31.01.2010 | Es natural que se critique a los ricos. Más aún, es fácil hacerlo para todos los que no lo son. Como fácil es, para los del llano, criticar a los poderosos. En una palabra, es fácil decir. Más difícil es hacer. Los argentinos no ricos nos creemos solidarios. Y estamos seguros de que los ricos y los poderosos no lo son. Por eso, pensamos, son ricos y poderosos. ¿Es que será mejor ser pobre y nunca tener poder?
Para algunos, la expresión es “ponerse en sus zapatos”. Otros reemplazan los zapatos por pantalones. En el fondo, de lo que se trata es de hacer el intento, serio, desprejuiciado, de entender por qué los demás actúan como actúan. En particular, cuando estamos seguros de que actúan mal; y cuando creemos que, estando nosotros en su lugar, actuaríamos de manera muy diferente. Mejor, por supuesto.
Es un ejercicio molesto, además de complejo. Molesto y complejo, claro, si lo intentamos sin hacernos trampa a nosotros mismos. Sin autoengaño. Si no cedemos a la conveniente tentación de poner la carta bajo el mazo y sacar otra porque, después de todo, nadie nos ve.
No más de un par de domingos atrás, las líneas de esta columna fueron utilizadas para aporrear a esta, nuestra sociedad -ejercicio predilecto del cronista- por los insuperables prejuicios que la relacionan con el dinero. Pues bien, en un giro argumental no tan copernicano como puede parecer a primera vista, se trata ahora de mirar desde un ángulo diferente una situación similar. Cambiar el punto de observación, no el de referencia.
La inclinación hacia los más débiles es universal. Vale para el fútbol tanto como para los personajes de una película. Pero mucho más vale, en la vida real, para tomar partido por los que tienen mucho -dinero, poder- en detrimento de los que tienen poco o nada.
Ponerse del otro lado del mostrador, aunque en determinados casos hasta nos parecería más justo, nos dejaría insoportablemente desguarnecidos ante los ojos de nuestro entorno. El poderoso, salvo contadísimas excepciones, referidas en la mayoría de los casos a demagogos(as) profesionales, está mal visto. ¿Por qué? Naturalmente, por el deseo a ser aceptados, comprendidos y, en la medida de lo posible, admirados. Y casi nadie admira a quien justifica la riqueza o el poder.
Esto explica también por qué imaginamos -las imaginamos, pero estamos seguros de su realidad- permanentemente conspiraciones en contra de los más débiles, de los más pobres. Y de nosotros mismos, por supuesto. El rico, el poderoso, siempre tendrá, estamos seguros, no sólo la intención sino la oportunidad de hacer (y hacernos) daño. Siempre, qué duda cabe, se beneficiará con ese daño que provoca. Será más rico, más poderoso. Nos tendrá, con cada una de esas maldades, un poco más debajo de la suela de su zapato.
¿Será realmente así?
No, obviamente. Hay que forzar demasiado la imaginación para amontonar tanta maldad en manos, dientes y mentes de tan pocos. Nos ayuda la ignorancia. La propia, cuando imaginamos; y la de los otros cuando les transmitimos nuestras irrefutables elucubraciones. La envidia también hace su aporte. Si el otro puede lo que yo no, el otro tiene que estar obrando mal. Porque si así no fuera me dejaría a mí en evidencia de mi menor talento o mi menor voluntad para llegar a lo mismo que él/ella llegó. Y para terminar de condimentar esta agria ensalada, el ingrediente restante es la haraganería, ya sea intelectual o física. Porque para lograr lo mismo que logró el exitoso necesitaremos esa mezcla de talento, voluntad y deseo de aprender, en distintas proporciones según el caso.
Es imposible no ser pesimista respecto a nuestro futuro, si se coincide en estas presunciones. Por supuesto que podrían estar totalmente erradas, en cuyo caso habrá que buscar otros justificativos para los malos presagios, o simplemente habrá que ser optimista.
Quienes están convencidos de la maldad intrínseca de los ricos y los poderosos no necesitan de otros argumentos para justifican nuestra cada vez más profunda y decadente postración. Ellos/as creen que las mayorías populares -en las que obviamente se incluyen-, que por supuesto no participan de los horripilantes defectos de ricos y poderosos, están sometidas desde tiempos inmemoriales por estos nefastos seres y libran una batalla atemporal contra ellos en busca de la liberación. La propia. Y, claro está, su innata solidaridad no da lugar a otro pensamiento, la de las masas de pobres y oprimidos.
Paradójicamente muchos de quienes, pese a no creerse ricos ni poderosos, tienen una voz escuchada por porciones numerosas de sus conciudadanos, han progresado económica y socialmente hasta un punto en el que, sin ser ricos, lejos están de ser pobres; y sin ser poderosos, ejercen una influencia ponderable en un número nada despreciable de hombres y mujeres. Sin embargo, encuentran una justificación a su excepcionalidad. Porque si no son pobres, ellos/as sí lograron acrecentar su patrimonio con la más cristalina pureza. Y si tienen una voz algo más potente es porque, como no podría ser de otra forma, han demostrado con su trayectoria que merecen ser escuchados.
Es curioso que, siendo estos conciudadanos en general gente de mundo, viajada o conocedora de lo que ocurre más allá de su propia aldea, no se pregunten por qué en los sitios donde casi no hay pobres ni oprimidos, los ricos y los poderosos no sólo son muchos más que en Argentina sino que además, ¡caramba!, son mucho más ricos y mucho más poderosos que los malévolos sucedáneos locales.
A juicio del cronista, no hay mucho secreto en tamaña paradoja. Simplemente se trata del prejuicio típico de las sociedades adolescentes. Como los individuos, en particular los masculinos, a cierta edad las sociedades atraviesan la “edad del pavo”, en la que se creen superiores a todos y en todos los sentidos. En sabiduría, en fuerza y hasta en intelecto.
No tiene cura. Sólo el paso del tiempo convierte a las sociedades, como a los individuos, en entes adultos, más conocedores de sus fortalezas pero también de sus debilidades y sus límites.
Los argentinos estamos en esa edad crítica, y las energías extra que nos proveen esas “hormonas” adicionales necesitan una canalización. Son pocos -y pocas las sociedades- quienes logran canalizarlas sin infringirse daños a sí mismos. No es el caso de nuestra sociedad que, como viene ocurriendo desde que nació, hace ahora doscientos años, no para de pegarse la cabeza contra la pared.
Y, por supuesto, no para de culpar por ello a la pared.
por Enzo Prestileo
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