17.01.2010 | Más respeto que soy tu madre es mucho más que el éxito comercial de la temporada. Es una ácida comedia sobre la familia, sin contemplaciones. Y, además, permite el lucimiento de un comediante sin igual: Antonio Gasalla.
El cine independiente norteamericano, sobre todo aquel que logró un espacio preferencial durante la década del ‘90, hizo hincapié en una temática específica: la familia disfuncional. Con autores emblemáticos como Todd Solondz, por ejemplo, el cine tomó una institución fundamental como la familia y la subvirtió con otros fines: hablar del mundo, de los estadounidenses y de los estadounidenses en conflicto con el mundo. Madres sórdidas, padres abusadores, hijos desesperados eran la otra cara de las comedias románticas y apacibles historias de superación personal. El retrato es más o menos piadoso y resulta apreciable cuando el director no se pasa de listo, como ocurría con Belleza americana y su hipocresía de manual.
Si bien interesante (de repente había estadounidenses mostrando los horrores silenciados de su sociedad), el cine independiente se convirtió rápidamente en aquello que decía combatir. Porque la crítica funciona cuando surge honesta y no cuando se produce a través manipulaciones y clichés: las madres sórdidas se comenzaron a repetir, también los padres abusadores y los hijos desesperados. Pero se repitieron como concepto, nunca como espíritu. Claro que la televisión tuvo en paralelo, durante todo ese tiempo, la contrapartida a tanto cinismo de chico rico con tristeza (recordemos, para estas películas la gente odiosa siempre es la de clase media alta): ese programa eran Los Simpson.
La serie de Matt Groening es emblemática. Si bien por un lado refleja las miserias de su sociedad, por el otro acepta a sus personajes tal como son y demuestra, siempre, que más allá de lo que son, son personas y sienten y sufren como cualquiera. Si Homero es un padre egoísta, maleducado, vago, irresponsable, lo que Groening no olvida es que antes que nada es, justamente, padre. Por eso acepta que Homero se mande las mil y una, porque sabe que al final solucionará las cosas de alguna manera. Y no llamemos a esto conformismo o conservadurismo. Acaso se trate de un extraño caso de honestidad intelectual.
¿Por qué empezar este texto sobre Más respeto que soy tu madre hablando de todas estas cosas? Porque sencillamente para entender la importancia de la obra que protagoniza y dirige Antonio Gasalla, además de disfrutar perversamente del éxito que está teniendo, hay que ponerla en contexto.
Familias
El espectáculo nacional tiene una larga tradición de familias: los Pérez García, los Falcon, los Campanelli, los Benvenutto. Todos ellos fueron eje de diversas situaciones, comparables a las que sufren los Bertotti, la familia mercedina que protagoniza la obra. Lo que cambia, en este sentido, es la intención de los autores. Si antes lo que se hacía era reforzar las instituciones a través de ideas conservadoras, donde a lo más que se llegaba era a mostrar un tío mujeriego pero que nunca concretaba sus escarceos amorosos (como Porcel y Olmedo en el cine castrado que hicieron entre los ‘70 y los ‘80), Más respeto que soy tu madre aporta la primera gran familia disfuncional de la historia del arte argentino. Eso sólo ya la convierte en un hito.
Muchos podrán sentirse agredidos por el nivel de grosería de la obra, que tiene libreto de Hernán Casciari, pero eso es no entender el carácter revulsivo que se plantea. Más respeto que soy tu madre es sí una comedia veloz y simple, sin demasiados lujos de puesta en escena, pero con una impronta militante: fundar otro tipo de familia, más cercana y real que el modelo instalado históricamente por la televisión argentina. Para este cometido, son necesarias toneladas de malas palabras, de situaciones grotescas, de malentendidos. La comedia, en el mejor de los casos, funciona cuando se convierte en recurso político, y entiéndase por político no la suscripción a un partido sino cuando se plantean rispideces con el modelo imperante.
Habitualmente se mira con desdén al éxito. Está bien, que algo se convierta en suceso no lo hace ni mejor ni peor y es apenas una circunstancia, pero en este caso debemos coincidir en que plantea un paradigma singular (hasta el cierre de esta edición se habían vendido alrededor de 30.000 entradas), y este es que el público que en temporadas anteriores vio a Nito Artaza, Carmen Barbieri o Miguel Angel Cherutti y sus estrellas de cartón pintado, ha elegido este año una comedia, que si bien es reidera y tiene a una figura respetadísima como Gasalla en el protagónico, posee un subtexto fuerte, definido y que dice algunas cosas sin anestesia. Es más: dice cosas virulentas sobre la clase media argentina y lo hace ante un teatro colmado de esa misma clase media. Lo bueno, finalmente, es que la obra se aleja todo lo que puede del cinismo y la pose canchera y su retrato logra ser lo suficientemente humano como para emocionarse con algunos diálogos muy precisos.
Gasalla
El origen de Más respeto que soy tu madre fue un blog (como para desmentir a José Pablo Feinmann y su desacertado “cualquier boludo tiene un blog”). Ese blog llevaba la firma de una tal Mirta, que no era otra que el propio autor, Hernán Casciari, y fue considerado en Alemania como el mejor sitio en 2005. Allí, Casciari escribía día a día la interna de la familia Bertotti a través de las palabras de una madre que se tragaba todo lo que pasaba a su alrededor (de ahí el latiguillo que repite Gasalla: “a mí lo que me pasa, después se me pasa”). Este material primero fue un libro y después fue una idea teatral que le sirvió al cómico para volver por la puerta grande. Su Mirta es ya una de las grandes criaturas suyas.
El enamoramiento del actor fue tal con el texto que hasta se encargó también de la dirección. En la puesta en escena su trabajo es correcto: si el vodevil es un suceder de puertas que se cierran y se abren, los Bertotti tienen en su lugar cortinas, chirriantes, multicolores, de plástico, por donde los personajes circulan. Un escenario que se mueve es el living-cocina de una casa humilde de clase media, de esas que en el frente tienen una virgencita empotrada. Y así como los Bertotti subvierten la idea de familia que planteaban los más clásicos Campanelli, desde lo genérico Gasalla recurre al grotesco y al vodevil para terminar convirtiéndolo en un unipersonal: la adaptación logra cohesionar los textos dichos en primera persona del blog y convertirlos en una historia más o menos convencional. Más respeto que soy tu madre es una sucesión de monólogos de Gasalla, o del inconsciente de Mirta, interferidos por la interrelación con los demás integrantes de su familia.
Puede uno recriminarle que la presencia desbordante de Gasalla opaque en demasía al resto. Apenas hay lugar para un módico lucimiento de Enrique Liporace como Zacarías, Alberto Anchart como Don Américo y, sobre todo, de Nazareno Mottola como uno de los hijos, quien si bien defecciona en algunos pasajes de humor verbal, logra componer su personaje desde la presencia física, bordeando el slapstick más desencadenado. Pero son nimiedades en el marco de una comedia que funciona como un relojito y que se permite ser todo lo guarra que puede, para aparentar ser como los otros espectáculos y convertirse en un éxito inmejorable. Para irse del teatro con una sonrisa y la cabeza revuelta de tantas ideas revulsivas.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El titular de Zona Sanitaria VIII analiza cómo se presentó la gripe A este año comparado con el año pasado y confirma un caso de rubeola en un niño de 4 años en Necochea.