06.01.2006 |
Lu, 1668.
Miles de historias, de leyendas y cuentos; de poesías, relatos y sueños nos hablan de lo mismo: este mundo es sólo una fachada, una idea pobre y vaga del verdadero mundo que se encuentra detrás de esta máscara que llamamos realidad. Incluso, cuando uno medita profundamente la idea, la encuentra perfectamente lógica. Creo que todos sabemos que el universo no es lo que parece, pero preferimos ignorarlo, porque la idea es demasiado perturbadora. Pero hay verdades que son tan ciertas, que salen a la luz siempre, no importa cuánto tratemos de ocultarlas.
Aquella noche era fría. Las estrellas brillaban limpias en el cielo y no había viento ni humedad, pero aún así el aire estaba gélido como la hoja de una espada. Tendí mi manta en el suelo, debajo de un árbol seco y muerto a la orilla del camino. Había un silencio sepulcral y una quietud angustiante. Me acosté boca arriba y miré las estrellas a través de la red de ramas retorcidas que me servía de techo. Pasaron las horas, lentamente, en la mayor quietud. El único signo del paso del tiempo fue el tránsito perezoso de los astros por la bóveda celeste. Debía ser medianoche cuando al fin me dormí. Había una escalera de piedra que subía infinitamente, erguida sola en medio de un mundo que era todo negrura. Unos peldaños más arriba de aquel en el que yo me encontraba, había una niña. Debía tener a lo sumo diez años, y era hermosa. Su mirada triste me conmovió profundamente. Me senté junto a ella y de inmediato, como si se tratara de alguien que ella conociera y estaba esperando, me abrazó con fuerza y se puso a llorar. La dejé destilar en lágrimas sus penas durante un rato y después me levante, tomándola de la mano. Juntos subimos por aquella escalera interminable durante un tiempo imposible de calcular. Pero de pronto la escalera ya no estaba. Caminábamos juntos por una pradera de pastizales altos, que me llegaban a la altura de la rodilla. La hierba era verde, fresca y tierna, brillando como un mar bajo un hermoso cielo soleado. La niña reía entonces y soltándose de mi mano comenzó a correr y a jugar, expresando esa profunda felicidad que sólo los niños pueden sentir. Sus pasos precipitados la llevaron al pie de una colina muy baja que se veía a la distancia. Ella la trepó corriendo y al llegar a la cima se detuvo. Entonces, de alguna manera, supe que algo malo sucedía. Corrí hasta llegar a la cima y allí vi un ejército inmenso de figuras blancas avanzando en una carrera desesperada. Todas iban sobre corceles claros como la nieve, y llevaban armaduras que los cubrían por completo, escudos triangulares enormes y largas espadas. Debían ser por lo menos cinco mil soldados, como copos de pura nieve resplandeciente. Frente a ellos sólo había un enemigo: el Hechicero Oscuro, enfundado en una negra y enorme capa. Empuñaba una horrorosa espada de hoja negra y mango rojo cuyas formas eran una afrenta a la belleza y la armonía. El ejército cayó sobre él como una ola que rompe, pero el Nigromante no se inmutó. Su espada cruzó el aire cercenado miembros, extinguiendo vidas, sembrando de sangre el campo hasta entonces inmaculado. Bestias y soldados por igual eran eliminados por la inflexible hoja y el sonido horroroso de una risa diabólica llenaba el aire y enturbiaba los sentidos. Uno tras otro los soldados fueron cayendo. Cada uno de ellos peleó con envidiable valentía. Ninguno se amedrentó, a pesar de tener que pisar los restos de sus compañeros para poder pelear. Ninguno pidió misericordia. Todos murieron con una luz de desafío en los ojos. La niña lloraba desconsoladamente y la abracé buscando mitigar su dolor. Cuando el último de los combatientes cayó, el Mago levantó sus manos al cielo y pronunció unas palabras irrepetibles. Entonces, la sangre comenzó a reunirse entorno a los contornos de su túnica y él la absorbió, como una planta lo hace con el agua. Y tal como si fuera un vegetal, creció alimentándose de este humor y su rostro parecía ahora mucho más despiadado. Fue entonces cuando vio a la niña. Comenzó a acercarse a ella lentamente, con la vista fija en sus ojos y ella gritaba de terror. Pero yo no estaba dispuesto a dejar que le hiciera daño, así que corrí por el campo y tomé una de las espadas de los soldados caídos. Empuñándola con toda la valentía que mi corazón podía albergar, me paré entre el Hechicero y la niña, y él aceptó mi desafío. Nuestra lucha fue larga y encarnizada. Ninguno de los dos podía morir, pero él además, no sentía dolor. Mis ataques más crueles eran para él como caricias, mientras que su hoja al besar mi carne me sumía en el peor de los tormentos. Pero resistí, todo lo que pude, dispuesto a permanecer una eternidad en ese infierno de pesar con tal de no permitir que la lastimara. Pero finalmente él se cansó de nuestra pelea y con un gesto de su mano me inmovilizó. Por más que le ordené a mis músculos que se movieran, no hubo caso. En medio de mi desesperación, mis ojos se cruzaron con los de ella. En un susurro me dijo "no te preocupes, hay otros mundos a parte de este". La niña se acercó al Hechicero sin llorar ni demostrar temor. Él la miró largamente y después, sin más, la decapitó. Me desperté empapado en un sudor frío. El sol empezaba a asomar en el horizonte. Aún perturbado por lo real del sueño, hice un esfuerzo por levantarme. Y entonces, el mundo se puso cabeza abajo y un vértigo demoledor me sobrecogió. A unos metros mío, durmiendo en el suelo, estaba la niña. La desperté e intenté hablarle, pero como era previsible, ella no recordaba nada. Me la llevé conmigo y unas semanas más tarde le encontré un hogar, con unos campesinos generosos que aceptaron recibirla. Sé que tuvo una buena vida. De hecho, la mejor a la que una persona nacida en un sueño podría aspirar. Nemuel Delam. El judío errante.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El fiscal del caso Carolina Píparo detalla cómo sigue la causa y afirma que estos delincuentes no salen a robar para alimentar a sus hijos sino para vivir sin trabajar, consumir drogas, entre otras cuestiones.