24.01.2010 | Alguna vez le he contado sobre este rincón de Córdoba, sobre Bouwer, nuestro patio de atrás. O, mejor dicho, nuestra “ciudad agujero”: aquel lugar que se ha convertido desde hace años, por defecto y omisión, en el vertedero de todo lo que sale expulsado como excrecencia y residuo desde las entrañas de la capital, desde otras localidades vecinas, y también desde otros puntos del país.
Ojalá lo recuerde, porque son muchas las cosas no dignas de echar al olvido. Por más cerca o lejos que se esté, la distancia no quita ni cura la existencia de ciertas cosas que, incluso teniéndolas frente a nuestras narices, preferiríamos saber que no son o que no existen. Por eso regreso allí, y vuelvo a contarle. Porque la voluntad y persistencia de unos pocos van poniendo freno al atropello de varios: en Bouwer, desde hace tiempo, rige la cuenta regresiva. Ni un día más, como reza la consigna fundamental de los vecinos. Ni un día más soportará el “basta”.
Hasta entonces, Bouwer habrá sido durante 28 años la residencia donde decidió radicarse el predio de disposición final de residuos de la Ciudad de Córdoba. El vertedero de 80.000 toneladas de basura (2.500 diarias en promedio), en un 96% aportada por la capital cordobesa. El olor a gas que proviene de la montaña de residuos de 40 metros de altura, 830 metros de largo y 350 metros de base, obliga a los vecinos de Bouwer no sólo a convivir con olores nauseabundos e invasiones de ratas e insectos. También los fuerza a observar cómo, año tras año, cada vez son más frecuentes las enfermedades respiratorias entre sus habitantes; así como las enfermedades en la piel, la muerte de niños prematuros, los abortos espontáneos y los casos de malformaciones y diversos tipos de cáncer. Cercada por donde se la mire, la ciudad de Bouwer (porque es una ciudad, donde vive gente común, como cualquiera de nosotros) tiene además el triste título de ser sede de un incinerador de residuos patógenos, de una planta de almacenamiento de residuos peligrosos, de los vestigios que dejó y continúan actuando silenciosamente tras el cierre de una planta de fundición de plomo, y del depósito judicial de unos 200.000 vehículos en situación de degradación y olvido. Por esto, y por mucho más, por todo lo que tiene que ver con la dignidad y el simple y llano derecho a la vida, los vecinos de Bouwer han dicho “basta”.
Tras varias presentaciones judiciales, y junto a una incansable labor de concientización en las escuelas, en las calles, en organismos públicos y en los medios de comunicación que de vez en cuando les han prestado algunos minutos de difusión, consiguieron que la Municipalidad de Córdoba se autoimpusiera un plazo de 365 días para dejar de verter residuos allí, contando desde el 1 de abril de 2009 al 1 de abril de este año. Cada mes, la gente de Bouwer se ha encargado de recordarle al intendente Daniel Giacomino su propio plazo y su propia promesa. Al parecer, las cosas iban tomando su curso: pese a que siempre reinó y aún reina la absoluta falta de respuestas sobre qué propuestas se han trazado para buscar un nuevo predio de disposición final, hace algunas semanas se habían lanzado los pliegos y el llamado a licitación, un gesto que permitía creer que cierto rastro de acción andaba circulando. Pero, llegó el momento de los “peros”.
Días atrás, en una entrevista realizada por un canal local, Eduardo García, amigo del Intendente cordobés y titular de la empresa municipal de recolección de residuos, CRESE (Córdoba Recicla Sociedad de Estado), declaró que hasta ahora han sido muy pocos los avances que se han hecho a favor de la habilitación de un nuevo predio. Además de reconocer su inoperancia y la de sus colegas políticos, sus palabras dejaron en claro su inconcebible falta de conciencia (no sólo profesional, dado el cargo que ocupa, sino humana y ciudadana) al decir que el cierre del predio seguramente demandará más tiempo, y pidió a los vecinos de Bouwer que tengan “paciencia y comprensión”. ¿Le parecerán poco 28 años de espera? La respuesta, por supuesto, fue “ni un día más”.
En un comunicado de prensa, la comunidad de Bouwer hizo saber que le harán llegar a García una carta en repudio “de sus lamentables declaraciones públicas, ratificando que no están dispuestos a prorrogar el cierre del basural. Las últimas declaraciones del titular de CRESE a la prensa son una confesión de inoperancia y cobardía. Inoperancia porque se admite que no hicieron lo suficiente para cumplir con un plazo de cierre que la misma Municipalidad estableció, y cobardía porque nunca se han comunicado con Bouwer para conversar sobre los avances y las dificultades de este proceso de cierre”.
Coherente con el resto de sus acciones y decisiones políticas y públicas, Giacomino apuntó mal y torcido en sus primeros intentos por resolver el problema. A fines de noviembre de 2009, comunicó y determinó por medio de García que desde el 1 de enero de 2010 Bouwer no recibiría más los residuos de las 17 ciudades y comunas, y de 12 empresas privadas (Arcor, por ejemplo) e instituciones (como la UNC) que echan sus restos allí. De esa manera, sólo la ciudad capital mantendría el privilegio de seguir teniendo un espacio donde tirar sus restos. Pero, en vista de que, de hecho, no existe aún otro espacio donde tirar todos esos desechos, la medida fue suspendida ya que la basura iba acumulándose en cercanías a localidades con demasiado interés turístico como para empañar la hipócrita postal cordobesa de la prosperidad, la armonía y la naturaleza intacta. Así que, todos de vuelta a Bouwer. Y en el camino, todos los “nones” que le llegan a la Municipalidad y la provincia desde otras localidades pequeñas que se niegan terminantemente a convertirse en vertederos; ciudades que muchos cordobeses ni siquiera conocen, y que van cobrando triste fama como candidatas a basural.
El pedido es tan claro como simple: “queremos dejar de ser la localidad más contaminada de la Argentina”. El reclamo, también lo es: recuerdan que una promesa, y un compromiso asumido públicamente, deben ser cumplidos. Lamentablemente, las respuestas y las acciones son fieles a una misma modalidad: anteponer la inoperancia, la torpeza y la indolencia a la responsabilidad, la conciencia y el cuidado de lo propio. Esta provincia es una de las pocas en todo el país que no tiene una política de protección ni de rechazo ante los residuos tóxicos y altamente peligrosos que recibe periódicamente desde otras provincias. Trescientos sesenta camiones circulan a diario por la ruta 8 a Río Cuarto cargados de sustancias contaminantes, algunas letales. Sobre ellos, ningún control. Los deja pasar, los ve volcar. Como ve pasar el tiempo y como ve volcar basura sobre la esperanza de vida de varias comunidades.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.