17.01.2010 | Otra historia crudelísima de patovicas sin control. Narración de la historia de una noche cualquiera en uno de los bares que más suenan. Recientemente, dos de sus custodios fueron detenidos por más lesiones. Como en la Edad Media, ponen orden a cadenazos.
Una recorrida por la ya tradicional calle Alem de Mar del Plata constituye el eje de esa experiencia que algunos esperan todo el año, y que podría calificarse como vivir la noche de Playa Grande en la ciudad de veraneo por excelencia. A esa arteria se suma la movida de Bernardo de Irigoyen, su inmediata paralela, y la propuesta no difiere demasiado. Bares sumamente producidos donde se escucha música, sobre todo electrónica, y se bebe hasta el coma. Se dice que está prohibido bailar, porque no están habilitados como bailables, pero se corren las mesas para hacer sitio y la gente dice que sólo se mueve un poquito.
Antes de que el municipio arrancara la temporada con los tapones de punta para controlar el factor ocupacional siempre excedido con creces -lo que hace que por tales calles no se pueda circular ni a pie-, la solución era simple: un puntero láser con el que los custodios de la puerta indicaban al personal de la cabina de sonido que estaba llegando un inspector, y desde allí se bajaba inmediatamente la música, con la anuencia de los concurrentes que consideraban el control como un verdadero fastidio.
En Alem y Quintana, la punta la lleva Mr. Jones, uno de los símbolos del lugar, que responde más o menos a las características dadas. Todos se preguntan si su nombre se debe al Mr. Jones aquel que “abrió la puerta y vio a su madre recién muerta” de la vieja canción de Sui Generis. O si por el contrario, es homenaje al simpático enfermo bipolar que Richard Gere protagonizó en el cine con fondo de la canción de James Brown. Lo mismo da.
La cuestión es que en la presente temporada, el bar volvió al candelero cuando se anunció la detención de dos de sus patovicas, Oscar Agustín Sánchez, de 37 años, y Julio Adrián Basilio, de 32, refrescando un tema que en la ciudad no cesa de afectar a jóvenes residentes y turistas: lesiones graves.
Cadenazos
Los patovicas actúan con impunidad. Nadie limita hasta qué punto pueden intervenir, y con la excusa de mantener el orden, en general tienen conductas que rayan con la discriminación racial y económica, como decirle a alguien: “vos no entrás porque tu ropa es barata”. O descargan violencia gratuitamente, para demostrar ante los demás los efectos de sus músculos: golpean al débil entre varios. Forman parte del paisaje de fondo de quienes asisten a sitios de esparcimiento para mayores, y muchas veces estos hechos son eso que nadie ve. El agredido suele no hacer la denuncia por temor a la represalia, o a no poder volver a ningún bar de la zona, gracias al efecto corporativo. A veces cree que es el responsable de que le rompan todos los huesos, porque había bebido y dijo algo indebido.
En esta nota se explica el desenlace de un caso que tuvo origen la noche del 2 de enero de 2008. Ese día, Gonzalo Gayol, de algo más de veinte años, salía a las 6.30 del nombrado local de Alem 3738, y estaba por subir al coche de uno de sus amigos, que estaba estacionado allí. En ese instante, uno de los custodios, Sebastián Martín Pérez, lo abordó intempestivamente, a la vez que se quitaba una cadena que él mismo traía al cuello a modo de collar. Con ese elemento usado como manopla le dio un golpe de puño en la cabeza que ocasionó la caída de su víctima. Las consecuencias fueron traumatismo de cráneo, pérdida de conocimiento, hemorragia subracnoidea frontal izquierda, céfalo hematoma frontal derecha, excoriaciones múltiples en la cara y cuello. Las lesiones produjeron la inmediata internación de Gayol en el HIGA, y una inutilidad laboral mayor al mes. Lo expuesto fue corroborado por el médico de policía Darío Gabbi.
