31.01.2010 | Sorprende en la cartelera Como quien oye llover. El unipersonal de Juan Pablo Geretto apuesta a una sensibilidad no habitual. Un hombre y tres personajes femeninos, y una reflexión sobre la tragedia que significa la ausencia del amor.
Actores interpretando personajes femeninos. Sería interminable la lista, no entraría en esta página. Vaya uno a saber qué elemento hace más disfrutable lo masculino travestido en mujer, que viceversa. Son pocas las actrices que se han animado a roles varoniles y, en determinados casos, adoptando una vertiente más dramática que cómica, como si convertirse en hombre fuera una tragedia, y ser mujer, más allá de todos los pesares, fuera motivo de algarabía. Hablábamos de una lista extensa, pero si reducimos esa nómina a intérpretes que lo han hecho con calidad y distinción, tenemos que sumar el caso de Juan Pablo Geretto, protagonista del sensible unipersonal Como quien oye llover que se presenta en el Teatro Roxy.
Decíamos que en estos actores siempre hubo una vocación de cuestionar a la sociedad. Sin embargo, tras el retrato virulento de algunas conductas, se esconde casi siempre la mirada tierna sobre seres que con sus conflictos y sus complejidades no le hacen asco al humor. La transformación del hombre en mujer es entendida entonces como una tragicomedia: lo grotesco está siempre presente. Será que el hombre no puede dejar de ver en esa mujer a, sí, una mujer, pero también ve a la madre, a eso que el hombre nunca podrá comprender. Entonces ¿cómo burlarse de aquello que no deja de ser diferente?
Precisamente estos son elementos que Geretto maneja con distinción sobre el escenario. Sus personajes son o no son madres, pero los hijos siempre están presentes. Por presencia o por ausencia. De hecho, la mirada es la suya, la del actor, pero la que tenía cuando niño y vivía en su Gálvez natal, allá en Santa Fe. Geretto ha dicho que en el pueblo no sólo tenés una madre, sino que las restantes son un poco las madres de todos. Eso te forma de alguna manera. Tener tan apegada la falda y el delantal te construye desde otro lugar, con otras sensibilidades más frágiles que las del asfalto y las rodillas peladas de la infancia. Esa sensibilidad es la que le hace ganar la partida final a Como quien oye llover.
Pero hay otro punto fundamental en el espectáculo, y está relacionado con la autoconciencia que Geretto practica. Entre personaje y personaje, el actor se desnuda ante el público para dar paso a su próxima criatura (y entiéndase aquí a criatura no sólo como personaje sino como niño) y en ese momento también se construye a sí mismo como personaje de su propia obra. El intérprete reconstruye su infancia, tira pautas de por qué hace lo que hace y por qué no podría haber seguido ningún otro camino. Se define. Y eso es fuerte cuando de lo que se habla, precisamente, es de la identidad. Pero al definirse, la reflexión es sumamente melancólica: Geretto concluye que estar cerca de esas mujeres le permitieron ser un envase en el cual ellas se expresan y se inmortalizan. La tragedia del actor convertido en herramienta, un maniquí de los varios que pueblan el escenario. Pero Geretto suena honesto.
Oído
Como quien oye llover está estructurado sobre la base de tres monólogos fuertes, compactos, de personajes femeninos siempre al borde del ataque de nervios. Abre Ana María, una solterona que mantiene una relación con un hombre casado que nunca abandonará a su esposa. Ana María dice llevar el rol de “la otra” con dignidad, pero lo que le duele en el alma es una soledad que no mitiga ni con Apolo, su fiel perro. Luego viene Nelly, viuda de esas que andan de negro y que parecen disfrutar con ánimo masoquista cualquier visita al hospital o a un velorio. Es de esas que se dicen católicas, pero luego almacenan más odio que nadie en su interior. Y finalmente llega la madre de la Chucky, mujer de poca sutileza para vestirse, habitante de barrios carenciados, conviviente habitual de la violencia doméstica.
Geretto dice cosas fuertes sobre el escenario, y debe entenderse esto no como un rosario de malas palabras sino por la negrura y espesura de esos personajes, su sordidez estructural. Digamos, es un poco Fernando Peña pero sin aquel nivel de provocación. Y esto se justifica porque la intención del actor no es aleccionar, sino convocar a repensar ciertos aspectos de la humanidad. Al hablar de madres e hijos, apela a cierta posibilidad de renacimiento. Geretto habla de palabras importantes que empiezan con “m”, de madre y de miedo. Y dice que el miedo que hoy está instalado mediáticamente no sólo cumple su cometido de atemorizar, sino que impide que se concreten las ilusiones de los niños que serán el futuro.
Y antes de que el lector piense a Geretto como gurú, como inventor de una nueva secta de la autoayuda, entiéndase que lo que hace es sólo reflexionar a partir de cierta sensibilidad artística. Como dijimos, entre personaje y personaje el actor queda semidesnudo (aunque si fuera una muñeca, como él explica, estaría técnicamente desnudo) y en esos instantes justifica a las criaturas que acaba de representar. Esos pedazos de vida con frustraciones, horrores, miedos, pesares, complicaciones, humillaciones, se revelan en ese momento como seres humanos. Y Ana María resulta constante y esperanzada, y Nelly una compañera de ley, y la madre de la Chucky una batalladora infatigable. Eso que el actor utiliza para justificar sus presencias no es otra cosa que una ingobernable necesidad de recibir afecto, de amar y de ser amado. El dilema eterno.
Lluvia
Recién ahí, cuando Geretto explica a Ana María, a Nelly y a la madre de la Chucky es cuando Como quien oye llover comienza a cobrar sentido como espectáculo integral, como concepto. Ahí es donde esos maniquíes blancos, como única escenografía, que guardan en su interior los vestuarios de los personajes que vendrán, se transforman en otra herramienta funcional imperecedera. Si Juan Pablo es el muñeco por donde Ana María vive, los maniquíes guardan los tesoros de pelucas, vestidos y bijouterie que Geretto utiliza para su transformación.
Convengamos: si sólo tomáramos los monólogos de cada personaje, Como quien oye llover sería sí un gran unipersonal, pero faltaría la pieza que unifique el cúmulo de sensaciones que aporta. Porque más allá de que podamos señalar que los tres personajes no son más que estereotipos un poco gastados, lo que hace el actor es correrse varios centímetros de la burla virulenta habitual y aportarles humanidad, esa es la novedad. Y lo bien que hace cuando de lo que se está hablando, precisamente, es de recordar la esencia de las cosas. Y de cómo somos nosotros, pero también son los otros con sus conductas y actitudes los que nos forman, y no podemos escapar de esa telaraña.
El último pase de magia de Geretto no se puede contar porque tiene que ver con la resolución del espectáculo. Aquí bien vale la comparación que hicimos anteriormente con Peña, en este caso con su obra cumbre que fue Mugre. Otra vez un final sorpresa nos revuelve y nos desgarra, y nos confronta con la realidad. Pero mientras Peña nos aleccionaba y nos provocaba desde la culpa, Geretto apuesta definitivamente a que seamos nosotros los que veamos, que descubramos qué nos pasa, cómo estamos. Esto a partir de las sensaciones que nos genera con lo que propone sobre el escenario. Encontrarse con un nudo en la garganta no es ilógico, y hasta es saludable. Observar ese final y llorar como un niño sirve para identificar la angustia que nos duele en el pecho, y que tal vez ignorábamos. Geretto elige, para curarnos, una caricia antes que un golpe en el bajo vientre. Aprovechen a verlo, estas cosas no abundan.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.