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LA OFICINA DE PATENTES DE WASHINGTON

Un hombre inocente

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17.01.2010 | Nos sorprendemos a diario con avances que parecen inconcebibles. Los que devienen de la tecnología resultan impresionantes y "lógicos" a la vez. Los que abrevan en diferentes formas (no siempre agradables) que va tomando la sociedad, a veces llena de esperanzas, a veces (las más) abruma por la congoja. Como quiera que sea, vamos novedad tras novedad. Pensar que hubo quien “aseguró” que todo estaba inventado.

Encima, hace de esto ya dos siglos. En efecto, un ilustre y reconocido ciudadano norteamericano, el honorable J. P. Murgathoy, arrancó un día la hoja del almanaque sobre su escritorio, correspondiente al 31 de diciembre de 1899. Por aquel entonces también se discutía algo de lo que acabamos de salir: si entraban en el siglo XX o si aún estarían en el XIX por un año más; y de hecho, buena parte del mundo estaba preparando el gran festejo. No es que el 1900 fuera básicamente muy distinto a 1899 o 1901, pero el redondeo se antojaba oportuno para don Murgathoy para hacer un corte transversal en la percepción de la sociedad y emitir algunos comentarios.
Como jefe que era de la Oficina de Patentes de Washington D.C., el sujeto de marras sentía el peso del siglo en carne propia. Por sus manos habían pasado las patentes de invención de las más extravagantes (a su juicio) maravillas de la tecnología. La lista era abrumadora, impresionante para la época: los barcos de vapor, el incontenible ferrocarril, los enormes globos dirigibles, el telégrafo y el teléfono, capaces ambos de permitir el diálogo con quien no se ve; la fotografía y el cine, tan auténticamente revolucionarios como los otros; el submarino, el automóvil, los Rayos X (que al principio generaron terror), el alumbrado eléctrico, los subterráneos que ya circulaban en la Rusia de los Zares. Realmente, ¿quedaba algo para inventar? Murgathoy sintió la obligación de preguntárselo a sí mismo.
Meditó un corto tiempo y completó una frase inconclusa en el documento que estaba redactando (que se conserva en el Smithsonian Museum, para que no crea que este relato es ficción), dirigido al Presidente por la vía del Secretario del Tesoro: "y en vista de que ya no queda nada por inventar, y estando próximo mi retiro, sugiero responsablemente a Ud. se cierre esta Oficina de Patentes por ser ya innecesaria".
Más allá de la ternura casi infinita que despierta la frase, mueve a un cúmulo de recuerdos. Aquél era un mundo predominantemente masculino (éste todavía arrastra algunos vicios al respecto), en el que las mujeres no votaban ni eran admitidas solas en ningún "Restaurante o Café respetable". De hecho, en el muy exclusivo Union League de New York, un cartel rezaba en su puerta: "Prohibida la entrada a perros, mujeres, periodistas y miembros del Partido Demócrata". Eso es tener en claro a los "enemigos".
Eran tiempos en los que mascar tabaco era un símbolo de masculinidad, al punto de hacer imprescindible la existencia de coquetas (¿?) escupideras de latón brilloso y/o bronce refulgente en todo sitio público (que incomprensiblemente todavía pueden observarse en algunos barcitos de Constitución).
Los caballeros elegantes de la época eran llamados pintorescamente "lagartijos", "catrines" o "currutacos" (¿?), presentándose ante la sociedad con infaltable levitón con chaleco fantasía, camisa con pechera almidonada con cuello y puño sobrepuestos, pantalones ceñidos, zapatos de charol con polainas, sombrero alto, hongo o de paja, y un bastón que formaba parte prácticamente del cuerpo humano como un miembro adicionado por la fuerza de la costumbre mundana.
¿Qué pasaba con "ellas"? Ah, caramba, que "por supuesto" vivían para el cuidado del hogar y la crianza de los hijos (téngase en cuenta la dificultad adicional de que aún no se habían inventado los electrodomésticos, que hubieran provocado el desmayo de Murgathoy). Sus lecturas no podían sobrepasar la frontera de las secciones de moda, los catálogos de venta, y la Biblia, of course (imagine a su hija adolescente con semejante proyecto de vida). Toda niña que pretendiera ser tenida por respetable, no podía salir a la calle sin su sombrero porque era casi lo mismo que aparecer desnuda en la tapa de Playboy: tanto que la palabra "descocada" no es más que la deformación de "destocada" (con la cabeza descubierta).
La única oportunidad en que los jóvenes "de buena familia" podían alternar con el sexo opuesto, eran las tertulias familiares (vamos, propóngaselo a sus chicos) que culminaban con el acompañamiento del piano para reproducir valses, chotises y polkas de moda. No. Tampoco podían terminar a las tres de la mañana ni mucho menos, como sugiriera un ex gobernador hoy (dice) candidato a futuro presidente de una remota República al Sur del Río Bravo.
Ni siquiera el vocablo "automóvil" era corriente para los novedosos "carruajes sin caballos", y se usaba indistintamente "motociclo, petrocar, viamote o mocle", tal como Murgathoy consignaba con esmero en sus registros de patentes. Una ley de la época exigía que todos ellos debían ir precedidos por un hombre que corriera adelante agitando una bandera roja (supóngase usted corriendo delante de un Mazda, con una pancarta colorada: va preso por agitador, o lo encierran por loco). Ah, al año siguiente, abril del 1900, en la Exposición Universal de París se aseguró que "no tendrían mayor porvenir".
En fin. A simple vista saltan algunas diferencias en lo que va de ese tiempo a esta parte, que permiten creer que el bueno de don Murgathoy era un dulce, un ingenuo que hubiera muerto de espanto con sólo imaginar el mundo actual. Sin embargo, de los diarios de la época ha sido posible extraer algunas perlas dignas de ser observadas:
De El Mariachi, proto-periódico de la época: "México recibió el año 1900 después de la represión ante el que será el último levantamiento de los descendientes de los mayas en Yucatán". O del intocable Times, de Londres: "En Rusia gobierna el zar Nicolás II en medio de una complicada maraña burocrática. La nación es una caldera a punto de explotar, con sus masas de mujiks (labriegos) muertos de hambre, con una sorda reacción en los medios urbanos, y con los bárbaros islámicos del Sur. Pero la fuerza del Imperio sabrá contener cualquier intento de alterar el orden".
Póngale que con la tecnología le haya errado, y que los grandes laboratorios de hoy lo hubieran matado por querer cerrar la oficina de patentes. Pero, ¿no le dan ganas de felicitarlo al bueno de J. P. Murgathoy por vaticinar, hace dos siglos, que ya todo estaba inventado?

José Pimentel por José Pimentel Recomendar Nota a un amigo
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