21.03.2010 | Nevó finalmente en Barcelona. Como broche de oro para el crudo y loco invierno que está terminando en Europa, la nieve llegó hasta aquí. Tal vez alguien piense que es lógico que nieve, es invierno al fin y al cabo. Pero no nevaba en la ciudad desde hace más de 15 años.
Y no es sólo que nevó, es que nevó tanto, que la ciudad quedó absolutamente colapsada. Los autobuses, siempre tan puntuales y ordenados, tuvieron que suspender sus trayectos “hasta que las calles dejen de ser completamente intransitables”. El campus de la universidad donde trabajo tuvo que ser desalojado a media tarde, por miedo a que la gente quedase varada sin poder volver a casa, y no volvieron a abrirlo hasta dos días después. Algunos de mis amigos fueron sorprendidos por la nieve en la periferia, y debieron quedarse a dormir en el trabajo o en algún hotel que no estuviese abarrotado de gente, porque los servicios de trenes estaban suspendidos y las autopistas saturadas.
Éstos son sólo algunos ejemplos de lo que la nevada produjo, y de lo imprevista que fue. En pocas horas, toda la ciudad quedó blanca. En las calles empinadas, más de un ocurrente decidió practicar para los Juegos Olímpicos de invierno, tirándose en ski o trineo. Incluso pude ver algún video en Internet de gente practicando curling sobre el Paseo de Gracia, que sería algo así como jugar un partido de fútbol en Luro e Independencia.
Pero bueno, ya es suficiente reporte meteorológico y vamos a adentrarnos en el tema que quiero proponer en esta oportunidad. He notado en los últimos tiempos una creciente influencia argentina en algunas de las costumbres de los españoles. No es que antes esta influencia no existiese, sino que ahora se nota en cuestiones más claras. Convengamos en que la inmigración argentina a España lleva muchos años, pero se profundizó a partir de 2002, y sigue muy vigente. Al principio, los argentinos nos contentábamos con quejarnos de las cosas que no nos gustaban de España o de lo que extrañábamos de la Argentina. Si usted es un lector asiduo de esta columna, sabe que en eso soy un experto. Ahora, tengo la sensación de que los argentinos estamos siendo más un agente de cambio. Si bien estas nuevas influencias son variadas, quisiera dedicarle la columna de hoy a la influencia más obvia: el tango
Como es público y notorio, el tango encabeza la corta lista de elementos de reconocimiento argentino, junto con el asado, el dulce de leche y Maradona (resurgido en los últimos tiempos en el menú de comentarios de españoles a argentinos gracias a su habilidad técnica y su habitual verborragia). Como aficionado al tango, desde que estoy en Barcelona intenté ubicar los bares y lugares donde podría escucharse un poco de esta música. Lamentablemente, los locales de tango brillan por su ausencia, aunque hay un par de reductos donde, de vez en cuando, puede escucharse algo rioplatense. A pesar de esto y para mi asombro, en los últimos tiempos me parece ver un crecimiento del tango como interés cultural entre algunos jóvenes europeos.
Primero, noté esta tendencia entre algunas amigas rumanas que viven en Barcelona. El sólo hecho de decir que era argentino era suficiente para que las rumanas preguntasen, ansiosas, si sabía bailar tango. Lamentablemente, tengo dos piernas izquierdas y no puedo bailar ni aunque me fuese la vida en ello. Esta afición rumana por el tango me resultaba curiosa, pero no le presté mucha atención, porque las rumanas siempre parecen apreciar mucho todo lo argentino, gracias a la enorme influencia de las novelas de Natalia Oreiro en la Rumania post-Ceausescu. Alguien, en algún lugar, debería hacer una tesis sociológica sobre eso.
