14.02.2010 | En Rose, Beatriz Spelzini se somete a un tour de force enorme. La actriz interpreta a una judía octogenaria que cuenta su vida plagada de dolores y tragedias. Una obra que habla de los sobrevivientes y de las víctimas desde otro lugar.
No es fácil ser sobreviviente. Las víctimas siempre quedan mejor paradas frente a una tragedia. Aquel que tiene la poca fortuna de no morir ante determinado hecho, primero tiene que justificar por qué no murió, luego tiene que vivir explicándose como en una eterna suspensión de ese momento que no es grato recordar, y finalmente tiene que tener la suficiente inteligencia de no contradecirse nunca, so pena de recibir una condena social. Ser sobreviviente no es fácil, es un trabajo sobre el que penden demasiados cuestionamientos. Rose sabe de eso y por eso habla rápido, como escapando hacia adelante en una vida que fue una constante huída.
Rose es la protagonista de Rose, la adaptación del texto de Martin Sherman dirigida por Agustín Alezzo y protagonizada por la enorme Beatriz Spelzini. Allí, esta mujer judía octogenaria, ucraniana, repasa los días que le tocaron vivir desde su nacimiento en 1920 hasta este presente que la encuentra como dueña del hotel más caro de Miami Beach. Una vida recorrida por la tristeza y el dolor del Holocausto, pero también por la magia del cine y la televisión que ayudaron a construir esos referentes culturales que moldearon sociedades, y crearon conceptos.
La obra es una especie de tratado sobre cómo atravesar el dolor y no salir lastimado. O por lo menos lograr vivir sin un peso insostenible. La receta que encuentra la protagonista es la de ser digna, ser honesta, ser coherente y justa. Precisamente lo que hace Spelzini con su actuación: son 80 minutos de un tour de force en el que no entran las sobreactuaciones ni los gestos para la tribuna. Lo suyo es de un aplomo actoral invalorable, es muy difícil que un personaje tan fuerte no se imponga sobre el actor. Por el contrario, Spelzini encuentra sensaciones, modos, gestos propios que juegan una interrelación notable con Rose.
Esta interrelación de la que hablábamos se hace presente en cómo la actriz además construye a su personaje. Nunca vemos en el escenario los hilos de cómo Spelzini actúa, sino que lo que vemos es cómo Rose cuenta su vida. En esa delgada línea que nunca cruza la intérprete permite a su vez que el personaje sea tan justo, coherente, honesto y digno como su actuación. Si hay algo a lo que el personaje nunca recurre es a la lástima del espectador (esto será fundamental más adelante en el texto), como la actriz no se luce desde la ampulosidad gestual. Es que la vida que prosigue a un Holocausto no puede ser la vida gritada por los aires.
Incorrección
Como decíamos, Rose habla velozmente. En un principio parece un vicio actoral de Spelzini, pero no. Rose se explica y se disculpa: “yo hablo rápido”, dice. Pequeño gesto que no sólo habla de la inteligencia de la actriz sino también de la dirección de Alezzo, precisa, impecable. En esos 80 minutos la protagonista casi no se parará de su silla, donde lleva adelante su shivá (el duelo de la religión judía que se extiende por siete días), pero eso no impedirá leves modificaciones en el relato que irán marcando el ritmo. La obra se sigue de un tirón con ese decir de Rose, que es veloz y punzante. Pero si algo nos ha enseñado el humor judío es que se pueden decir las cosas más terribles (imaginen esa vida) y siempre salir a flote con una humorada.
Precisamente el texto de Sherman hace gala de eso: continuamente se están diciendo cosas terribles y dolorosas, y a la vez se extirpa ese dolor con un chiste. Y ese reflejo que gambetea el drama no es otra cosa que una consecuencia de la educación audiovisual de Rose. La octogenaria protagonista marca en su parlamento con cometarios y comparaciones sobre su vida, cómo Hollywood, sus estrellas y glorias construyeron un ideario plagado de mitos. El siglo XX, dice la obra, es una construcción del arte vinculados con la historia, con sus estereotipos y sus lugares comunes, a los que Rose derriba con actitud y entereza. Y esos lugares comunes rotos son las propias taras históricas del judaísmo que el personaje elige no utilizar.
Rose -personaje y obra- no recurre a la lástima del espectador porque su discurso se basa en la honestidad intelectual. Sherman, evidentemente, prefirió contar el relato de una sobreviviente y no el de una víctima, y eso permitió sacar a su obra del gueto. Rose no es un espectáculo para ver sólo si se pertenece a determinada comunidad, sino para todos. Enseña sin ser didáctico y se anima a construir otro tipo de sobreviviente; uno valiente y que puede distanciarse de su causa sin por eso resultar contradictorio.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El fiscal del caso Carolina Píparo detalla cómo sigue la causa y afirma que estos delincuentes no salen a robar para alimentar a sus hijos sino para vivir sin trabajar, consumir drogas, entre otras cuestiones.