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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Nota Central

Siglo veinte, cambalache

31.01.2010 | Para algunos funcionarios locales, los artistas son poco más que ejecutores de un hobby costoso. No hay respeto profesional por quienes han dedicado su vida a estudiar y producir en la cultura. “Lo mismo un burro que un gran profesor”, como dice el tango.

Para ser funcionario de Cultura no alcanza con ser un político de cierta raza. Hay que saber, para no pasar el papelón de un director impuesto que tuvo el Teatro Municipal de Santa Fe: mandó a lustrar el escenario antes de la presentación de un ballet porque lo veía sucio. Fractura de la primera bailarina, y juicio a la comuna.
No alcanza con tomar cafés pertinentes en los bares de moda con quienes dispongan la distribución de los fondos. No es suficiente tener la plata, hay que saber en qué gastarla para que cumpla una función. Más allá de  poblar la prensa de fotos, debe lograr que la gente mejore su acceso a los hechos culturales.
Los funcionarios de Cultura no trabajan para los artistas sino “con” ellos. Trabajan para todas las personas de la ciudad, que requieren que alguien capacitado mejore las oportunidades de encontrarse con la multiplicidad de fenómenos artísticos que produce su ciudad, y también con la retroalimentación que puede suponer quienes los visitan.
La cultura necesita el soporte del Estado para su desarrollo. No el mecenazgo, sino el soporte: la correspondiente distribución de los recursos existentes para acompañar el acceso a lo mejores exponentes de su comunidad, aquellos que han producido obras de arte comunicantes que esperan al público para su completa realización. Se dice fácil, pero hoy en día ni siquiera salen adelante las cosas más básicas: afirman algunos empleados que no hay noticias de los $18.000 que dejó la Gala Zürich 2009, y que se destinarían a la compra de libros. Simplemente desaparecieron.

Maquiavelos y estafaos


En esta ciudad se ha pasado por todas la posturas. Desde principios de los noventa, cuando la Biblioteca Municipal florecía de público para una amplia oferta de obras de teatro, muestras y recitales musicales además de cursos y talleres, hasta la etapa de devastación de Julio “Pichi” Benítez, cuando los vientos monzones parecieron llevarse todo lo que se había construido.
La gestión Marán fue un tiempo de reconciliación: el ex funcionario conocía desde adentro las necesidades del mundo de los productores cultures, y supo qué puertas tocar para hacer de nexo entre ellos y una comunidad compleja.
Pero luego, la situación retrocedió veinte años. El proyecto actual no termina de entenderse y el equipo del intendente Pulti administra las instalaciones culturales con un criterio imposible: el amontonamiento. Hay dinero para tapar errores, pero no para arreglar pérdidas de agua. Hay personal ocupado en rencillas internas y nadie hace nada de más si no se le pagan extras, lo cual revela un ineficiente o inexistente vínculo con el personal a cargo.
Años atrás, cuando las salas en cuestión gozaban de prestigio, los espacios para actuar se decidían por concurso de antecedentes y oposición, ya que se presentaba un fragmento de la obra ante un jurado que establecía un orden de mérito. Así se premiaba el esfuerzo para los profesionales de la cultura: el Estado invertiría en técnicos, apoyo publicitario y sala para los ganadores. Y simplemente había que esforzarse en presentar un producto mejor. Lo mismo sucede en cualquier teatro estatal del mundo, donde una conferencia de culto no puede destronar al teatro en horario central.
Hoy en día, un pseudo principio democrático pretende que haya el mismo lugar para todos. Principiantes y profesionales, personas con un digno hobby de fin de semana contra artistas consagrados con premios internacionales. Todos en la misma bolsa hicieron un total de 53 elencos disputándose horarios y espacios para actuar. Mauricio Espil, a cargo de la sala en el momento de las decisiones de pre temporada, ni siquiera previó la manera en que se iban a instrumentar el desarmado y armado del espectáculo siguiente, que insumen un tiempo inmodificable, según la complejidad de la escenografía.
La actriz Hilda Marcó, de extensa trayectoria en esta comunidad, solicitó la sala B del Soriano -ex Biblioteca- con seis meses de antelación. Quería volver a poner en escena la obra “Se me murió entre los brazos” de Alberto Drago. Concedido el espacio, se dedicó a ensayar. Luego los horarios no alcanzaban y se habló de subcontratar el espacio del Centro Médico para derivar allí ciertos elencos: les habían dicho que sí a todos. Finalmente no se concretó, y vuelta al Soriano.
Un primer llamado les había asignado un horario: martes a las 21.15. Serían 8 funciones en todo el verano como retribución a seis meses de ensayo. Igual se conformaron. Primera contraorden: el horario sería el de las 22.15. Material impreso que tuvo que ser modificado, y una serie de gacetillas que se volvieron totalmente inútiles. Todo bien, viento en popa.
La primera y única función fue el 12 de enero: el día anterior había llovido, los camarines se inundaron, y al elenco se le mojó el material. Tuvieron que comenzar media hora tarde, pero como el público no recibió ninguna explicación lógica, se quejó.

