13.12.2009 | Toda elección es importante. Con sus más y sus menos, la interrelación nacida a la sombra de un cambiante y a veces desarticulado Mercosur fue abriendo nuevos caminos, con un saldo positivo que puede mejorar. Ampliarse, incluso si prosperara Unasur. Aquí los socios aumentan, y uno de ellos elige sucesor. No uno cualquiera, uno especial para nosotros: Chile.
Voy a fijar posición antes que nada, para no dejar dudas: me siento amigo de los chilenos. De hecho tengo varios, los aprecio, hay cosas en las que los admiro. Clarito como el agua, para que no queden dudas de lo lejos que estoy de la posición habitualmente contraria, generadora de picazón en más de uno (de ambos lados) cuando se nombra al vecino pasando los Andes.
Digo -y es lo último sobre el tema-, ¿Malvinas? Mire, amigo, dos cosas: en 1933 gracias a Chile se le frustró a los ingleses una trampita, el mojón diplomático que pensaban instalar cuando crearon un matasellos que decía Falklands; fueron ellos los primeros y únicos que no aceptaron, lo que impidió a la Corona aferrarse a una Ley de sellos internacional como antecedente. La otra cosa, más importante aún: “ayudaron a los británicos en 1982”. Sí, claro, ¿sabe quién los ayudó?, Pinochet. Pero Pinochet no es Chile, sino apenas un triste episodio de su historia contemporánea. Nostros no somos Videla, ¿verdad?, ni Galtieri ni tantos otros. No nos gustaría esa identificación, con nada de lo que ellos hayan hecho. Pues bien, entonces usemos el mismo argumento para Chile, y verá que los últimos años fueron de clara tendencia al acercamiento, a la comprensión, a la resolución pacífica de diferendos, etc., etc. Quiero a Chile, y desde esa posición escribo.
¿Qué eligen y qué se viene, al menos en política exterior? La opción es entre un liberal y dos miembros de la Concertación, partido del gobierno que acredita sucesivos triunfos. Sebastián Piñera por un lado, Eduardo Frei y Marco Enríquez Ominami por el otro. Este último como referente joven, apenas 36 años, un grano para su partido (hoy) y un grano para su rival ideológico (a futuro). Si las cuentas previas son ciertas, Piñera llevaría 10 a 15 puntos de ventaja a Frei, que son los que éste pierde con Ominami. Ahora, ¿los pierde Frei o los suma la Concertación? ¿Estaría realmente Frei en condiciones de sumar él solo 45% de votos? ¿O será que el joven legislador está recuperando para el partido votos que parecían perdidos? Todo un tema en sí mismo, que obligará a planteárselo al partido de gobierno.
Otro: ¿qué proponen en política exterior, y hasta dónde nos involucran o consideran? Sebastián Piñera es muy concreto, fija siete ejes para sus relaciones exteriores. Coherencia para sostener la dignidad y aprovechar oportunidades. Respeto por el marco jurídico internacional (ONU), lo que incluye la no intervención en asuntos de terceros. Priorizar la relación con “los vecinos” (sic) a través de acuerdos estratégicos que involucren Estados, Municipios, Universidades y empresas. Fortalecer los vínculos con EEUU y la Unión Europea. Multiplicar la apertura comercial bajo coordinación pública y privada. Sostener principios fundamentales sobre Defensa, Energía, Intereses Marítimos y Antártida. Y transformar el Ministerio de Relaciones Exteriores en un organismo moderno, ágil y profesional, concursando los cargos y verificando el cumplimiento de las metas.
¿Qué promete Frei? Convengamos algo previamente: es una semi-continuidad, porque no se puede decir que su programa sea igual al de Lagos y al de Bachelet, sus dos antecesores en la Concertación. Tampoco se fue en su momento con el prestigio del primero y la aceptación (menor pero firme) de la segunda, que ha podido gobernar hasta hoy pese a tener las dos cámaras del congreso en manos de la oposición de derecha. Frei le dio a su discurso una fuerte impronta económica que no ahorra un margen de críticas a los últimos años. Porque si bien reconoce que Chile supo aprovechar las oportunidades de la mundialización, que logró importante crecimiento del PBI (se duplicó en 10 años) y que supo atravesar la onda expansiva de crisis externas (Tequila, Vodka, Arroz, etc.), también dice textualmente en su plataforma que “se mantiene la inequidad y la desigualdad”. Semejante asignatura pendiente es un ancla para la Concertación, y uno de los argumentos de campaña que mejor le caen a Piñera. El tema en todo caso está en la herramienta para resolver el problema. Para el liberal, serán los mercados y la apertura que conlleva inversión y trabajo; para Frei serán las políticas públicas (el Estado) a través de Secretarías Internacionales de Planificación específicas.
En lo que hace a la región, Frei es mucho más específico que Piñera en el programa de gobierno. Se muestra ferviente partidario de Unasur, de desactivar toda clase de conflictos (menciona con nombre y apellido a Bolivia y Perú), aunque no deja de aclarar que prefiere los acuerdos de integración con “instrumentos flexibles” (¿flexibles a qué?), dejando un margen demasiado amplio e incierto. Pretende un Chile más proactivo y de fuerte asociación con Argentina, y propone un espacio de coordinación permanente con México y Brasil con objetivos concretos: “Chile debe ser articulador en un contexto plural de acciones, estimulando las coincidencias”, es una de sus frases de cabecera.
Sin embargo, algo que desconcierta ante tanto énfasis latinoamericano es que considera a la Unión Europea como “el socio natural” (sic) con quien propone institucionalizar los acuerdos (Chile, no en bloque) para acciones concretas. Y otra parte de su análisis también llama la atención, pues considera que “el contexto muestra el fin de la hegemonía de los EEUU”, independientemente de que acepta que Obama puede mejorar la alicaída imagen norteamericana.
Reconoce que Chile es aliado privilegiado de y por Washington, un buen alumno macroeconómico. Pero por eso mismo le reclama mayor protagonismo (un lectura muy “japonesa”) y le recrimina a la Casa Blanca ciertas acciones poco amistosas como el envío de la IVª Flota y la exagerada profusión de bases en Colombia. Por lo demás, se expresa con claridad sobre Medio Oriente exigiendo el cumplimiento de las resoluciones de la ONU (que afectan a Israel, aliado indiscutible de EEUU). Es la primera vez en muchos años que un chileno, candidato, se anima a decir algo como esto.
Ominami es… raro. No por la edad, sino por lo que dice. Se declara a sí mismo como “un hombre de izquierda progresista” (su padre fue líder de la línea más radical, asesinado por la dictadura), pero se rodea de asesores neoliberales. Critica al mercado (“no sabe distribuir riquezas”), pero afirma que Cuba “no es una democracia y se violan los Derechos Humanos”. De los tres, seguramente, es el que menos se ha ocupado de darle un lugar preponderante a la política exterior latinoamericana, a la que critica por ser “demasiado economicista y olvidar lo político”. En instancia de ballotage, si queda tercero, el destino de sus votos es incierto.
Sea como fuere, Chile vota y nos debe interesar, porque está virgen todavía la potencialidad de explotar juntos las oportunidades y enfrentar juntos los problemas.
por Rodolfo Olivera
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