17.01.2010 | Hasta aquí, cada capítulo de esta serie ha dejado en claro que el sistema financiero conforma una prisión a la que todos los individuos de este mundo estamos confinados. Confinamiento tan vasto e ineludible como ignorado. Sin embargo, se trata de una prisión y una condena que poco tienen de real e irremediable. Y que, además, de a poco pero firmemente comienza a quebrarse.
El vínculo que los seres humanos generamos con el dinero es, sin dudas, el más conflictivo y nocivo de todos. Es un paradójico vínculo amor y odio constantes, de deseo y sufrimiento, de libertad y dependencia. Teniendo o no teniendo dinero, teniéndolo en mayor o menor cantidad, ese vínculo se mantiene siempre vigente. Y de todo aquello que un individuo humano aspira a alcanzar a poseer, el dinero es el objeto más perdido de antemano: nunca es suficiente; apenas se tiene, se fuga y ya no está; es la puerta abierta hacia todos los demás deseos, sin embargo, también es el obstáculo que impide concretar todos esos deseos asociados. Como muchas otras cosas que llevamos marcadas a fuego en nuestras acciones, emociones, pensamientos, actitudes y aspiraciones, el dinero es mucho menos de lo que supone ser. En realidad, lo más absurdo y angustiante es que el dinero, literalmente, no es nada. Apenas una promesa. Apenas un cuento. Apenas un escenario donde creemos que se juega la vida real. Y al fin, mucho más que otras ficciones que nos sostienen y condicionan, el dinero es la menos cuestionable de todas.
Pero, como hemos visto hasta aquí, es la ficción más cuestionable y frágil de todas. Aunque asumimos que se trata de algo de lo que no podremos escapar jamás, resulta que, en verdad, nuestro comportamiento y nuestro pensamiento están tan estructurados a asumirlo como una realidad que generalmente no somos capaces de ver lo que realmente es.
Lo que sabemos del dinero, lo que tomamos como natural acerca de él, son básicamente tres cosas: sabemos qué hace, viene y se va; sabemos cómo es, escaso y difícil de conseguir; sabemos de dónde proviene o a quién pertenece, a un “ellos” que nunca es “uno” o “nosotros”. Sabemos cuál es el problema con el dinero, y es que es creado por bancos centrales, y emitido en suministros limitados. Por eso, sabemos también que debemos competir constantemente por él. Así es la naturaleza del dinero convencional, el único que conocemos tal vez: en su ir y venir crea simultáneamente condiciones de escasez y de riqueza, y de competencia. En una carrera donde gran parte de los individuos del mundo, muchos millones de ellos, no tienen –supuestamente- la capacidad de participar. Ahora bien: debemos saber también que ese dinero convencional es apenas una ínfima porción del resto del dinero existente. Ese que, lisa y llanamente, no existe: son números que se rehacen y acomodan en computadoras; física y empíricamente, ese dinero no existe ni está en ningún lado. Aun así, determina la suerte y el devenir del mundo, decide sobre la guerra y la paz, sobre el hambre y la abundancia, sobre la vida y la muerte, sobre la dignidad y la indignidad. Ese dinero ficticio decide sobre la vida de los individuos comunes de este mundo.
Pero, a fin de cuentas, el dinero empírico y el imaginario son las dos caras de una misma ficción. El dinero no es nada más ni nada menos que una forma de medir. Quisiera que se pregunte conmigo, ¿qué pasaría si cambiáramos esta vieja, perimida, inequitativa y tan asumida forma de medir el valor de las cosas (de todas las cosas) por otra? Sin dudas, para lograrlo deberíamos ser capaces de modificar también y paralelamente nuestra conciencia sobre qué medir y cómo medir el valor de lo que medimos.
Es un hecho, sobre todo conocido por los líderes del mundo, que el dinero, tal como lo conocemos hasta hoy, está destinado a desaparecer. Tarde o temprano, aunque en este caso no será un destino lamentable, correrá la misma suerte que los medios de comunicación. En un trance no tan lento como se supondría, de la propiedad controlada y los sistemas de transmisión de una única vía, adoptará sistemas de persona a persona, sistemas participativos y abiertos. Ya no podrá ser controlado por bancos centrales ni por los Estados, innumerables tipos diferentes de moneda circularán libremente a través de Internet, teléfonos móviles o mediante “bancos” no convencionales. En pocos años más, las monedas libres o abiertas serán emitidas y usadas por gran cantidad de mercados o individuos comunes para librarse del dinero convencional basado en la deuda y el interés, es decir, para quitarse de encima entre un 85 y un 90% del dinero circulante actual.