Maldad insolente


La semana siguiente les dijeron que comenzarían a las 23, porque los tiempos para desarmar y armar no daban. Los directores se dieron cuenta a mediados de enero de lo que no habían previsto. Obviamente, los actores debían volver a imprimir material gráfico con el nuevo horario, y el director Espil dijo: “nosotros pagamos todo”.
Luego, otro cambio: “no llegamos, van a tener que empezar 23.15”. Bueno, era mínimo. Se adaptaron. Siguiente mensaje: “mejor, directamente 23.30”. Pero, dijo Hilda Marcó, “¿cómo vamos a llevar gente a esa hora?” Era su problema, y decidió intentarlo. Sabía que con tiempos tan ajustados, los actores terminarían cambiándose en los pasillos, pero se adaptó.
Nueva llamada de Mauricio Espil: “ustedes van 00.15”. Sabiendo que no había forma de volver a difundir el horario, se daban por vencidos. “Nosotros pagamos todo”, volvió a decir el director. “Les pagamos el remís para que las señoras actrices se vuelvan a su casa después de la función de trasnoche, otros volantes, y les cubrimos el seguro de sala”. El seguro es el mínimo de público con entrada paga que el grupo debe tener para que se le permita hacer la función. Hilda Marcó decidió, después de mucho luchar, que lo intentarían.
Un nuevo llamado de la empleada Carolina reformó el horario una vez más: “van a la 1”. Parecía una broma, o una presión para que se fueran. “Ese es un horario para transformistas”, dijo Marcó. ‘Tómalo o déjalo’ pareció ser el mensaje para quienes habían solicitado sala a las 21.15.
Cuando la actriz se hartó del maltrato, alguien le dijo: “no se lleven la escenografía, por si queda algún hueco si alguien se va del teatro”. Y eso fue demasiado. Una artista de la trayectoria de Hilda Marcó, que lleva más de 50 años de escena y de reconocimientos de importancia, no pudo más que dirigirse por nota al intendente Pulti, y exigir la solución a un problema que considera consecuencia de la ineficacia de los funcionarios. Dice, además, que su elenco ha sido castigado por haberse quejado en numerosas oportunidades de esa ineficiencia.
“Quejate, que acá no entrás más” le había dicho cierta vez un técnico, de quien se comenta llegó a la Biblioteca castigado. Y vaya si cumplió. Marcó pide hoy que se le pague el lucro cesante. Pero no con dineros públicos, porque no corresponde. Con el mismísimo sueldo de los funcionarios que no hicieron su trabajo como debían.
Hoy, el Soriano es tierra de nadie, como toda la Secretaría de Cultura. Un cambalache donde se reparten volantes de cualquier cosa -de clases de equitación o de venta de cosméticos- en el mismo display donde se difunden espectáculos representativos de la gran dramaturgia nacional. Cualquiera puede cualquier cosa, y ningún saber es ajeno: “colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.

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