21.11.2010 | El último informe presentado por Sedronar es más que preocupante. Las adicciones comienzan a formar parte de la vida de los adolescentes entre los 13 y los 15 años, y en general inician con el alcohol. Tras él se ubican el tabaco, la marihuana, la cocaína y el paco, en ese orden.
Menores, drogas y delito: un cóctel mortal que ha convertido nuestras vidas en un riesgo constante, cualquiera sea el lugar donde vivamos o el trabajo que realicemos. ¿Roban para drogarse? ¿Se drogan para robar?
La irrupción de la droga en el delito es digna de preocupación. Se sabe que un adicto es capaz de cualquier cosa con tal de conseguir su dosis. No son pocos los casos de personas que no contaban con antecedentes e ingresaron al delito con la finalidad de seguir consumiendo, aun cuando no tenían el dinero para comprar la droga.
En realidad, nos paramos a pensar cinco minutos en el tema si nos ocurre algo a nosotros o a un familiar, o frente a un caso impactante como el de algún asesinato. Pero lo cierto es que el robo de casas y autos, las amenazas, las palizas a los jubilados, el hurto de carteras, bicicletas, celulares y otras yerbas, son una constante en nuestras vidas.
La realidad de los menores que delinquen en nuestra ciudad, y en el resto de la provincia, va empeorando constantemente. Y la falta de un lugar seguro para que el Estado pueda hacer lo que sus familias no hacen, arruina sus vidas y las nuestras.
Pase lo que pase, estos menores no tienen un futuro venturoso. Pueden terminar presos cuando cumplen la mayoría de edad, morir a causa de una sobredosis de drogas, o la policía puede terminar matándolos en algún tiroteo nocturno. Ellos matan y mueren como si eso no significara casi nada. Y el Estado se encuentra completamente ausente: no hay lugares seguros para que los chicos de la calle o los que han sido abandonados por sus familias tengan un sitio mientras todavía están en edad escolar; tampoco hay institutos para ayudarlos cuando de adolescentes comienzan a delinquir. De sus familias, ni vale la pena hablar.
La droga ha irrumpido en los chicos de las clases bajas de una manera abrumadora. En 1989, una dosis de cocaína en Argentina valía 60 dólares. Desde ese momento hacia acá, los precios han bajado muchísimo. A partir de los '90 la cocaína se instaló en el país con una fuerza abrumadora. Dejó de ser una droga de élite de las clases altas y de la bohemia para convertirse en un narcótico más popular que se podía conseguir en los barrios bajos y en casas de clase media.
Como si con la cocaína no alcanzara, según las últimas cifras disponibles casi 85.000 personas son consumidoras de paco en el país, un flagelo que hoy también ataca a la clase media y a chicos de edades cada vez más tempranas. Fuentes gubernamentales y médicas coinciden en que el consumo del paco no hace más que crecer y afectar a chicos cada vez más chicos; y hace rato empezó a atravesar en diagonal por todos los estratos sociales, echando por tierra aquello de que el residuo de la pasta base es "la droga de los pobres".
José Granero, titular de Sedronar, comentó que el último estudio realizado “está marcando un consumo que ya no es el de la clase social más baja, es una clase de estudiantes secundarios, una clase casi media”. Y agregó: “lamentablemente ha crecido en una clase social y es una presencia permanente en jóvenes de escasa edad”. El especialista lo calificó como "droga de exterminio" y destacó que puede "producir una adicción casi inmediata".
El paco, también conocido como Pasta Base o PBC, es una droga de muy bajo costo elaborada a partir de bicarbonato de sodio, cafeína, alcaloide de cocaína y anfetaminas. Se consume a través de las vías respiratorias mediante pipas caseras, o también mezclada con marihuana. Por la composición que presenta, es altamente tóxica y adictiva, y lleva a los consumidores a hacer de todo para lograr tener otra dosis.
Pero no hay que confundirse, no es una droga barata. Mientras se hace esa afirmación, no se está tomando en cuenta que al ser muy adictiva, un consumidor tiene que consumir muchas dosis para saciar su adicción. Esto significa que quien utiliza paco, si no tiene dinero, sale a robar para conseguir dinero y comprar más droga.
Son pocas las organizaciones civiles que luchan por rehabilitar a los adictos al paco. Y también, en una soledad terrible, hay madres que se organizan para denunciar a los vendedores, muchos de ellos instalados en las villas de emergencia y los barrios marginales, con los que las familias decentes y trabajadoras conviven todos los días.
El estudio realizado por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) sobre una encuesta realizada a 82.489 estudiantes de todo el país de entre 13 y 17 años, reveló que, de ese total, 1484 alumnos (casi un 2%) reconocieron que consumen paco de manera habitual. Dentro de este trabajo también se comprobó que 58.814 consumen alcohol en exceso, 36.212 fuman cigarrillos, 9.816 son adictos a la marihuana y 3.299 a la cocaína. Este informe debe tomarse con pinzas, ya que en realidad cada vez hay más chicos menores de 12 años consumidores, no incluidos en el estudio; entre ellos, criaturas que nacen adictas por tener madres consumidoras.
El del paco es un problema gravísimo porque su consumidor nunca va a dejarlo por propia voluntad; la recuperación es muy difícil. Lamentablemente hay poca prevención por parte del Estado y pocos recursos para las ONG que tratan el tema. El consumo es tan importante, tan grande y tan masivo que hay que atacar desde distintos lugares.
En las villas miserias más grandes de nuestro país ya se viven situaciones que, hasta no hace mucho, creíamos privativas de las favelas brasileñas. La guerra narco desatada por el control de la villa 11-1-14, ubicada en el Bajo Flores bordeando la cancha de San Lorenzo, no hace mucho tiempo vivió una jornada increíble. En la callejuela que divide las manzanas 13 y 21, tres “pibes chorros” en plena tarde de invierno y armados con una 9 milímetros, una 45 y una ametralladora, asesinaron a tres personas al grito de “¡peruanos p…! Nosotros somos pibes chorros. ¡Vamos a ver quién manda acá!”.
En nuestra ciudad, la delincuencia y la droga son noticias diarias. No son extraños los operativos donde se incautan armas y municiones de guerra, dinero en billetes de baja denominación, teléfonos celulares robados. Y mucha droga: trozos de cocaína, dosis de paco, bloquecitos de marihuana fraccionados y listos para la comercialización.
En las provincias del noreste de nuestro país, durante los últimos años aumentaron los casos de niños y adolescentes que son utilizados para trasladar drogas, según indicaron desde el Ministerio de Justicia. Si bien no hay datos oficiales, desde el Gobierno reconocieron un crecimiento en los casos de menores involucrados en la venta de drogas, principalmente en el transporte.
En Mar del Plata, según fuentes policiales, los menores también participan en el intercambio. La mayoría son adolescentes de barrios marginales que comercializan en sus zonas de influencia, incluyendo la entrada de los colegios. Algunos de ellos financian su pequeño punto de venta a través del robo de automotores y motos.
¿Qué se supone que debe hacer el Estado? En el largo plazo, generar situaciones habitacionales, educacionales y de trabajo que alcancen a todos los sectores sociales. En el mediano plazo hay que aplicar la ley sin llegar a los extremos: ni el garantismo absoluto de hoy, ni la tan pedida mano dura que ponga en peligro los derechos individuales.
por Rosanna González Pena
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