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Cultura

La rockola popular

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20.12.2009 | Andrés Calamaro despidió otro año en el Club Ciudad de Buenos Aires. No fue su mejor noche, pero siempre su catarata de hits termina siendo más fuerte. Su voz y sus canciones son una cita constante a la historia del arte popular.

Calamaro sorprende: arranca el recital con un cover de Jumping Jack Flash de los Rolling Stones y el público, entre el mal sonido y lo inesperado del asunto, se queda congelado. Calamaro contragolpea: enseguida desempolva El salmón, Mi enfermedad, Carnaval de Brasil y Salud, dinero y amor, y ahí sí las 30.000 personas que colman el Club Ciudad de Buenos Aires saltan y corean cada doblez de las canciones con milimétrica precisión. La rockola popular del máximo creador de canciones adhesivas del país se pone en funcionamiento y pasarán dos horas entre hits, invitados y algunas palabras más o menos dichas por el cantante, mezcla de Homero Simpson con Rolling Stone.
Quienes vimos a Andrés Calamaro en otras oportunidades en el Club Ciudad -se presentó allí por tercer año consecutivo- sabemos que hubo noches mejores. El recital del sábado pasado, grabado convenientemente para la edición de un dvd según mencionó el artista sobre el escenario, no tuvo la consistencia rockera de otras ocasiones, ni el temple necesario como para construir de aquellos temas que son himnos (El cantante, Paloma) momentos de comunión con el público. De hecho, costó construir un clima dado la serpenteante arquitectura de la lista de temas que iba de la fragilidad de Por mirarte a la acidez de El día de la mujer mundial, sin que medien palabras.
Obvio que la orquesta integrada por Tito Dávila (teclado), Diego García, Geny Avelló, Julián Kanievsky (guitarras), Candy Caramelo (bajo) y José Bruno (batería), sumados a los coros de Dany Suárez y Cóndor Sbarbati (ex Bersuit y ahora De bueyes), tienen la suficiente prestancia para, cuando se puede, rockearla con una potencia y elegancia que tampoco olvida las reminiscencias jazzeras que habilitan largas zapadas. Y todo, integrado y homogeneizado por la presencia de Calamaro quien, a sabiendas de la llegada que tiene en su público, se permite explícitamente algunas modificaciones en cada tema, variaciones que dejan en evidencia eso de lo que viene hablando desde hace un buen tiempo: ser cantante popular es un trabajo.
Quien hace un tiempo compuso “habrá que desenvainar las espadas del texto / y escribir una canción aunque no haya algún pretexto / y dedicársela al primero que pase caminando / al que se quedó pensando, al que no quiere pensar / al olvido selectivo, a la memoria perdida / a los de los pedazos de vida que no vamos a perder… jamás” sabe perfectamente qué lugar ocupa en la sociedad. Su trabajo es ser cantante popular y desmitificar que las canciones tengan que ser obligatoriamente pedazos de la vida del artista en constante hoguera. Seguramente a él mismo le haya llevado un tiempo aprender eso, más aún luego de haber atravesado el infierno con el quíntuple El salmón, ese que le abrió las puertas del abismo, abismo que, llamativamente, lo condujo a una nueva cima de la que hace tiempo no baja.
Es esa presencia de cantante popular la que viene sosteniendo al Calamaro de la última década y la que construye al que se ve sobre el escenario. Sabe que sus canciones no brillan solas en el cielo, sino que son parte, herencia de otras que vinieron antes y que a su vez serán padres de aquellas que vendrán después. De hecho, su arte se refleja actualmente en bandas como Estelares, por ejemplo. Y es por eso que se puede dar el lujo sobre el escenario del Club Ciudad de empezar con Jumping Jack Flash, y que luego Walk of life de Dire Straits se convirtiera en Salud, dinero y amor, o Stairway to heaven de Led Zeppelin se haga El día de la mujer mundial tras un mínimo roce de lámpara de Aladino.

Enciclopedia

Ver un show de Calamaro tiene esas cosas, un dejo de demostración virtuosa y erudita de parte del artista de todo aquello que conoce y sabe. Su arte, nos dice, es el arte de fines del siglo XX, cuando la sensibilidad pop logró que todo se consumiera, desde la referencia a la alta cultura hasta lo más popular. Y entendamos consumir no sólo como suministro y adquisición de un bien, sino también como combustión a la orilla de un fuego que todo lo incinera: esa relación entre canciones enumerada en el párrafo anterior hace gala del vínculo que hay entre diversas obras y además las funde en una misma, como una manera de reconstruirse en ese podio al que se cita para pertenecer. Y si hablamos de reconstruirse, el cantante, que pasó por el ostracismo y a punto estuvo de extinguirse, sabe largo y tendido.
El show del pasado sábado -que tuvo su continuación el domingo en el Luna Park- fue con la excusa de presentar Obras incompletas, una gigantesca recopilación del trabajo del cantante editada este año que hace hincapié en la última década de canciones, desde su reaparición exitosa con Alta suciedad. Allí, entonces, también se hace presente lo enciclopédico que comentábamos antes. El recital no dejó pasar la oportunidad para que viejas piezas como La mirada del adiós, Mil horas, Por mirarte fueran puestas a consideración del público, que las cantó como la primera vez. Lo interesante es que Calamaro parece haberse despegado de sus propias creaciones, y desde la distancia las reversiona como quien acomete un cover de John Lennon.
Y ese pulido sobre canciones que ya tienen 20 años de vida (y de otras que son más nuevas) es otra demostración de cómo el artista popular no es otra cosa que un laburante del escenario. Queda demostrado, también, que un show no es sólo un show, y en cada arreglo ejecutado, en cada cambio de la letra, hay minutos de ensayo, de preparación, del laburo sucio que hace el músico en el estudio para después llegar afiatado ante su público. Es ahí donde Calamaro se transforma en otro de sus alter egos, El Cantante, aquel que sólo es un repetidor de canciones, una rockola de carne y hueso, destinado a ser el amplificador de la voz del pueblo. La lengua popular.

Invitados

La noche en el Club Ciudad deparó algunas sorpresas, más allá de las musicales, relacionadas con invitados. Las hubo obvias y repetidas, Vicentico, pero también novedosas y agradables, Dargelos de Babasónicos. Y claro, no se puede dejar de lado el reencuentro de Andrés con Fito Páez. El primero se encargó de Tuyo siempre casi en solitario, ya que Calamaro apenas le aportó unos coritos. Pero fue Dargelos quien logró que una canción tan poderosa como Los aviones mantuviera su esencia bossa nova, a la vez que adquirió un matiz psicodélico gracias a su voz y a un dueto magistral con el dueño de casa. Por el camino de las sorpresas, lo de Fito fue sobresaliente: no sólo porque se metió con una difícil como Crímenes perfectos, sino porque su versión en vivo fue mucho mejor que la que había grabado hace unos años para el disco en vivo Calamaro querido.
Pero no sólo de invitados de carne y hueso vive el artista, también hubo de los otros, esos que invocados a través de la memoria permiten apreciar las influencias del cantante. También hubo alguna obviedad con Mercedes Sosa, pero citar a Perón, recordar a Les Luthiers, o mencionar a La naranja mecánica -tanto film de Kubrick como selección de fútbol holandesa de la década del ‘70- y al Brasil de Pelé es construir un juego de espejos donde encaja la elegancia, el profesionalismo, el talento, la creatividad y la potencia de líder popular. Todo eso, junto y amontonado en dos horas de show, deja en evidencia que, aún en una noche irregular, un artista es apenas uno de esos pedazos de vida porfiados en estar destinados a no perderse jamás.

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