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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Depresiones post

11.07.2008 | Ya se sabe que hay una depresión post parto, también que la gente se deprime cuando se jubila ¿Se imagina la depresión que nos va agarrar a los argentinos cuando todo esté en orden, funcione bien y podamos dedicarnos a nuestra vida personal?  O nada más que cuando todo esté en orden y funcione bien. O, más simple, cuando todo esté en orden. O, más modestamente aun: cuando todo esté.


Ni bien escribí el copete de este artículo, que apunta para otro lado -como verá después-, me iluminé. Me di cuenta de que nuestros gobernantes  son gente llena de imaginación, fantasía, soluciones, planes, proyectos, inspiración e ideas para parir una Argentina nueva, que entre de cabeza y no de nalgas en el universo. Pero ante todo son personas bondadosas: quieren evitarnos el shock, el trauma y la depre post. Por eso siguen aguantando el simbólico parto con las mejores técnicas de la neonatología, la dilación y la negación rotunda a abandonar los privilegios.
Es interesante detenerse en cómo se lleva a cabo esta última acción. Es una operación que no se hace cerrando las piernas con fuerza y apretando los dientes -como una señora que no quiere dar a luz en el taxi-, sino que se efectúa llevando la mano izquierda sobre el hueco interno que queda en el brazo derecho doblado hacia el pecho, cada vez que algún ingenuo propone que se use ese librito llamado  Constitución.
Imagínese, lector, en qué flor de abatimiento, melancolía y tristeza nos sumergiríamos todos los argentinos si nos quedáramos -de pronto- sin ningún motivo de preocupación: ni retenciones, ni inflación, ni deuda externa, ni gritos. Con trabajo, producción, buenos sueldos y jubilaciones, y con educación, salud, seguridad y justicia aseguradas para todos... ¿Qué haríamos después de más de medio siglo de vivir del sofocón al preinfarto? Hay que ser un poco agradecido y reconocer que nuestros políticos no hacen más que evitarnos un problema existencial. Es bondad, no impericia.
Más vale dejar el tema aquí. De seguir, sólo lograría recargar su bronca y la mía; basta y sobra con decir lo que pasa con tono moderado. Sin embargo, vemos a diario periodistas que se encargan de que el nivel de hipertensión, colesterol y angustia nos aumente desde la madrugada hasta bien entrada la noche, con comentarios apocalípticos o mostrándonos gente desesperada, porque parece que además de los políticos, buena parte del periodismo está convencido de que no podemos vivir  si no es de susto en susto.

Lugares comunes

Todo esto de la vida sofocada se da por la aceleración de la historia; ya sabemos el cuentito: el hombre inventó un montón de artefactos, pitutos y artilugios para ahorrarse tiempo y trabajo, y logra lo contrario.
Pero no pasa sólo en la vida laboral, ni es la técnica la razón última: también se da en nuestras vidas personales, más allá del siglo en el que nos toque vivir, y el motivo está ligado a que sólo vemos el sentido de nuestra vida en el futuro, jamás en el presente. Todo el mundo sabe que cuando uno espera con ansiedad que algo, ya sea bueno o malo, se acabe de una buena vez, no hay nada peor que arribar a ese fin tan deseado. Desde la desgracia de esperar que una enfermedad de alguien que amamos termine con lo peor, hasta el presunto placer de llegar, ¡por fin!,
a la jubilación, al título o a la boda.
Después de un año infernal de trabajo en el que uno vive deseando que llegue enero, mientras se hace el bocho viéndose en una playa caribeña, tomando un jugo de piña y tirado en una hamaca bajo un cocotero frente al mar turquesa… cuando todo eso llega,  no es lo soñado. No es que seamos una manga de disconformes o que nuestros sueños superen siempre la realidad. Ambas afirmaciones son ciertas, pero más allá de ellas, existe otra situación que tiene que ver con el andar suelto por el mundo.
En la recta final es cuando más nos esforzamos. No hay materias que cuesten más  que las dos últimas de la carrera, ni mes más horrible que el anterior a las vacaciones, ni horas tan aciagas como las que anteceden a la boda o a finalizar la construcción de nuestra casa: todo se complica, parece que no sale, algo falla a último momento...
Usted va acelerando uniformemente el ritmo para llegar, pero la vida parece oponerse. Es muy probable que sea su propia ansiedad la que le hace ver todo mal alrededor, pero usted es incapaz de darse cuenta de su estado. Así que, por fin, con los nervios de punta y nudos en todos los músculos, se materializa su anhelo y usted frena de golpe.
Y pasa lo que naturalmente tiene que pasar: todo se descontrola. Cuando termina de descargar las valijas, le dan el título, la casa, o exclama “¡al fin solos!"... Lo único que usted quiere hacer es ponerse a llorar desconsoladamente, para descargar toda la locura... Y es lo único que no puede hacer, porque se supone que debe estar contento.

