06.12.2009 | En tiempos donde se impone el cine en tres dimensiones, hay que debatir cuál es su necesidad. Actualmente se debate entre el fenómeno de feria y la herramienta artística. Mientras, resulta una buena excusa para combatir la piratería.
Con el estreno de Los fantasmas de Scrooge y la llegada del cine en 3D a la ciudad, Mar del Plata se sumó al último grito de la moda tecnológica. En realidad deberíamos hablar de un retorno, ya que quienes fuimos adolescentes en los ’80 recordamos ese penoso intento de Tiburón 3D, aunque hoy la técnica se empecina en enrostrarnos que ha alcanzado un grado de calidad y detalle que no tenía hace dos décadas. En realidad las proyecciones estereoscópicas no son ninguna novedad, tienen origen en la década de 1920 cuando el cine se debatía entre ser un fenómeno artístico o uno industrial. Y si bien el siglo XX se encargó de demostrar que puede ser las dos cosas, la reaparición de la tridimensionalidad retrocede cien años el panorama, a las épocas del atractivo de feria. Ante este presente se impone un debate sobre las imágenes y su propiedad.
Decíamos, en 1922 se estrena The power of love y con ella la primera película filmada con dos cámaras y presentada con dos proyectores, lo que permitía que las imágenes adquirieran volumen y se pudieran ver de manera estereoscópica. Este sistema tuvo algunas reformulaciones en los ’30 y en los ’50, donde alcanzó su auge, pero siempre se enfrentó a otros inconvenientes: en algunos casos los costos que no se justificaban y en otros, las contrariedades que acarreaba para el espectador; dolores de cabeza, problemas de visión. No era necesario usar los anteojitos especiales para ver las películas durante toda su duración, sino que una indicación en pantalla anunciaba cuándo debían ser utilizadas.
Hoy la historia es diferente: si bien siguen siendo necesarias las lentes para ver el relieve en las imágenes, ya no genera dolores en los ojos ni en la cabeza, y el film entero está rodado bajo esta tecnología. Sin dudas un avance de estas características es siempre, antes que nada, un alarde técnico. Negar la tecnología en el cine sería como refutar las burbujas en la soda: algo impropio, incapaz de aceptar el preciso origen de las cosas. Lo que habría que hacer en todo caso es colocar el fenómeno en el lugar que debe estar y condenar el uso indiscriminado e innecesario de la tecnología, cuando no tiene un sentido artístico.
El gran debate es ¿qué le aporta el 3D al cine? Hoy por hoy, poco y nada. El último grito de la tecnología hasta la actualidad habían sido los efectos especiales por computadora. La diferencia entre ambos desarrollos es algo que está a la vista: cuando en los primeros años de la década de 1990 empezaron a llegar los filmes con imágenes generadas por computadoras no era necesario tener una sala especial para proyectarlas. Ahora, con la tridimensionalidad, sí. A Mar del Plata, que es una ciudad relativamente grande, se tardó un año en llegar, ni queremos imaginar qué pasará en otros lugares. Si a esto le sumamos que muchas películas tienen escenas sólo justificadas en el uso del 3D, estamos ante un fenómeno que discrimina. Lo del costo diferenciado de la entrada es tema para otro análisis.
Industria
Como decíamos en un párrafo anterior, la aparición de la estereoscopia devuelve las cosas al tiempo en que el cine era más un fenómeno de feria que un arte. No sólo porque esta técnica hoy por hoy se impone a la narración (este argumento también podría usarse para desvirtuar el cine experimental), sino porque además -y esta es la clave del asunto- su presencia sólo se justifica en la necesidad de la industria porque la gente vuelva al cine. Otro avance de la tecnología como la Internet abrió una brecha, con la posibilidad de descargar archivos, que los popes de la industria cinematográfica no previeron: que la gente prefiere ver las películas en su casa, antes que en la sala. Hay múltiples variables que motivaron esto, pero lo que le importa a los empresarios básicamente es que el público ya no paga la entrada. El 3D, entonces, agrega dos argumentos para combatir la piratería: uno, que la experiencia es sólo disfrutable en la pantalla grande; dos, que filmar una película en la sala y luego bajarla a un cd es imposible ya que sin las lentes lo que se obtiene es una imagen borrosa.
¿Debería importarle al espectador esto del cine 3D? Sí y no. Si tenemos en cuenta el tipo de cine que hoy por hoy hace uso de esta técnica, sí. Sin prejuicio alguno, sólo los megatanques hollywoodenses han visto necesaria esta experiencia, justamente aquellas películas que son las más pirateadas por Internet. Su público está predispuesto a las emociones, no les interesa tanto cómo se cuenta el cuento, sino más bien que sea espectacular. Y entiéndase por espectacular que haya muchas cosas que vuelen por los aires. Estos filmes, excedidos en efectos especiales, aportan entonces esas explosiones y grandes escenas de acción que se disfrutan mejor con relieve. Es en ese gesto donde se revela pues la falsa importancia de esta técnica.
Para que el 3D sea realmente fundamental, habrá que esperar que algunos grandes autores hagan uso de él. En los próximos meses veremos Avatar de James Cameron y Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, dos directores que siempre hicieron de la tecnología un arte. Por ahora no alcanza con el te-tiro-cosas-a-la-cara que nos quieren vender como espejito de color. Es que hay en esta actitud una ignorancia sobre la imagen y la responsabilidad que sobre ellas cae al convertirse en objetos constructores de identidad cultural. Ojo, sabemos que estamos en el inicio de esta técnica y que en su momento el sonido o los mecanismos para darle movilidad a la cámara fueron invenciones que posteriormente se hicieron funcionales al arte. Pero el estreno de Los fantasmas de Scrooge habilita al pataleo: ¿cuál es el sentido de rodar con esta técnica prepotente -más la del motion-capture- que invade, una historia que habla precisamente de los valores humanos y de las tradiciones enfrentadas a la avaricia? La tecnología debería estar motivada por el fondo y no por la forma de las imágenes.
Algo bueno
Entiéndanse estos comentarios no como una impugnación, sino como una necesaria ubicación del fenómeno agigantado por la publicidad. Nadie puede estar en contra de algo que mejora en ciertos aspectos la experiencia de ver cine, aunque todavía falte la visión de esos artistas que logren convertirla en funcional a la narración. Sin embargo podemos encontrar un punto donde sí se hace necesaria esta tecnología. Para proyectar una película en 3D hay que tener un proyector digital: ya no son necesarios los rollos de fílmico y las películas se trasladan en un disco rígido que es copiado de sala en sala.
Esto, que puede parecer intrascendente, es fundamental para la mejor distribución de las películas y, por consecuencia, para que el espectador aprecie determinadas obras de manera más completa. Por ejemplo, por el costo de las copias, antes sólo se traían versiones dobladas al castellano de determinadas películas. Hoy Los fantasmas de Scrooge llega en castellano y subtitulada, y el público puede optar por cuál ver. También mejora las posibilidades de que una película arribe al interior del país más rápidamente. Esto habla de variedad, algo tan necesario en un mercado que se ha tornado restrictivo y que -nadie lo querrá reconocer- es lo que habilitó a la piratería de forma tan intensa. Es ahí, cuando la tecnología perfecciona tangiblemente la experiencia del espectador, que podemos hablar de un avance tecnológico útil y necesario. Lo que falta es que se aplique al arte de hacer películas y a sus imágenes.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.