31.01.2010 | Recientemente, el Honorable Concejo Deliberante de General Pueyrredón reconoció a Alejandro Maldonado con la distinción al Mérito Ciudadano. Sólo por enumerar sus últimos logros: el deportista obtuvo el cuarto puesto en la final de 1.500 metros en Beijing 2008; también una medalla de oro y dos de plata en las competencias internacionales del Circuito Caixa, Brasil, del mismo año. Alejandro está en silla de ruedas.
“Que el hombre sepa que el hombre puede”. La frase de Alfredo Barragán, capital de la expedición Atlantis, me hace pensar siempre en aquellas personas cuyas voluntades superan cualquier tipo de adversidad…O lo que en líneas generales es considerado como tal; aunque quienes la viven consideran tan solo una circunstancia.
El atleta antes mencionado, además, se consagró tricampeón nacional de maratón sobre silla de ruedas, tras quebrar el récord nacional. Obtuvo también el Olimpia 2009, reconocimiento nacional que otorga el periodismo deportivo.
Conozco de cerca más casos como el de Alejandro; casualmente, todos marplatenses, al menos por adopción. Todos ellos me despiertan algo un poco más grande que mera admiración. Cualquier individuo con ansias de autosuperarse me genera un sentimiento similar, más aún si descartan el papel de víctima para elegir el de ser protagonistas de sus propias vidas, aceptando cualquier situación que ésta incluya. He decidido entonces dedicar unas líneas a estos grandes (si no, además, nos pasamos admirando a gente del pasado, como si ya no existieran algo así como próceres entre nosotros).
Todo aquel que me conozca me ha oído hablar de Sebas al menos una vez. Al igual que Alejandro, su andar es acompañado por una silla de ruedas. Al mismo tiempo, conozco a pocas personas tan activas e inquietas como él. ¿Por qué, y para qué, nos enseñaron a pensar en estas sillas como “imposibilitadotas”? No es eso lo que veo en mi amigo. Sebas pasó unas vacaciones estupendas en Brasil y viaja a Buenos Aires a ver los recitales de sus artistas predilectos, porque su auto adaptado lo lleva adonde él mande. Y si no, se las ingenia para divertirse en cuatriciclo. No está loco, está vivo. Como si todo lo anterior fuese poco, tiene dos trabajos. ¡Dos!, mientras otros que caminan dicen que conseguir uno “es difícil”. Soy una convencida de que en este país hay trabajo para todo el que tenga ganas de trabajar.
Sebas tiene 32 años. Desde los 20 está en silla de ruedas. Muchos rogarían tener sólo alguna de las propuestas de trabajo que él recibe, gracias a su tenacidad y capacidad. Así que no me vengan con que muchas empresas toman a gente con “capacidades diferentes” para ahorrarse impuestos. Sebas es demasiado inteligente y demasiado orgulloso como para aceptar algo así. Me consta, porque tuve la oportunidad de trabajar con él, que aporta muchas más ideas que una persona promedio.
Alejandra es otra joven que siendo niña dejó de caminar. Todas las mañanas va a trabajar y regresa por la tarde. Al igual que Sebas, vive sola. Y no debería parecerme tan excepcional esto último. Todos podemos vivir solos. Y todos, a la vez, podemos necesitar de otros. No hace falta estar en silla de ruedas para ser alcanzados por ambas circunstancias. Aún recuerdo la felicidad que la invadió cuando muchos colectivos en Mar del Plata colocaron rampas para todos aquellos que, como ella, hacen cualquier actividad normal, sólo que desde una silla de ruedas. No quiero pasar al caso siguiente sin mencionar que Ale, además, ha obtenido medallas olímpicas representando a Argentina en Atlanta 1996, en Sidney 2000 y en Atenas 2004, entre otros.
Importantes logros internacionales también en natación ha logrado Betty, una mujer como pocas con una dificultad motriz a causa de una poliomielitis. Dicha condición la hace caminar acompañada por un bastón, objeto que uno olvida completamente cuando la ve ir y venir para todos lados. Estos deportistas han sido reconocidos internacionalmente, y quizá poco a nivel local. Será que nadie es profeta en su propia tierra.
Marcos es Licenciado en Comunicación Social. Pensé que comenzaría escribiendo que él es “no vidente”, pero elijo decir que es ciego, simplemente porque él se autodefine así. “Soy ciego, tengo una discapacidad”, afirma con total naturalidad. El error, posiblemente, pase por considerar que una discapacidad significa sólo imposibilidades, cuando en realidad, en la mayoría de los casos, sólo implica un cambio de metodologías. Muchos obtuvimos un título viendo. Marcos lo obtuvo sin esta característica, porque para estudiar la clave es la constancia. La visión es sólo una condición que, como tantas otras, puede estar presente o ausente. Es más: Marcos no sólo se propuso un título, sino también que éste proviniese de una universidad pública. Era una especie de “asignatura pendiente”, puesto que ya había pasado por universidad privada logrando una Tecnicatura en Turismo. El objetivo le supuso ocho años de viajes a La Plata, con la posterior satisfacción de la meta cumplida. Hoy está casado, tiene una hija, trabaja en el ámbito público y conduce programas en radio y televisión.
Según la Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad (ENDI 2002-2003, que complementa al censo del INDEC de 2001) el 7,1% de la población asentada en localidades de 5.000 habitantes o más sufre al menos algún tipo de discapacidad. El organismo en cuestión entiende que las capacidades diferentes se deben no sólo a cuestiones motoras o mentales, sino también a las características “del entorno físico y/o cultural”; lo que abarca desde falta de recursos y barreras arquitectónicas hasta discriminación e incumplimiento de la legislación vigente. Quizá por esto último una de las regiones con mayor número de discapacitados sea el noroeste argentino. Es decir que parte de la “discapacidad” radica en los demás y puede entenderse quizá como la imposibilidad de saber ponerse en el lugar del otro. Teniendo esto en cuenta, el porcentaje debería incrementarse.
Dicen que lo que Dios nos saca de un lado nos lo da por otro. O, lo que se puede entender de igual manera: cuando se cierra una puerta, Dios siempre nos abre una ventana. Muchos no han tenido nunca problemas en piernas u ojos, y sin embargo no pueden, no saben o no quieren seguir. Otros, como los citados en esta nota y muchos otros, avanzan con una herramienta mucho más potente: la fe en ellos mismos, porque el poder radica en el espíritu y no en lo físico o contextual. Por tal motivo, querer se transforma en poder.
Estos son sólo algunos casos que me demuestran que, a veces, hay condicionamientos mentales que inmovilizan mucho más que cualquier silla de ruedas, ceguera o cualquier otra circunstancia física. Yo, al menos, me siento muy discapacitada en comparación con ellos. Son quienes llevan la grandeza en el único lugar en que tal cualidad puede permanecer: en el espíritu. Y simplemente, eso es lo que hace que todo sea alcanzable. Esa es la única capacidad (por cierto, gran capacidad) que los diferencia de otros. Definitivamente, fueron ellos quienes me hicieron comprobar que los límites son mentales. A todos ellos, gracias por tanta enseñanza.
por Juliana Gargiulo
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