10.01.2010 | Cambia la década, cambian los actores. Cambiarán (en parte) el argumento, las relaciones de poder, quizás la jerarquía en la Agenda de trabajo. EEUU no es ni por asomo el que era una década atrás. Latinoamérica no es la “soñada” por el establishment. China fue más allá (y más rápido) de lo que algunos esperaban. Sólo África, aparentemente sin nada, y Europa, aparentemente con todo, siguen el mismo rumbo.
Aparentemente, sin nada
Éste es un error histórico muy común al referirse al África. No abundaré en el tema, por tratado ya en esta página. Pero recuerdo, simplemente: ingentes reservas de petróleo todavía no descubiertas en su totalidad, o no explotadas suficientemente por la seguidilla escalofriante de guerras sin cuartel. Diamantes, oro y esmeraldas del tamaño de huevos de gallina que aventajan en cantidad y calidad a cualquier otra geografía. Coltan, superestrella de las nuevas tecnologías, concentrado el 80% mundial en tierras del África subsahariana. Agua potable, de superficie la segunda del planeta (la cuenta del Congo), y subterránea la primera (el acuífero de Kufra). ¿Eso es “nada”?
Ciertamente, no. “Con” nada es con lo que se quedan, porque el petróleo va a manos de multinacionales que no pagan regalías más que a los grupos armados que permiten y vigilan su expoliación. Porque las piedras preciosas hacen preciosos negocios, pero en Amberes (Bélgica), y terminan adornando las vitrinas del florentino Ponte Vecchio o las vidrieras de París. Porque el Coltan está explotado por transnacionales de la comunicación y la tecnología de avanzada, poco preocupadas por la compensación a los dueños de la tierra. Porque tienen agua pero mueren de hambre. Todo esto es histórico, sin mayores cambios. Sin que se avizore un futuro.
Aparentemente, con todo
Y éste es otro error más difícil de captar. Se lo concedo porque los oropeles y el lujo de la hermosa Europa suelen disimular con la fastuosidad de las cortes versallescas, una debilidad que ésas mismas cortes reflejaban en sus siempre endeudadas arcas (sólo recuperables por la vía del abuso imperial o de préstamos usurarios). Pero, eso sí, valses y mazurcas, pelucas rollizas y uniformes de gala supieron disfrazar la realidad hasta que dos grandes guerras internas mostraron su histórica incapacidad para resolver por sí sola sus problemas. Chabacanos, comesalchichas, petulantes kitsch norteamericanos -según los finos ojos desorbitados europeos- tuvieron que cruzar el charco dos veces para poner fin al salvajismo. Y quedarse, obvio, con el control.
Miremos la Europa de hoy, su verdadera situación transcurrida en la primera década del nuevo siglo y habiendo cambiado el mundo un par de veces: hace apenas 20 años caía el Muro de Berlín y un determinado esquema ideológico, hace menos de diez años caían las Torres Gemelas y un determinado esquema de poder; hace menos de dos años caía el Sistema Financiero y un determinado consenso especulativo. ¿Europa? Siempre la misma. Y si no, veamos más detenidamente.
Se supone que hablar de Europa implica imaginar algo muy próximo a la idea de superpotencia al estilo de lo que por esto se entendía un Estado (o bloque) autosuficiente y con capacidad para dirigir el rumbo del Sistema Internacional. No nos engañemos, no era así. No es así. Y con, parece, que vaya a serlo en lo inmediato en lo que al Viejo Mundo refiere; lo que no califica tampoco para descalificarlo como Mundo Viejo, exabrupto del impresentable Donald Rumsfeld poco antes del final del período Bush-Cheney.
Pero algo es cierto: Europa sigue dependiendo, y el 2009 fue muestra acabada de ello, colofón de una década que no difiere mucho con otras en esta cuestión de fondo. Así como desde el inicio del ocaso dependió de los EEUU para resolver las dos Grandes Guerras (1914 y 1939), así como dependió de las compras de petróleo a Irán e Irak (nada menos) durante el boom de la reconstrucción, así como dependió nuevamente de Washington para que la defendiera de la desaparecida URSS, así como dependió de la OTAN (léase otra vez EEUU) para terminar con la masacre de Botnia, así como dependió de la ONU (perdón, pero vuelvo a la Casa Blanca) para dar fin al interminable conflicto en Kosovo, así sigue y seguirá dependiendo la indudablemente bella Europa; que esa es otra constante, claro.
Europa sigue siendo débil financieramente. No fue la responsable de la debacle iniciada a fines del 2008 tras la explosión de la burbuja inmobiliaria norteamericana, pero careció de voluntad antes y de reflejos después, para evitar el efecto contagio. De hecho, casi puede decirse que “la mano le gustó” en tiempos de vacas gordas, permitiendo cierto jolgorio en la Banca a la que después, bronca contenida de Angela Markel (Alemania), bronca no contenida de Sarkozy (Francia), tuvieron que rescatar aportando desde el Estado fortunas inmensas y socializando las pérdidas. Es más, bloqueando quién sabe hasta cuándo el crecimiento de la Europa del Este, a la que los Bancos austríacos ya le advirtieron que por un buen rato se olviden de financiación. Sólo fueron responsables en parte, pero terminaron pagando como si lo fueran de todo y demostraron carecer de una previsión que otros (Latinoamérica, China) sí tuvieron.
Europa sigue débil económicamente. ¿Por qué? Porque es (muy) débil energéticamente. El año 2009 fue testigo del corte de las redes de gas ruso a través de Ucrania, provocando un verdadero pánico en la sociedad y en la producción de quienes necesitan de ella en cantidad y calidad para competir en el mercado internacional. Este problema es estructural para Europa, de muy difícil salida. Irak devastado y sin control, Irán más que díscolo. El petróleo africano sólo parcialmente explotado por empresas europeas; del propio no queda casi nada. No generaron energía alternativa a escala, salvo casos muy puntuales (Dinamarca). Como tambalean cuando un grande cae financieramente, tambalean cuando otro grande les corta el suministro.
Europa está débil socialmente, no puede aún resolver el “problema migratorio”. Necesita mano de obra, sí o sí. La salud es buena, la cobertura social es amplia, la tercera edad creció… y la primera no aparece. Todos los índices europeos de nacimientos indican que se van a quedar sin gente. Así de simple. Mucha población pasiva, poca población activa. ¿Quién trabaja entonces? Los migrantes, claro; pero ¿cualquiera? No quieren africanos, no quieren islámicos, no quieren turcos, no quieren “cualquier” latinoamericano. Un cuello de botella del que no quieren/no saben/no pueden salir solos. Un clásico, ¿se entiende?
O dependen de terceros para los recursos básicos (como de las materias primas coloniales en su momento), o necesitan de su ayuda para resolver conflictos propios. O se están quedando sin gente porque se casan tarde, o no quieren tener hijos.
Europa. Preciosa como siempre. Dependiente como siempre. Disfrazada como siempre, encarando el futuro.
por Rodolfo Olivera
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