Los testigos son muchos. Uno de ellos es Mariano Pravisani, que dice haber visto, pocos instantes antes del hecho, que Pérez estaba retirando a otra persona del bar, y le daba un golpe de puño. Ante la escena que causaba indignación a los presentes, Gayol habría criticado esta actitud irrazonable diciéndole “estás merqueado”. Esas palabras fueron las que provocaron la ira de Pérez, que se abalanzó sobre Gonzalo y le pegó el cadenazo en la cabeza. Inmediatamente, Pérez entró en el bar que ya cerraba, y se refugió allí en un intento por confundirse con el resto del personal para no ser identificado.
Nada más
La llegada de la policía no hizo más que confirmar los hechos. Dos agentes asistieron al joven hasta la llegada de la ambulancia, a la vez que trataban de encontrar al agresor: los testigos dijeron que era de 1.90 de altura, rubio, de cabello corto, que vestía jean oscuro y una camisa o remera azul. Al ingresar al local, la policía no tuvo dudas en precisar la presunta autoría de las lesiones. Los otros empleados solamente dijeron que sabían que Sebastián había tenido problemas “con un flaco”.
La jueza en lo correccional Jorgelina Camadro, del Tribunal 1, hizo lugar al juicio abreviado que había solicitado el damnificado, y entendió que no había demasiadas posibilidades de dudar de la manera en que los hechos históricos habían acaecido. Por esa razón, y considerando la falta de antecedentes de Pérez -lo cual en estos casos quiere decir poco y nada-, resolvió condenarlo a dos años de prisión de ejecución condicional, plazo durante el cual el custodio deberá reportarse al Patronato de Liberados de la Provincia de Buenos Aires, y dar pruebas de su buena conducta. Pagará así por el delito de lesiones graves en perjuicio de un joven trece años menor que él, que le llamó la atención porque lo vio golpear a otro sin ninguna razón visible.
La condena es de octubre de 2008, y da a pensar que los propietarios del local deberían haber estado planeando la estrategia para que su negocio no se convirtiera en El club de la pelea, donde la consigna sea ver quién hace sangrar más al visitante distraído, y quién quiebra más huesos con menos palos. Pero parece que no. El tema es y sigue siendo cuántas personas se pueden meter en un local de x metros cuadrados para que el rédito económico sea el esperado. Las bajas parecen ser, como diría un ejército en guerra, simple daño colateral. La gente es tanta, que si dejan de venir unos, pues vendrán otros. Y la rueda seguirá girando.
Se vivió una medida de fuerza de empresarios de la zona ante la amenaza de traslado, o más precisamente por la tremenda cuestión de que les cuenten el público que ingresa. Si bien la propuesta de cambiar el centro nocturno a la escollera norte no queda clara en absoluto, y no se termina de saber quién pagará las cuentas, ese no es el tema. Tampoco lo es que cualquier comercio haga ingresar más personas de las que efectivamente caben, o las que los bomberos dicen que pueden caber sin matarse en el intento. No hemos visto aún las medidas que los empresarios tomarán para que los patovicas sigan quebrando huesos para entretenerse durante las largas noches de bar. Hasta el momento no ha habido señal, y el trabajo de patovica parece ser un carnet de pegador profesional con un capital de respaldo, que es el del dueño del boliche. “Sacámelo a este”, puede oírse. Y sanseacabó.
El intendente Pulti dijo que no quería que en la ciudad sufriéramos un nuevo Cromañón, y que por esa razón hizo recrudecer los controles. Quizá le parezca peor morir asfixiado que a golpes de cadena propinados entre varios, pero no lo es. Morir a manos de un custodio entrenado para golpear no es una muerte elegible, quizá sea numéricamente menos impactante, pero nada más. Tanta frialdad lleva a pensar que, cuando el Mr. Jones de la canción “vio a su madre recién muerta”, no hizo más que limpiarse la sangre de las manos en el chaleco.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.