13.12.2009 | He pensado largamente qué palabras ubicar en este espacio esta semana, ya que serán las últimas de 2009. Ningún pensamiento ha aportado una línea de acción clara, así que, ni más ni menos que como en cada oportunidad de todos estos años, simplemente le abriré a usted la puerta de mis mejores confusiones.
Tengo el privilegio, y lo digo de este modo porque así me llega, de acceder a los pensamientos que otros desgranan en otras páginas de este semanario con alguna antelación a que arriben al lector. Aunque parecería no corresponder a los lineamientos esperables o típicos de la conducta de un responsable de redacción, acostumbro felicitar a los columnistas cuando un material me resulta destacable, o maravillosamente disfrutable en su lectura. Creo firmemente que parte del entrenamiento que este oficio debe proveer es dotar al ojo escrutador de una porción de ingenuidad y asombro casi tan importante como la del conocimiento profundo de la materia orgánica de trabajo, es decir, la información que suministra el texto, las técnicas o las reglas de la correcta escritura. Como me sucede frecuentemente, por suerte, algún día quizá no tan lejano decidí que esto, esta amalgama fantasmal entre disfrute y responsabilidad, era la culpable de una felicidad que me persigue con insistencia y a la que soy completamente incapaz de decirle que por acá ni asome. Soy feliz trabajando, es así. Y también es más.
Esto viene a cuento de la columna que usted encontrará en la presente edición en la página 9, bajo el título de “Desde las playas de Felicilandia”. Allí se deja constancia de que una porción nada despreciable de esta comunidad se considera a sí misma bastante feliz. No lo digo yo, ni lo dice tampoco el columnista, sino la resultante de más de 400 entrevistas personalizadas cuyo contenido apuntó a distintos ítems que conforman, a ojo de buenos sociólogos, la felicidad individual.
Por supuesto que no me sorprendieron los resultados ni sus componentes: es bastante obvio, incluso si en el universo de los felices se incluye a los foráneos, que el bienestar familiar supera cualquier fastidio por eternos baches o deficiencia de luminaria pública; o que la falta de empleo es un elemento ampliamente perturbador del confort personal, y no sólo por los bienes de los cuales estaremos privados, sino por el impacto fatal a la estima, tal y como están planteadas las cosas en el mundo actual del trabajo.
Es un secreto a voces que los hombres creen ser más felices que las mujeres, aunque sólo lo creen: el día en que podamos probar científicamente y en forma cuantificable valores como la felicidad, esas sentencias tendrán algún asidero más firme que la tentación de llamar realidad a la sensación.
Es perfectamente posible que los hombres, en términos globales, se perciban a sí mismos como más conformes con su vida que las mujeres. Sin ser una especialista ni pretender aquí establecer una divisoria de aguas entre verdades a medias y mentiras sospechosas, estimo como perfectamente probable que el contenido de la felicidad tenga una textura diferente en ambos géneros. Supongo que no me estoy equivocando feo si infiero que el primer lugar en la lista de las satisfacciones plenas del imaginario masculino están, a saber: la realización laboral/profesional, el reconocimiento de otros hombres y la capacidad cumplimentada diariamente de la provista familiar. El resto viene muy por detrás y por los palos, y no dicho esto en perjuicio de los machos. Es simplemente una imagen que aparece típica y nítida, auténticamente expresada. El colectivo femenino, infinitamente más complejo –no más complicado, que la complejidad es diversidad y riqueza, y la complicación es apenas encarajinamiento, y no siempre del bueno-, aunque se rebele, encuentra su interés y por qué no padecimiento principal en su núcleo afectivo. Ése es el único y legítimo hard core de la mujer, y lo demás viene, también, muy por detrás y por los palos, aunque se lo niegue como pose de vanguardia y lucidez. No me refiero aquí puntualmente a los hijos, porque conozco decenas de mujeres perfectamente devotas de su universo afectivo que no los han tenido y no los tendrán porque no los han deseado; las cuerdas que forman ese instrumento central en la vida de cualquier mujer tiene múltiples variantes, y pasa por la o las parejas, los padres, hermanos, tíos, abuelos, primos, amigos, compañeros de trabajo y un largo etcétera. Posiblemente por lo multitudinario que suele ser, es que la chance de que la casa alguna vez esté en orden es tan lejana como Plutón. Probablemente también por eso, porque siempre hay un ser sufriente en nuestras personalísimas cajas de Pandora, es que hay mayor conciencia de infelicidad entre las féminas contemporáneas, tan agobiantemente psicologizadas y ejercitadas en sufrir con explicación.
Sin música de fondo
Sin embargo, en lo que no coincido en lo más mínimo es en las conclusiones del trabajo mencionado. Se cita allí, casi como un déficit inoculado por estos tiempos, que el concepto que las personas expresan acerca de la cantidad de felicidad que creen sus vidas acreditan, es de tipo individualista y egocéntrico. Lo de egocéntrico corre por mi cuenta, pero creo haber leído correctamente la palabra tácitamente escrita, y el dejo de reproche. Disiento, permítaseme tal licencia.
Defiendo la idea de la felicidad como un acontecimiento permanente, individual e intransferible, diferenciado básica y entrañablemente de la alegría, impostora de la felicidad si las hay. Felicidad y alegría no sólo no son lo mismo, sino que ni siquiera pertenecen a la misma categoría. Alegre está el perro que mueve la cola cuando ve al dueño, pero difícilmente feliz. La felicidad impone y requiere de un estado de conciencia absoluta y de un compromiso constante. Es más: tal vez la felicidad se empariente ligeramente con el pesimismo por aquello de contar de a una las bendiciones por si se les ocurriera desvanecerse. Dicho así, parecería más bien un estado patético de conformismo, pero no: es apenas darse cuenta de que todo se reduce a un magnífico y a la vez misérrimo aquí y ahora, y que todo lo que acontezca en este espacio minúsculo está perfectamente justificado. Todo, incluso lo más abyecto, lo más aborrecible, lo más repudiable. Si se puede pactar con el desconsuelo, el desencanto, el hastío, la desconfianza, la hipocresía, el aburrimiento, la profunda zozobra que conlleva vivir, la felicidad se hace tangible, visible. La felicidad puede volverse esa curiosa habilidad de saltar obstáculos cada vez con menos esfuerzo y más gracia, sin caer en ese estado de idiocía subnormal de pasarse la vida riendo sin motivo ni necesidad. Administrar correctamente la alegría y el dolor habla de la felicidad. Y por sobre todas las cosas, habla muy bien de los sujetos que la experimentan, sin la excusa de hierbas, naturales o sintéticas, mesías ni ningún otro Nirvana que no sea alzar la buena voluntad y oponerse férrea y consistentemente a la derrota vital.
Buen año, buena vida para todos.
por Viviana Hernández
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Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El jefe de la policía distrital brinda datos sobre el homicidio cometido a sangre fría de un chico de 17 años y pide la colaboración de la población para que aporten datos.