24.01.2010 | Conmueve ver las imágenes. Chicos, adultos, ancianos, todos arremolinados ante los todavía escasos camiones con agua y comida; o enfrentados a una cámara internacional diciendo, sencillamente, “tengo hambre”. Llorando a sus muertos no enterrados, muertas también sus de por sí escasas ilusiones. Ahora, ¿esto es Haití a causa del terremoto? No. Hace mucho que Haití estaba en estas condiciones, ante la indiferencia del mundo.
Hoy nos espanta y entristece ver cómo, en las peores condiciones imaginables, llegan al extremo de robarse entre ellos hasta los mendrugos, o a agredirse violentamente por un cuarto de litro de agua embotellada. Pero, ¿acaso las masacres callejeras no fueron pan de cada día a lo largo de los últimos cincuenta (o más) años de su historia? ¿Y? ¿Adónde estábamos? De allí una de mis angustias personales: el terremoto llegó y fue catastrófico. Pero, ¿por qué Haití llegó como llegó? ¿Por qué nos asusta y sorprende hoy una miseria y un abandono históricos? ¿Dónde estabas, Naciones Unidas? ¿Dónde estabas OEA? ¿Dónde estabas, América?
Haití arranca mal. País de esclavos (literal), colonizado por los franceses, habituados a maltratar a sus dominios (Indochina, Argelia, República Centroafricana, algunos ejemplos vivos de la soberbia de París que la condujo a ser brutal). Haití no sólo no fue la excepción, fue la suma de todos los males y de la peor herencia; y de la que las cifras son elocuentes:
¿Qué es Haití hoy? O mejor dicho: ¿qué era Haití un día antes, sólo un día antes del terremoto? Un Estado en condiciones de vida lamentables. Su población tiene la menor esperanza de vida, y en descenso: de 54 y 51 años estimados en 1998 para hombre y mujer respectivamente, ya descendió a 51 y 50 en las cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el 2002. La mortalidad infantil, al revés, crece de manera exponencial; hoy están en el 91 por mil, cifra de escándalo que aumenta si medimos solamente la muerte de los menores de 5 años, 130 por mil. Caramba, ¿no hay médicos allí para enfrentar estas cosas? Y... no. El promedio es de 16 médicos cada 100.000 habitantes (saque la cuenta, es como si hubiera 100 médicos para atender a todo Mar del Plata).
Al menos irán a la escuela, pensará usted. Tampoco, es la nación latinoamericana con el peor promedio. Entre los hombres, el promedio de alfabetizados es del 47% y el de las mujeres más bajo todavía, 41%. Si pensamos en escolaridad secundaria, asiste el 23% de los hombres y el 22% de las mujeres. La Universidad es un albur: sólo el 1% de los haitianos accede a ella. ¡Ah! Tampoco tienen mucho para informarse por otros medios: hay cinco televisores cada 1.000 habitantes (¿cuántos tiene usted en su casa?)
Económicamente no tienen respuesta, y pensar que alguna vez fueron la principal fuente de exportación de azúcar de la región. Hoy sólo el 20% del suelo es arable; y apenas el 5% son bosques, aunque las cifras indican que la deforestación crece a un promedio del 3,5% anual. Es lógico, solamente el 13% del total está medianamente irrigado. Con eso y todo, la agricultura representa el 67,8% de la actividad laboral, con lo que puede deducir rápidamente el cuadro general: viven (prácticamente) con nada, que extraen también de la nada. Exportan tres veces menos de lo que importan, lo que cada vez hace más difícil, si no imposible, hacer frente al desequilibrio fiscal. Crédito es una palabra desconocida para estos ocho millones de habitantes, descendientes de esclavos africanos en un 95%, a los que les falta de todo menos partidos políticos (otro clásico). Seguramente no es importante, y por eso no utilizo tanto renglón para explicitarlos, pero tiene usted al FCND, la ANDP, el CONACOM, el PAIN, el PUCH, la URN, la APN y varios más. Ninguno logró algo de utilidad para el pueblo haitiano.
