31.01.2010 | Mientras escribo estas líneas, el viento, el frío y la lluvia azotan a toda Europa. Al parecer, el invierno viene duro este año. Durante diciembre, los líderes mundiales se reunieron en Copenhague para discutir sobre el cambio climático, y casualmente en esos días se despachó por el continente una de las peores tormentas en años. El Eurotúnel quedó paralizado por un par de días, por lo que los franceses en el Reino Unido o los ingleses en Francia estuvieron impedidos de volver a casa para Navidad.
Al tiempo que la nieve recorría Europa, yo estaba en Italia, en unas minivacaciones. La nieve me alcanzó en Venecia, y hasta los italianos estaban sorprendidos. Al parecer, en Venecia no suele nevar, y cuando sucede, los lugareños se preocupan, porque toda esa nieve se tiene que derretir en algún momento, y eso suele implicar que el agua sube y la ciudad se inunda más de lo normal. Por suerte y a pesar de los múltiples retrasos en los aviones y de tener que conectar en varias ciudades, pude volver a Barcelona.
Afortunadamente, Barcelona al ser una ciudad mediterránea, aun no ha sido invadida por la nieve, pero el temporal que sufrimos desde fin de año no parece ceder. España, además, tiene importantes problemas de sequía. Hace dos años, por ejemplo, la falta de agua en Cataluña fue tan grave, que durante el verano prohibieron llenar las piscinas, lavar los patios o regar los jardines. El gobierno catalán llegó al extremo de tener que “importar” agua desde Valencia en barcos containers para poder abastecer de agua a Barcelona. Este año, sin embargo, parece que el agua sobra. Las represas están rebalsando debido a las constantes lluvias que venimos padeciendo. Por lo menos este año los ricos podrán llenar sus piscinas tranquilos.
¿Y qué mejor manera de pasar el invierno europeo que viajando de vuelta al verano argentino? Exactamente eso es lo que voy a hacer. Por las vueltas del destino y los trámites burocráticos, me toca viajar a Argentina durante enero, y la verdad es que me pone muy contento. Si estuvieron siguiendo esta columna, saben que son muchas las cosas que se extrañan al estar lejos de casa, pero principalmente me sacude pasar un frío horroroso mientras todos tus amigos están disfrutando de la playa en casa. Esta será la primera vez que podré disfrutar de dos veranos en un año, aunque a decir verdad, es un verano que el mundo me debe, porque ya sufrí dos inviernos cuando me vine a Europa.
Ir de visita a casa es una experiencia emocionante para cualquier emigrado. Y es una suerte que emigrantes de otras épocas no podían aprovechar. Hablando con el abuelo de mi novia, emigrado de Italia a Argentina en los años 40, me contaba cómo el irse de su pueblo y de su tierra era para ellos un viaje sin retorno. Era un esfuerzo tan grande conseguir el dinero para el pasaje y viajar por mar durante meses, que el sólo pensar en volver de visita era una locura. Hoy en día, si bien sigue siendo un esfuerzo enorme para un emigrante juntar el dinero para el pasaje, la posibilidad de volver de visita está mucho más a mano que para nuestros abuelos. Y sin embargo, pueden surgir múltiples complicaciones.
En primer lugar, es difícil conseguir viajar en una época conveniente. Las vacaciones en España son en agosto, y por lo general es en esta época en que los comercios cierran y la mayoría de la gente suele viajar. Pero para un argentino, y para un marplatense en particular, el viajar de vacaciones en agosto a nuestro país no es tan atractivo como viajar en verano. Tal vez si hay suerte, se consigue que en el trabajo nos den licencia durante las fiestas en diciembre. Pero ahí nos encontramos con que el precio de los pasajes a Argentina puede triplicarse en esa época del año, y ya no nos gusta tanto la idea.
Aún si conseguimos coordinar las fechas con una época atractiva para viajar a Argentina, puede que nos encontremos con un problema que parece repetirse con cierta frecuencia: la empresa por la que compramos el pasaje puede cerrar imprevistamente. Ya sucedió hace poco más de tres años y volvió a suceder hace poco más de un mes. Una empresa al parecer confiable y con capitales españoles, que vuela a destinos latinoamericanos, vendía pasajes a precios muy accesibles, mientras disimuladamente realizaba un vaciamiento de los activos de la compañía. Cuando la situación no dio para más, cerró sus puertas, dejando a miles de frustrados pasajeros con el billete en la mano y en tierra. Lo que resulta aún más indignante es que hace tres años, cuando la empresa que quebró fue Air Madrid, la situación de los pasajeros que quedaron en tierra fue resuelta porque otra empresa se hizo cargo de las rutas a Latinoamérica y de los pasajeros varados. La ironía es que esa empresa era Air Comet, la misma que ahora ha dejado a miles de personas sin poder volver a casa en Navidad, pero en una situación peor que los franceses y británicos y su Eurotúnel. El escándalo de Air Comet sigue apareciendo en los diarios españoles, principalmente porque el titular de la aerolínea era el presidente de la patronal española, y el líder del Partido Popular salió a defenderlo, a pesar de haber estafado a toda esta gente, de haber vendido pasajes hasta el día en que la empresa cerró, y de declarar ante los medios que era culpa de los pasajeros porque “él no hubiese volado por Air Comet”. Pero bueno, la mayoría de los pasajeros era latinoamericana, y como bien sabrán, no es lo mismo si quedan en tierra un montón de latinos que un montón de ciudadanos españoles de buena ley, por supuesto.
Finalmente, puede que la suerte esté con nosotros, y la empresa que elijamos para viajar no decida hacernos pito catalán cuando tengamos las valijas en la mano, y podamos finalmente volar hacia nuestro ansiado destino. Cuando llegamos a Ezeiza, pasamos Migraciones contentos de ser locales otra vez, mostrando orgullosos nuestro pasaporte. Hacemos revisar nuestras valijas, sin importarnos que el oficial de Aduana mire con cara sospechosa los extraños regalos que llevamos para familiares y amigos. Es que la sensación de estar otra vez en casa invade el espíritu y no hay nada que pueda arruinarnos el momento. El hecho de que la mayoría de la gente que nos rodea tiene nuestro acento, el poder hablar con palabras que para los españoles resultan incomprensibles, sin tener que buscar sinónimos o improvisar definiciones, el acercarnos por primera vez en años a un kiosco y ver esa enorme variedad de golosinas diferentes a nuestra disposición… son placeres incalculables. Viajar a Mar del Plata y reencontrarse con el océano Atlántico es el último paso de la odisea. Para llegar desde Barcelona hasta Mar del Plata, según mis cálculos, tardaré aproximadamente 25 horas, pero todo ese esfuerzo, sin lugar a dudas, valdrá la pena. En ese momento de reencuentros, uno se da cuenta de que si bien la distancia nos va separando cada vez más del lugar de donde venimos, sólo nos hace falta un segundo al regresar para que todo vuelva a estar en su lugar.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El fiscal confirma la detención de Juan Manuel Rivero, que se entregó en la subcomisaría Casinos y es el otro responsable del crimen de Franco Castro López.