Pronto, el mundo comenzará (ya ha comenzado) a utilizar monedas libres por varios motivos. Porque estarán presentes y serán accesibles a cualquiera. Porque serán fáciles de integrar a las tecnologías actuales o por venir. Porque muchas de ellas ni siquiera necesitarán de tecnología alguna para funcionar. Porque la mayor parte de las personas, empresas u organizaciones se encuentran en estado de crisis por falta de liquidez. Y, sobre todo, porque desde esta nueva concepción del dinero y la riqueza, todos los seres humanos somos intrínsecamente ricos.
En el último capítulo de esta serie le conté acerca de los Bancos de Tiempo. Esta vez, quisiera contarle sobre otra opción: las plataformas de creación y circulación de monedas abiertas y libres en la Internet. Están disponibles a cualquier individuo y funcionan desde 2009. Aún son poco conocidas. Al término de la nota, espero lo sean menos.
Por ejemplo, Flowplace (www.flowplace.webnode.com) es una de ellas. A simple vista, el flowplace parecería un mercado, un sitio de intercambios entre ofertas y demandas. Y lo es. Pero es también mucho más. Es un sitio (un lugar) donde cada miembro tiene la oportunidad de expresar sus intenciones, es decir, peticiones u ofertas de las ideas que alguien tiene y espera concretar. Por ejemplo, el ofrecimiento de bienes o servicios que usted pauta al valor de una moneda creada por usted mismo. Las intenciones de cada uno se irán sumando y conectando con las de toda la comunidad participante. Una vez que la intención de un oferente y de un solicitante coinciden, se transforman en una acción o proyecto activo; así se concreta un intercambio donde ambas partes pautan un beneficio mutuo, creando riqueza para sí mismos y eventualmente para el resto de la comunidad, que también puede participar del proyecto y de y con la moneda creada. Y no sólo mediante la “riqueza financiera” creada a partir de tal o cual moneda abierta creada; sino también de diversas formas de riqueza reconocible, medible y otras formas negociables.
A lo largo de su actividad dentro de la comunidad de la que son parte, los miembros van adquiriendo una reputación otorgada por el resto de los participantes. Eventualmente, comienzan a conectarse con otras comunidades virtuales y otras monedas libres y abiertas. Cada uno irá recibiendo una riqueza reconocible (a partir de la reputación que adquieran, por ejemplo, pues allí se juegan los valores y no las cosas materiales, como el respeto, la confianza, el compromiso, la sinceridad, la honestidad). Y también irán adquiriendo dinero libre de divisas a través de las monedas libres que se han creado en esa comunidad, potencialmente valiosas en el resto de las comunidades y plataformas existentes o aún por crearse. La circulación se da a modo de juego, y de flujo ininterrumpido. De allí su nombre: “flowplace” como “lugar donde fluye”. Y fluir no es sinónimo de circular, pues circular se circula en una sola dirección, mientras fluir es una acción que se dirige en múltiples, simultáneas y heterogéneas direcciones.
En estas comunidades (que las hay virtuales y reales), la única forma posible de crear riqueza es de forma cooperativa; el dinero abierto se abre de forma plana, no tiene la posibilidad de conferir poder, valor ni riqueza de uno “sobre” el otro, sino de uno “con” el otro. No existe un límite para la cantidad de monedas que se puedan crear. Y permiten la medición de cosas tales como la fiabilidad, la productividad, la salud, la sostenibilidad, etc. Valores, todos, que cuentan para cada ser humano de cualquier extracción social, cultural, étnica o económica. En sitios como Flowplace, cualquiera puede hacer todas las mismas cosas que hace en el mundo con el dinero convencional. Son plataformas libres y gratuitas. Lo único que debe hacer es tener una idea, comprender cuál es su capital propio (que nada tiene que ver con cuánto dinero tenga), crear una cuenta, animarse, y entrar al juego.
En pocos, muy pocos años más, esta será la manera en que la economía funcionará, a nivel individual, comunitario y global. No se sorprenda. Y no se sorprenda tampoco ante tanta crisis financiera o anuncio de tales. El esfuerzo de los dueños del dinero convencional puede ser tan fuerte como de apariencia catastrófica, pues saben perfectamente y desde hace tiempo que están en riesgo. Están en riesgo de ser amos y señores y convertirse en morosos, ante la verdadera riqueza del resto del mundo.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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