuerdos firmados en 2005 por Fox y Bush a espaldas de sus Congresos. Y aunque inicialmente circularía entre los países integrantes del TLCAN, gradualmente se extendería al resto de América.
No faltan defensores ni detractores de la idea. Tampoco quienes han salido a mostrar y denunciar fotografías de la nueva moneda, que ya estaría acuñada y conservada en el Tesoro de los Estados Unidos: monedas plateadas y doradas que, de un lado, exhiben símbolos propios y, del otro, los emblemas nacionales de cada país. Llegado el momento, el reemplazo de una moneda por otra se establecería mediante el cambio de un dólar por un amero. Se crearía, además, el supuesto Banco Central de América del Norte, cuyos estatutos (que ya estarían redactados) lo harían responsable únicamente del mantenimiento de la estabilidad de los precios mediante un tipo de interés único. No sería responsable, por ejemplo, de mantener el pleno empleo de la mano de obra. Los tres países tendrían representantes en los cuerpos directivos del Banco; de acuerdo, claro, a su tamaño relativo, determinado por cierta ecuación que mediría el promedio de su población y sus ingresos nacionales. Así, cada uno obtendría el ingreso que le toque, acorde a la emisión de ameros que utilice en sus economías particulares. De más está decir que, así las cosas, nada viene ni tan unido ni tan compartido, ¿no?
Por supuesto que, cambiando la fachada pero manteniendo las disparidades y conflictos internos, esto no haría más que generar una dependencia más grave y estrecha de la que ya tienen el país más débil y el medianamente débil con el más fuerte de esos tres (descarto que no hace falta aclarara cuál es cuál). Además de disolver la soberanía de cada uno, ofreciéndola en nombre de una unidad tan virtual como insostenible. Porque, convengamos, que entre sí utilicen una misma moneda no hará, de ningún modo, que las diferencias socioculturales se concilien. Mexicanos, mestizos y latinos seguirán siéndolo. Canadienses de Montreal o de Quebec no querrán ser neoyorquinos ni pararse a tocar jazz en el desierto de Arizona. Por lo mismo, imagino que la progenie del Tío Sam no se entusiasmará mucho con la idea de fundirse entre los descendientes de Ixbalanqué, ni de parecerse a sus separatistas de más arriba.
Debajo de esta hipotética intentona de conspiración entre tres, subyacen los rumores de un plan mayor. Este proceso de unificación americana bajo las polleras del Amero sería apenas la primera fase de un plan más ambicioso: concentrar el poder y el dinero en un único gobierno mundial, en el marco de una profunda crisis financiera internacional que ya estaría consolidándose para llegar a tal fin. Todo esto, entre algunos otros detalles, afirman quienes se han propuesto difundir y denunciar el “plan amero”. Pero, como sucede con todo lo que tenga que ver con rumores o información, bien vale evaluar qué se dice desde la otra orilla.
Desde ese otro margen no son pocos los personajes que insisten en afirmar que todo esto es una farsa, una blasfemia encajada en el disfraz de otra conspiración paralela. En 1999, el político y economista canadiense Herbert G. Grubel publicó “El caso del amero”, un ensayo basado en la simulación de una moneda única americana al estilo del euro con el objetivo de analizar los pros y contras de su existencia. Como suele suceder con ciertas lecturas y lectores, la idea habría sido malinterpretada como cierta. De allí habrían surgido las diversas fantasías que más tarde fueron tomando la forma de conspiraciones y monedas ocultas. Algunos grupos patrióticos canadienses no tardaron en detractar a Grubel, acusándolo de promover un intento de favorecer negocios estadounidenses que ganarían acceso a los recursos naturales de Canadá a medida que van desmantelando y expropiando los servicios sociales de su nación.
Tiempo después comenzaron a circular por la red documentos, artículos, videos y largometrajes difundiendo la cuestión del amero como un hecho. Quien más ha influido sobre la opinión pública fue Hal Turner, un locutor de radio de Estados Unidos que transmite su programa por Internet desde su casa una vez por semana gracias a las donaciones de sus oyentes. Él afirma que su país ya ha enviado 800 mil millones de ameros al Banco de Desarrollo de China. Otros intentan desenmascarar a un personaje racista y ultranacionalista, fanático de la supremacía blanca, que desde su micrófono promueve el antisemitismo, se opone a la idea del Estado de Israel y niega la existencia del Holocausto, y que en junio de este año fue detenido por amenazar de muerte a jueces estadounidenses desde su programa.
Desde esa misma orilla dicen que las monedas de amero no son otra cosa que piezas de una colección creada por el diseñador Daniel Carr, quien vende otros objetos propios desde su sitio web Designs Computed o DC Coins. Parte de su colección contendría una serie de “ameros imaginarios” elaborados en plata, cobre y oro. Carr declaró públicamente: “espero que estas monedas ayuden a que más gente se entere del tema y de las ramificaciones posibles. Animo a los ciudadanos a que expresen su aprobación o desaprobación de los planes del gobierno que los afectan”.
Evidentemente, la primera de las alternativas a considerar (entre otras del estilo) no hace más que reproducir, con una leve modificación en las formas, el mismo fondo de lo que ya existe. Y repite el gesto de dividir las aguas entre quienes están con o quienes están en contra; entre creyentes y ateos, entre buenos y malos, entre mentirosos y sinceros. Todos, valores tan relativos como el punto de vista o la intención que los empuje y avale.
Personalmente, de existir una alternativa viable, hay algo en lo que creo sí firmemente: sólo puede ser posible estando por fuera de cualquier estructura divisoria. A fuerza de coherencia, tampoco creo que una alternativa real pueda provenir desde los mismos grandes hacedores del perjuicio. Otras tentativas de solución están viniendo “desde abajo”. No tienen nada de rumor ni nada de polémico. Están actuando, por lo bajo y en silencio. Pero están saliendo adelante sin conflictos y con éxito humano. Se las debo para la próxima.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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