17.01.2010 | Los ciudadanos de otros países, luego de atravesar una etapa de oscurantismo político y cultural como las engendradas por las dictaduras, se liberan de muchas de sus ataduras mentales y sus tabúes. Al igual que ello, los argentinos fuimos aprendiendo de a poco, en el último cuarto de siglo, a sentirnos libres. Sin embargo, nuestra relación con el dinero, y por ende con las personas que lo poseen en gran cantidad, se ha vuelto cada vez más tortuosa.
Hasta con el sexo los argentinos hemos podido entablar una relación adulta. Más allá de las comprensibles -aunque no siempre justificables- reacciones que hacen que, luego de años de censura y autocensura, el erotismo e incluso una velada pornografía se cuelen hasta en las publicidades de semillas de sorgo, el tema se trata con desprejuicio en casi todos los ámbitos. Paralelamente, también avanzamos a pasos agigantados en relación con la homosexualidad. En un tiempo corto, visto en perspectiva, dejamos de tratarla como a una enfermedad o, peor aún, como a un desvío moral. Hoy se puede decir que la argentina es una sociedad “gay friendly”, al punto de ser la que consagró el primer matrimonio homosexual de Latinoamérica. Lo mismo podría decirse de ciertas cuestiones políticas e ideológicas; excepción hecha del trauma que los políticos de derecha tienen por estos días para reconocerse como tales. Son una suerte de homosexuales a los que todavía les cuesta un Perú salir del placard.
Pero si con algo no sólo no hemos podido reconciliarnos, sino que, por el contrario, nuestros tabúes se han multiplicado a la enésima potencia, es con el dinero.
Veinte años después de la caída del Muro, y aun cuando varios países de la remolona Sudamérica han dejado de lado ese capricho chiquilín que la convertía en el continente de la eterna adolescencia, los argentinos seguimos combatiendo al capital.
Para placer de sociólogos y psicólogos de las más diferentes escuelas de pensamiento, cuesta encontrarle a este karma “tercermileniero” un patrón de comportamiento más o menos lineal. Es decir, en situaciones similares, el dinero nos produce las reacciones más diversas. Así, un empresario o un político -cualquiera, todos- acaudalado nos puede despertar nuestros más primitivos instintos agresivos; mientras que un artista o un deportista que gocen del mismo buen pasar, nos generan simpatía, cuando no idolatría.
No es inofensiva ni inocua, para un país con pretensiones –más que pretensiones, con imperiosa necesidad- de desarrollo, esta aversión al enriquecimiento –el de los otros, claro- que sentimos la mayoría de los pobladores de estas pampas. Por el contrario, es un factor muy importante que influye negativamente en las mentes, y por consiguiente en las actitudes, de quienes a través de la inversión tienen en sus manos la facultad de elegir en qué sociedades volcar esos indispensables recursos –los billetes, claro- sin cuya existencia el desarrollo no es más que una quimera.
Es innegable que los Kirchner no han sido los inventores de esta cultura primitiva y dañina. Pero pocos como ellos y sus acólitos han contribuido, a lo largo de estos últimos años, a consolidarla en millones de mentes fértiles para el mensaje que busca culpar a otros por nuestra ineptitud para crecer, progresar, desarrollarnos. Más aún cuando, hipócritamente, quienes siembran este corrosivo mensaje se han enriquecido de manera harto sospechosa.
Escondidos detrás de una falsa coraza progresista, estos dinosaurios del pensamiento se han esmerado en presentar al capitalismo, al lucro, a la riqueza, a la ambición individual y hasta al éxito económico mismo como paradigmas del mal que hay que combatir. Hasta lograr la aparentemente ansiada igualación social, en la que, como en algunos pocos países pseudorevolucionarios a los que admiran, ya no existe la injusticia social. Claro que no existe, porque han llegado al dudosamente deseable objetivo de la igualdad: igualdad en la pobreza y en la decadencia.
Los argentinos estamos convencidos de que la única forma de tener riqueza es condenando a otros a la pobreza. Por supuesto, como seres humanos que somos, esta consigna cultural choca de frente con la natural -y sana- ambición de progreso personal. Ello nos lleva irremediablemente a convertirnos en profesionales de las apariencias. Si tenemos bienes o dinero por encima de la media, debemos aparentar que no es así; y por supuesto, esconderlo. Esconderlo de los otros y, obviamente, de la voracidad del fisco. Porque el fisco siempre es voraz cuando se trata de nuestros bienes; pero, estamos convencidos, es corruptamente benevolente cuando se trata de los bienes de los demás. Entonces, más justificado aún nos parece esconder lo que tenemos.
Resulta cuanto menos llamativo escuchar o leer a ciertos personajes notorios que hacen de esta lucha contra los ricos y poderosos un trabajo full time. Cuando a ellos mismos la fortuna o, en la mayoría de los casos, sus propias habilidades les han resultado muy lucrativas; privados de la posibilidad de contradecir su discurso, caen en la hipócrita necesidad de esconder el fruto de ese éxito. Hasta que alguien los descubre y los pone en evidencia. Resulta obvio que el matrimonio Kirchner encaja perfectamente en la descripción. Pero son muchos, muchísimos, quienes podrían ocupar sus lugares. ¿Podrán calmar razonablemente a sus conciencias creyendo que son los únicos que ganaron el pan con el sudor de sus frentes? ¿O su cinismo los lleva a vivir en una dicotomía permanente?
Es cierto, en el fondo ése es su problema personal. El problema nuestro, el de los muchos millones de argentinos que no dejamos de deslizarnos hacia la pobreza; que vemos a diario cómo disminuyen las posibilidades de acceder a bienes y servicios básicos que repentinamente se han convertido en bienes y servicios suntuarios. Es como revertir la tendencia. Y si ya es tarde para muchos de nosotros, al menos, que no lo sea para nuestros hijos y nietos.
Y la única manera en la que lo han logrado las sociedades que lo han logrado, es a través de inversiones -es decir, de mucho dinero- volcadas a todas las actividades posibles. Inversiones que generarán trabajo. Y con ello, mejores condiciones de vida para millones. Pero también, necesaria e irremediablemente, generarán la riqueza de sus dueños.
Y así debe ser. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.
por Enzo Prestileo
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