24.01.2010 | Carlos Menem gobernó con el beneplácito y el voto de la mayoría de los argentinos, durante la mayor parte de la década pasada. Dejó armada una bomba de tiempo llamada convertibilidad, que explotó en manos de sus sucesores. Néstor Kirchner gobernó la mayor parte de la década siguiente. Y está terminando de armar otra bomba, mucho más potente aún. ¿En qué manos estallará?
Está muy trillado el dicho, es cierto, pero nunca mejor aplicado que en la Argentina de fines de los ochenta, de fines de los noventa o, para que el nuevo milenio no se sienta menoscabado, de fines de la presente década: “es la economía, estúpidos” (todos nosotros).
Si bien el paralelo se puede hacer con varias de las décadas del pasado siglo, la que tuvo a Menem como protagonista principal fue una muestra perfecta del histérico comportamiento social de los argentinos. Durante ocho, nueve años, apoyamos fervorosamente el último de nuestros grandes inventos, la convertibilidad, que permitió que muchos ganáramos en dólares lo suficiente como para viajar, comprar dos de cada y vivir pretendiendo ser primermundistas hechos y derechos. No estábamos condenados al éxito; éramos exitosos.
Por supuesto, la cuenta llegó en lo mejor de la borrachera. Por eso, con nuestra mejor cara de póker salimos a buscar la cabeza del que nos metió en el restaurante cinco tenedores; el mismo que y luego nos dijo que teníamos los bolsillos vacíos: Carlos Menem. Sí, ése mismo -con el permiso del INADI- negrito petiso y patilludo, medio aindiado, al que una mañana empezamos a ver rubio, alto, de ojos celestes. Al que de repente volvimos a ver tan indio como al principio, pero además, ahora, queríamos colgar de alguno de los robustos árboles de la Avenida de Mayo.
Pues pasó lo que debía pasar. La bomba, finalmente, explotó. En manos de un gobierno irresoluto que cometió su peor crimen cuando, con tal de ganar las elecciones, prometió que seguiría adelante con la farsa. Sabían, los políticos que lo integraban -De la Rúa, pero también todos los demás, incluso quienes perdieron- que si no prometían eso, no ganaban. No estábamos, nosotros, los del llano, dispuestos a apoyar a quien viniera a cobrarnos la festichola.
“Que se vayan todos” fue nuestro grito indignado, de dolor. Nos habían sacado por las malas lo que no quisimos afrontar por las buenas. Porque si al menos hubiéramos estado dispuestos a afrontar los costos de lo que consentimos… Pero no. La masa, que no lo es solamente cuando la comanda el patotero D’Elia, nos daba refugio. En la masa, nuestra indignación parecía justificada y hasta digna; una indignación digna de elogio, ¡vaya paradoja! “Que se vayan todos” esos políticos corruptos, delincuentes, que nos mintieron durante años haciéndonos creer que éramos holandeses y belgas, y que de un día para el otro nos despertaron del encanto poniéndonos frente a un espejo que nos mostraba tan “sudacas” como somos.
Dicen por ahí que el hombre se diferencia de los animales porque tiene la virtud de aprender de los errores, para no repetirlos. Por cierto que la historia de la humanidad es un desmentido permanente de tal patraña. Pero si hay un lugar donde aquella afirmación se vuelve absurda como en ningún otro, ese lugar es el que habitamos los argentinos.
Es innegable, cuando alguien está en carne viva por haber sufrido una quemadura de primer grado, quien alivie su dolor se ganará su afecto instantáneamente. Sin cuestionamientos ni pretensiones de pureza. Eso es lo que ocurrió con Kirchner.
Kirchner demostró que no le iba en zaga a Menem en astucia política ni un tranco. Con el mismo pragmatismo que el riojano se disfrazó, sólo por una exigencia de los tiempos, de lo opuesto al riojano. El fin último era el mismo: permanecer en el poder por siempre. Ese karma que condena a los primitivos políticos de esta parte del mundo, a la que quieren salvar con una épica surrealista de las miserias a las que parece condenada.
Y así Kirchner, como Menem en su momento, abrió su saco papanoélico y repartió y repartió, creyendo -¿lo creería en verdad?- que así redistribuía la riqueza. En realidad, al igual que Menem, creyó que las leyes de la economía eran un mito que los países ricos nos quisieron “vender” a los pobres para que obráramos de acuerdo a sus necesidades y exigencias. Y las estiraron, doblaron, aplastaron y retorcieron. Uno con medidas bautizadas -por quienes llegaron después con ideas opuestas, claro- como “neoliberales”; el otro con una variante autóctona de keynesianismo heterodoxo y transversal (¿?). Lo cierto es que ambos fueron clásicos populistas que sólo buscaron repartir pan y circo para reinar el mayor tiempo posible.
A De la Rua y su Alianza, la bomba del gasto les estalló en las manos, y en nuestra cara, como correspondía; atraso cambiario e inflación reprimida, vía tipo de cambio, que armó Menem. Kirchner y su “neoprogresismo” -al que, por sus resultados, debiera llamarse “neopobresismo”- están terminando de armar una bomba tan o más potente aún con… Caramba, ¡otra paradoja! Los mismos componentes: crecimiento explosivo del gasto público, retraso y distorsión de precios relativos de enorme magnitud, inflación disfrazada con estadísticas truchas… En fin, una combinación explosiva a la que sólo le falta el reloj que indique cuándo estallará.
Y lo peor de todo es que aún cuando es fácil prever que Kirchner y los suyos tendrán un destino peor que el de Menem y los suyos, quienes disputen la herencia se verán en poco más de un año enfrentados a la misma trampa que quienes pelearon por la herencia menemista. Es decir, la disyuntiva de anunciarle a la gente que quien asuma deberá enfrentar el colosal descalabro con medidas traumáticas para la mayor parte de la sociedad. Mentir para ganar, y luego tomar igualmente esas medidas; o mentir para ganar e intentar llevar la farsa hasta donde sea posible.
En los dos últimos casos es muy posible prever un destino negro para quien elija una de estas opciones. Pero en el primero, quien tenga el coraje de anunciar lo que hará falta, se topará con el proverbial comportamiento de avestruz de la mayoría de los argentinos, que preferirán no ver lo que les da miedo hasta que estalle y nos enfurezca de indignación con quienes lo hicieron estallar voluntaria o involuntariamente.
¿Qué haremos cuando llegue el momento? ¿Enfrentaremos la realidad?
Sería, realmente, una sorpresa que lo hiciéramos.
por Enzo Prestileo
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