10.01.2010 | Primero, lo formal: ¡Feliz Año! Espero que la hayan pasado bien, todos juntos y en familia. El año nuevo comenzó en Barcelona como todos los años desde que estoy aquí: sin fuegos artificiales. Por favor, amigos catalanes, ¿tanto cuesta tirar una cañita voladora? ¿Tan difícil es celebrar la vieja tradición de lanzar triangulitos a viejas tías distraídas?
Es realmente complicado enterarse de que 2010 empieza si no hay ningún vecino preparando entusiasmado, segundos antes de que den las 12, alguna botella vacía en el medio de la calle para que haga de torre de lanzamiento de sus cañitas voladoras. Lamentablemente, y como contaba en una columna anterior, los fuegos artificiales se reservan en Barcelona para los festejos de Sant Joan en junio, y tenemos que contentarnos con la tradición de comer 12 uvas, una por cada campanada de año nuevo. Hace unos días me alegré al escuchar un par de explosiones de petardos, pensando que tal vez este año sería diferente. Seguramente debía ser algún hijo de inmigrantes latinoamericanos intentando ver si sus tradiciones podían aplicarse de este lado del océano. Sin embargo, no pasaron más de un par de minutos antes de que desde una ventana, un vecino irritado le gritase en su acento bien castizo: ¡ya cállate!
Igualmente, aun sin haber disfrutado de un espectáculo visual y un desparramo de pólvora de medianoche, aunque no haya logrado informarme sobre la cantidad de heridos por quemaduras o por descorches de bebidas espumantes, y a pesar de que ningún compañero de festejos estuvo dispuesto a sufrir las temperaturas invernales y los vientos huracanados que hubo en Barcelona en la madrugada del 1 de enero para acompañarme a ver el amanecer de un nuevo año sobre el Mediterráneo, el 2010 llegó para quedarse. Y como todas las familias españolas saben, hay dos cosas que esperar en los primeros días de enero: los más pequeños de la familia esperan ansiosos a los Reyes Magos; los más grandes, las rebajas de invierno.
En casa nunca fuimos grandes amantes de los festejos de Reyes, pero recuerdo haber preparado de chico el pasto y el agua para alimentar a los camellos, y esperar ansioso los regalos al lado de mis zapatos la mañana del 6. La tradición llegaba hasta ahí, y era para mí una excusa mas para recibir más regalos. En España, en cambio, el festejo de los Reyes Magos es toda una institución. Son ellos y no Papá Noel los encargados de traer los regalos a los más pequeños, siempre y cuando se hayan portado bien durante el año. La parafernalia de Melchor, Gaspar y Baltasar está tan arraigada en la cultura y el calendario de España, que la cabalgata de la llegada de los Reyes es transmitida por televisión nacional como si fuese “el” gran evento. Cada ciudad tiene su propio desfile y los chicos esperan ansiosos para ver pasar a las diferentes cortes y los soberanos con sus carrozas.
La cabalgata en Barcelona suele ser multitudinaria, con miles de personas amontonadas a lo largo del recorrido. Para este año se prepararon 15 carrozas y participaron más de 1.200 personas en ellas. Cada uno de los reyes viene de un país diferente, y generalmente eso se refleja en los contingentes que los acompañan, con su música y coreografía preparada acorde a su lugar de origen. Los acompañantes de los reyes regalan golosinas a todo el mundo tirándolas desde los carros, lo que provoca más de un golpe en la cabeza, que siempre se toma con buen humor.
La inmigración en España no sólo ha hecho que la cantidad de menores de 10 años esperando a los Reyes se multiplicase, con el consiguiente pico en las ventas de juguetes, sino que, además, los Baltasares de las cabalgatas de Reyes se han vuelto mucho más realistas, sin necesidad de pintar con betún a algún pobre diablo. Este año en Barcelona, las agrupaciones de inmigrantes africanos acompañaron a la cabalgata de Baltasar, poniéndole un verdadero sabor autóctono al desfile. Cuando terminan de pasar los reyes con sus heraldos y las carrozas de los auspiciantes (de algún lado tiene que salir el dinero para los 15.000 kilos de caramelos que se reparten), pasa una última carroza, cargada de mineros sucios. Según la tradición, el niño que no se porta bien durante el año, recibe un carbón en lugar de un regalo, y esos mineros son los encargados de entregarlo.
Puede que muchos de los adultos no se porten bien durante el año, pero igualmente muchos reciben regalos después de Reyes cuando llegan las rebajas. Las rebajas en España son algo similar a una temporada de ofertas de liquidación, donde los precios de los productos bajan drásticamente de un día para el otro. En este caso, la baja de los precios se da porque terminan las compras de fin de año, mientras que al mismo tiempo es necesario comenzar a liquidar los productos de invierno. Según la web de la Cámara de Comercio catalana, todos los artículos rebajados deben haber estado a la venta antes. Las rebajas son diferentes de otras prácticas comerciales como los saldos, que son productos deteriorados u obsoletos, y las liquidaciones, que son ventas excepcionales para dar salida a los productos. Las rebajas se han convertido con los años en una tradición en sí misma. En algunas grandes tiendas como El Corte Inglés, el primer día de rebajas suelen abrir en horarios especiales, y asusta un poco ver en los noticieros las imágenes de multitudes desesperadas que se amontonan en las puertas para ser los primeros en entrar y poder conseguir así artículos que no necesitan, pero a precios baratos. A decir verdad, somos muchos los que esperamos a la época de rebajas para hacer las compras del año. Los precios en tiendas de renombre como Zara, por ejemplo, se reducen en hasta un 50% sobre el precio de la etiqueta en los primeros días de rebajas, y pueden llegar hasta 75% en segundas o terceras rebajas a lo largo del mes. Lo cual lleva inmediatamente a enterarse del sobreprecio que tienen las prendas originalmente, y qué tan poco deben pagar a los textiles que las fabrican para llegar a los precios irrisorios con que algunas cosas finalmente se venden.
En estos días, la locura consumista es increíble, aun a pesar de que todo el mundo se queja de no tener dinero por la crisis. Desde las compras de Navidad de mediados de diciembre hasta el fin de las rebajas, el caudal de dinero que los españoles gastan en compras es realmente impresionante. Las calles comerciales de Barcelona se ven saturadas, con muchas más personas que de costumbre, con bolsas de variadas tiendas. Supuestamente, la afluencia de compradores este año ha disminuido, pero la verdad es que si hay una baja en las ventas, no se nota en las calles o en los centros comerciales, donde en estos días es bastante difícil caminar tranquilamente. Como argentino, al ver todo este despliegue de gasto, uno no puede más que indignarse por cómo la gente no para de hablar sobre la crisis que está viviendo España. Puede que los números macroeconómicos estén mal, pero esta gente, por lo menos por ahora, no tiene de qué quejarse, seguro.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El jefe de la policía distrital brinda datos sobre el homicidio cometido a sangre fría de un chico de 17 años y pide la colaboración de la población para que aporten datos.