Cuestiones probadas

Dicen los que saben que una semana de vacaciones no sirve para nada, ya que una semana es lo que necesitamos para adaptarnos a la nueva situación... Por eso no es nada extraño ver que es en las vacaciones cuando la gente se mata a palos  más que de costumbre.
Sabemos por experiencia que cuando desaparece eso que odiamos, queda un hueco... Y de qué tamaño. No hay nada que descoloque más que la famosa frase “¡Por fin se terminó! ¡Ahora voy a hacer lo que quiero!". Nunca es cierto. Cuando se produce un fin, el único sentimiento es el de vacío. Uno no hace lo que quiere, sino que se pone a dar vueltas sin saber qué quiere hacer.
No se lo vamos a confesar a nadie, pero casi extrañamos al jefe, al profe o al ex. Yo he llegado a escuchar sorprendentes confesiones como “No veo la hora de que se terminen estas vacaciones".
Y todo por el hábito. Así como cuesta dejar de fumar –que es malo-, cuesta dejar  muchas cosas que de verdad no nos gustan.  Somos bichos tan raros que  formamos relaciones adictivas con las cosas y las personas más insospechadas, pero no es difícil saber el porqué. El otro tema es nuestro miedo profundo a enfrentarnos cara a cara con nosotros mismos. En realidad, con el vacío.

Los molinos de tu pensamiento

Lo anterior, pese a su apariencia no es un insulto: nadie está afirmando que somos tontos, sino que el tan mentado “yo" que se debe encontrar cara a cara “conmigo"  en la soledad, no resulta para nada evidente. ¿Quién es “yo"? Y no hablemos de con quién se encuentra, porque esa pavada de “consigo mismo" no es más que un lugar común.
Pero a la hora de definir tal “yo" hay contestaciones vagas, ya que la sensación de identidad está conformada por los hábitos, en los cuales la memoria juega un papel fundamental: hago algo porque siempre lo hice. No podemos vivir el presente porque no podemos identificarnos con esa sensación debido a que estamos tironeados por el recuerdo o por la previsión del futuro. Sea esperanzador o no.
Nos maneja el pasado, con su carga de costumbres y rutinas de las que no podemos despegar. También nos manipula con la rumia de recuerdos torturantes o felices. El pasado ya no tiene realidad, pero nos guía más allá del gusto o placer. Y si no tenemos un proyecto fuerte, no podemos despegarnos de él por más tóxico que sea; por eso no dejamos viejos hábitos, malas personas, situaciones desagradables: nos dan cierta sensación de continuidad, de identidad.
La otra fuerza que nos tironea es el futuro; mientras tengamos un futuro a la vista, nos sentiremos bien: cuando deje el trabajo, lleguen las vacaciones, me case, me jubile... Ni bien ese sueño se hace presente, desaparece. La carroza se convirtió en calabaza.
Vivimos instándonos a gozar del presente unos a otros, pero la verdad más obvia es que nunca podemos. Eso sí: lo guardamos en profundo secreto, porque creemos que esa incapacidad se debe a una tara personal. Y no es así, es cultural: nos educaron para la disconformidad.
Necesitamos del anticlímax, del vacío que produce el llegar a una meta para ponernos otra y seguir adelante. Burros y zanahorias. Lo que nunca nos planteamos es para qué. Porque si seguir adelante es sólo para desilusionarme cuando llegue y buscar otro “adelante", nos parecemos al perro que se quiere morder la cola... Producimos más coches para seguir produciendo coches... Puede poner el ejemplo que quiera, pero hay una sola pregunta: Bien, ¿y entonces?...
Nadie dice que hay que tirarse panza arriba en la catrera, no trabajar y dejar que la vida fluya. Es imposible vivir de esa manera; para muestra basta ver adónde nos condujo una clase política que creyó en nuestro futuro de grandeza y en que Dios, el argentino, proveería.
Pero sería lindo tener en cuenta un poco estas cuestiones, digo yo. No sea que en alguna esquina nos ataje la muerte y no hayamos gozado la parte que nos corresponde de felicidad, sólo por habernos dedicado a perseguirla más allá, más arriba, más adelante.... Tema para pensar, ahora que vienen las vacaciones de invierno.

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