La segunda señal de que algo estaba pasando la noté en mi corta estancia en Italia a fines del año pasado. En Florencia, los anuncios que ofrecían clases de tango inundaban las calles. Mi curiosidad antropológica me llevó a investigar un poco más y fui a una de esas citas, para notar con asombro que el bar donde se daban estas clases estaba hasta el techo de gente. Los italianos, entre chianti y chianti, probaban su suerte tratando de dominar el dos por cuatro. Y lo más asombroso es que, en todo el bar milonguero, no había más que dos o tres argentinos. El tango no era un nicho exclusivo de o para argentinos, sino que vendía muy bien entre los locales y otros europeos en Florencia.
Otra vez pensé que podría ser algo pasajero, o una moda italiana extraña, tal vez producto de la admiración futbolera por Maradona, Crespo y Batistuta, o de algún viejo emigrado a nuestro país. Grande fue mi asombro cuando, al volver a Barcelona, descubrí que no sólo mis amigas rumanas, sino que otros cuatro amigos más se habían anotado para hacer clases de tango. Esto ya no parecía ser un fenómeno aislado, sino una epidemia tanguera europea, con riesgo de expandirse como la gripe porcina. En su momento había sido difícil hacerles entender a mis amigos europeos que por ser argentino no necesariamente sabía bailar tango, pero finalmente habían abandonado sus intentos de que yo les enseñase a bailar y se habían anotado en clases particulares, dos horas por semana, a diez euros la hora. Como bien decía antes, el tango parece vender bien entre los europeos.
Como para confirmar mis sospechas, descubrí hace poco que la Radio Nacional Española tiene todos los domingos un programa radial llamado “Café del Sur, Memorias de Tango” dedicado íntegramente al dos por cuatro. Este programa resultó ser una grata sorpresa, dado que no se ocupa del tango solamente como fuente musical, sino que analiza la historia del tango como parte de la historia argentina, de la inmigración europea y de la cultura mundial. El programa, disponible en la web de la radio española por si a algún lector le interesa profundizar en el tema, no sólo se ocupa de los clásicos tangueros, sino que les da un espacio a las nuevas corrientes, ofreciéndoles una oportunidad de alcanzar nuevos oídos.
Sin embargo debo decir que el tango que pude ver por estas latitudes, poco tiene que ver con el canyengue argentino. En el bar de Italia que les comentaba, los músicos apenas sabían los tangos más clásicos, y la música que pasaban eran tangos grabados, como máximo, en 1940. En las clases de tango de Barcelona, abundan profesores españoles y, a riesgo de pecar de purista, no creo que sea lo mismo aprender tango de un catalán que de un argentino.
Por último, el programa “Café del Sur…”, si bien es interesante y aporta visiones nuevas sobre el tango, es conducido por un historiador italiano, con acento sardo incluido, lo cual inevitablemente le resta un poco de magia. No me convence del todo este resurgir tanguero, pero como aficionado al tango, es algo que me alegra. Por lo menos, si esta tendencia continua, va a ser un poco más fácil encontrar alguna milonga de este lado del Atlántico, donde tomarse una caña y ver a algún emigrado argentino sacarle viruta al piso, y demostrar por qué esta música, si bien es muy exportable, sigue siendo irrenunciablemente nuestra.
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La Fiscalía General tuvo que salir a aclarar que un arma de fuego descargada sigue siendo un arma, tras un fallo absurdo de la Cámara de Apelaciones que indicaba lo contrario. Se había generado la sensación de que tener un arma descargada fuera igual de grave que guardar recuerdos en el galpón del fondo.
¿Alguien puede creer que Gustavo Arnaldo Pulti gobierna la ciudad, en el sentido estricto del término? Quizá la presidenta Cristina Fernández, que le dedicó cálidos elogios hace días, al dar inicio a la utilización del nuevo predio de disposición final.
Por aquí, entre nosotros, el que crea que Pulti gobierna la ciudad, está realmente extraviado. No porque se entienda que a la ciudad la gobierna Florencio Aldrey Iglesias; aun sin la existencia del brigantino galaico, estoy persuadido de que el resultado no sería mejor.
Geólogo e investigador del CEDIC - Sus investigaciones lo llevaron a presentar un pronóstico de cambio climático para los próximos años augurando inviernos más fríos.