Ese pueblo haitiano que sigue extrañando a Toussaint L´Overture, aquel Espartaco negro, esclavo que en las postrimerías del siglo XVIII abrió el camino de la libertad de los esclavos (los marrons); posta que después de su muerte a manos de un enfurecido Napoleón, fue tomada por Dessalines, Christophe y Petión hasta alcanzar la independencia en 1803. Caramba, el primer Estado independiente de América Latina.
El resto de su historia fue de guerras civiles, de ocupación norteamericana (no podía faltar) en 1915, durante veinte años en los que parece que tampoco llevaron ni la libertad, ni la democracia, ni la prosperidad. Es más, si decidieron irse es porque encontraron un mecanismo más barato para seguir gobernando: un dictador títere, que después de tres golpes de Estado sucesivos llegó al poder y marcó a Haití por medio siglo XX. François Duvalier, Papá Doc, creador entre otras lindezas de un siniestro y particularmente feroz cuerpo de represión, pilar de todo su gobierno, los tonton-macoutes.
Treinta larguísimos años que se continuaron con su hijo, Baby Doc, tan gordo y corrupto como su padre pero un poco más imbécil. Tan asediado llegó a estar por la prensa internacional, que llamó a elecciones y perdió por escándalo. Entonces sacó sus muchachos a la calle y mató a 40.000 personas. Tuvo una ventaja: no había televisión que lo mostrara. Claro, era tan insostenible todo que en poco tiempo debió salir huyendo, en un avión de la Fuerza Aérea norteamericana, para recibir asilo en Francia.
De una historia de brutalidad, sólo puede salir brutalidad. La sociedad, harta de los abusos y el maltrato, salió a la calle a abusar y maltratar. Fueron tiempos de linchamientos masivos, de asesinatos callejeros por turbas descontroladas, de descuartizamiento y degüello (literal) de los ex miembros o colaboradores de los tonton-macoutes; obviamente, sin juicio previo como no fuera el simple reconocimiento callejero o saber su lugar de residencia.
Cuando en 1986 (mire usted de cuándo estamos hablando) llaman a Asamblea para una Constituyente, el apoyo popular fue masivo, cansados los haitianos quizás de su propio baño de sangre que los tuvo por víctimas y victimarios. Se plantearon elecciones para 1987, pero no habían pasado más que horas del día de la votación para que salieran a la calle las Fuerzas Armadas y lo que quedaba de los tonton-macoutes, a puro fuego, provocando la suspensión del comicio y el triunfo (¿?) del candidato oficial Leslie Manigat.
Golpe de Estado tras golpe de Estado es el resumen de los últimos veinte años de historia, mientras el mundo “colaboraba” a su manera: en vez de pacificar y elevar un mínimo el nivel de vida de esta sociedad tan castigada, la OEA se sumaba a los embargos comerciales. En un momento de desesperación, un hombre pobre, con apoyo de las masas rurales y buena parte de la sociedad urbana, decidió postularse y obtuvo la presidencia: Jean Bertrand Aristide. No con mucha suerte. Aristide era cura, partidario de la Teología de la Liberación; por eso la Iglesia lo censuró y los salesianos lo excluyeron de la orden. Todo lo que un pueblo como el haitiano necesitaba y cristianamente esperaba...
Resultado: nuevo golpe (el de Raoul Cedras), nuevos embargos (Aristide hablaba de "un muro de Berlín, pero flotante), más muertes, más hambre, la misma miseria, nuevas intervenciones militares de los EEUU, y “medidas de ajuste estructural” sugeridas por los organismos financieros internacionales para salir de “la crisis”.
Entonces, amable lector, ver lo que hoy está ocurriendo en esta isla es más sencillo de entender de lo que parece. Pasa lo de siempre, empeorado un poco por el terremoto que no es, se lo aseguro, el causante de la miseria haitiana. Su estado actual es la consecuencia de la vida de un pueblo que nació esclavo de un imperio, y sigue esclavo de su historia.
por Rodolfo Olivera
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