10.01.2010 | Con el estreno de Avatar, James Cameron se confirma como un gran narrador. Y también como un director que va contra su tiempo. Un autor que entiende a lo clásico como una forma de lo simple: historias sobre héroes que se emparientan con el mito.
Era de esperarse. Cuando en 1998 James Cameron ganó el Oscar y se autoproclamó el “rey del mundo”, muchos quedaron al aguardo de su próxima película para, simplemente, destrozarlo. Como el rencor es un arte que se amasa con el tiempo -y la saliva-, no les importó que tuvieran que esperar 12 años hasta que el tipo lograra terminar Avatar, su producto más trabajado. Hay que reconocer una cosa: su film de aventuras y ciencia ficción ha logrado más críticas favorables de lo esperado, pero aun así ya aparecen los críticos necesitados de carne para morder. En este sentido no importan tanto los cuestionamientos -que en ocasiones se hacen justificados- sino los argumentos que se utilizan.
Seamos claros desde un principio: quien suscribe quedó extasiado con Avatar. Pero también podemos ser objetivos y reconocer que hay cosas que no están demasiado bien o que no son adecuadas: su tono new age, su villano caricaturesco, su música excesivamente presente, su discurso simplón y políticamente correcto. No obstante, la justificación que quiero hacer aquí del film de Cameron va por otro lado y tiene que ver con una defensa, con arcos y flechas al estilo Na´vi -esas enormes criaturas azuladas que pueblan la película- de los aires clasicistas que respiran las fábulas de Cameron, a pesar de los presupuestos gigantes y de la híper tecnología utilizada.
El cine de James Cameron es mucho más que marketing, que efectos digitales o que el ahora puesto de moda 3D. Es más: para él todas esas no son más que herramientas para que sus productos lleguen más lejos y sean disfrutados por una mayor cantidad de gente. Sin dudas, tiene una pulsión terriblemente popular. El marketing, por ejemplo, le ha servido para que sus películas sean exitosas. Y sin embargo comienza a haber algo raro con la relación entre su cine y el público. Hagan esta prueba: a pesar de los millones recaudados, prueben ustedes de hacer una encuesta y averiguar cuánta gente considera a Titanic como una gran película. En todo caso la minimizarán como una linda historia de amor con buenos efectos especiales. Y nada más.
Cameron sufre, al igual que le sucede a Steven Spielberg, una cierta desconexión con el público de este tiempo. Aunque ambos directores son autores de cine de gran presupuesto, sus películas son promocionadas y, en ocasiones, venden millones de entradas. ¿Cómo se sostiene, entonces, mi argumento? Se justifica, como dijimos anteriormente, a la hora de observar el valor real que le dan los espectadores a sus películas. Imaginemos una lista de grandes filmes de los últimos 20 años para la generación de espectadores que no tienen más de 30: Pulp fiction, Los sospechosos de siempre, Memento, Matrix, seguramente no faltarán. Como verán, más allá de gustos, un cine que necesita de gracias formales para subsistir, amparado en cierto aire novedoso. El espectador de hoy le da a lo novedoso un valor positivo. Contra eso, el clasicismo de Cameron y Spielberg no tiene mucho que hacer.
Tiempo
Lo curioso es que si uno mira bien, una película como Titanic pertenece mucho más al tiempo presente de lo que se imaginan aquellos que sólo la califican como una buena historia de amor del pasado. Si para algunos es Romeo y Julieta arriba de un barco, también puede ser Los sospechosos de siempre arriba de un barco. Cambie usted al rengo Verbal Kint por la anciana Rose, y obtendrá otra historia, donde el relato y su construcción se convierten en el centro del film: sólo creemos lo que se nos cuenta porque el primero es un lisiado y la segunda, una amable viejecita. La diferencia es que mientras Bryan Singer muestra las cartas en el final y le hace saber al espectador que fue engañado, Cameron prefiere mantener el mito. Así se construye la leyenda, así se ha construido el cine clásico al que Cameron respeta por sobre todo.
El menosprecio y la relativización de este cine tienen que ver, parece, con un aumento del cinismo y la pose canchera, y atención que también funciona la estetización de la tristeza. A pesar de que lo disfruto bastante, no sé si mucho del éxito de Tim Burton no se sostiene por su estética, su aspecto visual y sus personajes melancólicos. De hecho, su película menos afortunada con el público ha sido El planeta de los simios, justamente aquella donde abandonaba ciertos tópicos habituales. El espectador actual quiere finales sorpresa, quiere que el director haga de la linealidad narrativa una manguera y la enrolle toda, hasta confundirlo, quiere que la dirección de arte se distinga y que los personajes sean tristes, si miserables, mejor. Por ejemplo, ya que hablamos de Cameron, su película más considerada es la distopía oscura de Terminator.
Pero pongamos a Avatar en un pie de igualdad con la saga de El señor de los anillos, de un director similar como Peter Jackson. De hecho, ambas crean universos y construyen a sus criaturas, más allá de que Jackson pudiera ampararse en lo que previamente había contado Tolkien. Sin embargo, Jackson es un tipo más respetado por cierto público y la trilogía no es considerada “mero entretenimiento”. El detalle aquí es que el neocelandés, al contrario de Cameron, proviene del cine clase B y eso lo hace un director mucho más cool y canchero, más cercano al gusto del espectador posmoderno.
Épica
Prepárese entonces para escuchar que Avatar “sí, está bien desde lo visual, pero el guión es muy malo”. Hoy un “guión malo” es aquel que plantea una historia simple, con héroe definido, que lucha por lo suyo, triunfa y es feliz. Como en el western, como en el cine de aventuras. ¿Por qué el espectador ansía la felicidad para sí mismo, pero la repudia en el cine? Y hablamos de una felicidad lógica y coherente con lo que se nos está contando, y no como en El secreto de sus ojos, donde el personaje de Darín terminaba ganándose a la chica después de atravesar una pesadilla que, cuanto menos, lo debería haber dejado aturdido. El guión de Avatar es simple, no malo. Tal vez haría falta más John Ford, más Alfred Hitchcock para que se comprenda que lo que importa en el cine no es el gesto, sino la esencia y el aliento épico o trágico, algo que Cameron entiende a la perfección.
Lo que vemos aquí es una fantasía híper tecnológica sobre un soldado inválido que, tomando prestado el cuerpo de un habitante del planeta Pandora, logra infiltrarse en esa sociedad con el objetivo de informar a sus superiores. El plan militar está aliado al de una empresa que busca minerales: quieren invadir ese lugar, quitar a la población local y sustraer todas sus riquezas. Lo que se dará es el tradicional choque de civilizaciones, donde este soldado irá comprendiendo lentamente la locura e insanía de ese plan, hasta convertirse en uno de los otros y luchar por ellos.
Como verán, nada nuevo bajo el sol. ¿Y acaso importa? Se ha dicho que la virtualidad de las imágenes de esos seres generados por computadoras choca con el mensaje ecologista, que cómo podemos sentir afecto por la naturaleza si el film se construye como una mentira modernosa. ¿Esas voces negarían también a Miyazaki y a La princesa Mononoke, entonces? Porque es animación, es mentira. ¿O ese es un nombre importante al que hay que respetar? Cameron presenta un defecto: es demasiado impulsivo y arrogante. Pero su cine logra desprenderse de su figura. Con Avatar construye, al igual que con Titanic, una mentira que sólo creemos porque nos fascinan los cuentos, aunque ahora, en vez de una amable viejecita, el que la cuenta es un director conocedor de todos los trucos del cine. Nosotros, agradecidos.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.