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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

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LIC. JUAN CARLOS INFANTINO, DESDE NORTH CAROLINA, USA.

Los unos y los otros

18.07.2008 | En un ballet tosco, desenfadado y desenfrenado, los actores sociales de mi país trazan un horizonte lleno de acechanzas y sobresaltos. Ese límite antes distante va a entrecruzar la vida cotidiana de millones de argentinos, vaya a saber por cuánto tiempo.


Aquí, en USA, mi lugar de residencia, por supuesto no se enteran de nada, y el conflicto con que amanecemos y nos desvelamos los argentinos no figura ni de rebote en los noticieros nacionales; mucho menos en los locales.
Por lo cual, en primera instancia, debería diluirse o al menos relativizarse la famosa muletilla de la pésima imagen proyectada al exterior. Digo esto porque entre nuestras obsesiones nacionales figura el ser mirados o admirados por ciertas cualidades, que nos autoadjudicamos. Nada de esto sucede.
Así que a relajarse y gozar, de manera algo masoquista en este caso, con nuestros apasionantes encontronazos. Nadie mira. Nadie se entera. A nadie le interesa, sólo a nosotros mismos. Y quizás nos pueda unir un poco que tan apasionante juego de histrionismos tenga tan poco público. Porque, convengamos, con esa creatividad escabrosa que nos caracteriza, la trama promete mucho más de lo que realmente es, una puja por rentas presentes y futuras, aunque algunos se jueguen algunas fichas al negocio simbólico.
Todos somos convocados a tomar partido en una disputa, cuyos costos o beneficios, no están para nada claros. ¿Cuánta gente podrá trasladar al pago de la educación, la medicina prepaga, los impuestos, gustos elementales como consumir cultura o comprar algún electrodoméstico, o ahorrar para su futuro, nuevos ingresos que deriven del cobro o no de las retenciones? Pongamos, grosso modo, el 20% del país, vinculado de una forma u otra a las agroexportaciones. Y luego el Gobierno, los funcionarios, asesores, próximos al poder, que por su manifiesta adhesión puedan aumentar cuando no en metálico -quiero creer- en influencia dentro de un gobierno triunfante. Digamos, entre uno y otros, un 40% de posibles ganadores o perdedores de una disputa que está implicando al 100% de los argentinos.
No estoy planteando que el tema no tiene su importancia, sino que suplanta a otros temas más reales y urgentes que también merecerían la misma energía y dedicación que éste genera.
Más allá de las interpretaciones sobre eventualidades destituyentes a las que son afectos los próximos al Gobierno, o el llamado a la desobediencia civil y comercial a la que convocan los eslavistas -por denominarlos de algún modo-, me parece imposible que cualquiera de estas dos alternativas sea posible.
Sería como si dos comerciantes quemaran el escritorio donde atienden.
Unos necesitan vender democracia, y los otros, soja, y ya se sabe que el bolsillo es la víscera más sensible.
Por todo esto es que, sí, en un desapasionado y cínico análisis, propongo pensar otros conflictos que nos aliviarían de pesares equivalentes o al menos nos tranquilizarían los nervios.
- Declarar cualquier vivienda desocupada, de alguien que sea propietario de al menos tres, un bien social que debe ser alquilado obligatoriamente, so pena de ser gravada con impuestos altísimos.
- Blanquear en cuentas individuales los aportes jubilatorios actualizados por valor dólar de todas las jubilaciones ya otorgadas y aquellas que están en trámite, más el pago retroactivo de los montos impagos.
- Establecer un tiempo límite de 180 días para dictar sentencia  en todos los juicios laborales, por corrupción o por asesinato.

Mucha realidad, ¿no? Demasiadas soluciones para un país acostumbrado a que los problemas de algunos sean de todos. Entonces, ¿quién se beneficia con este conflicto? Los productores, porque algo les van a dar.
Y, además, tienen un negocio de por vida. El Gobierno, porque aparte de demostrar su autoridad, va a recaudar algo más. Y a lo mejor sigue sumando puntos, como lo mejor posible. Más los invisibles de siempre: el intermediario, el comerciante, los mayoristas, que van a inflacionar los precios, silbando bajito y mirando para otro lado, sin tener que desgastarse en discusiones, movilizaciones y sin ni siquiera pensar en mucho más que unos simples cálculos.
Me pregunto qué pasará el día después. ¿Tendremos, los anónimos argentinos de todos los días, la gente de a pie, alguna  solución? ¿Cambiará esa sensación de asfixia, de urgencia, de frustración, que masticamos desde hace tantos años?
Creo que lo único que explica tanta pasión nacional es algo temido y deseado, el enfrentamiento como catarsis. Como algo que empieza pero que se ha decidido terminar, algo que es de una manera o de otra. Eso es lo que imperiosamente Argentina necesita: salir en un sentido o en otro, pero definirse. Ojalá este penoso ballet, sea el primer paso en ese rumbo.

Y por casa, ¿cómo andamos?

Aquí, en los Estados Unidos, el proceso es similar en cuanto a la polarización, aunque más simbólica, ya que termina una era cerrada militarista y asfixiante, comandada por George Bush. Y lo hace por sus consecuencias económicas, que están alterando las bases mismas del “american dream".
La casa propia, la jubilación ordenada, la salud gravosa pero alcanzable, los estudios universitarios de los hijos, la movilidad social, el trabajo estable y exitoso, todo esto, los americanos lo ven en peligro. Cada vez más mujeres toman a cargo el sostenimiento de los hogares; las familias migran abandonando la casa hipotecada, antes de perderla, en general saldando la deuda y convirtiéndose nuevamente en inquilinos por un precio más manejable que el que pagaban por la hipoteca.
Perder ciertos atributos de reconocimiento social, para el americano medio, no es un drama tan intenso como lo es para nosotros, los “clase medieros" argentinos. Los norteamericanos piensan más racionalmente estas cuestiones, e igualmente, los cambios que se hacen, en términos generales, no son tan desvastadores como los que implicó el corralito.
Confusamente, Estados Unidos se percibe a sí mismo como alguien que debe volver sobre sus pasos. Como pocas veces en su historia tiene que revisar lo actuado.
Se habla de una modificación del sistema de salud y una refinanciación de las hipotecas, sumado a una reactivación de la economía con premios para los creadores de empleo y más impuestos a los que más ganan. La inespecificidad de estas propuestas -que nos llamarían a una sonrisa condescendiente a los argentinos- tienen aquí unos puntos de credibilidad a favor, si nos basamos en la disciplina fiscal que todos los americanos exhiben.
Al revés de lo que acontece en nuestros países, en los Estados Unidos se tiende, desde las acciones particulares hasta las públicas, a buscar inmediata y bruscamente una solución que muchas veces agrava el problema. Es como matar una mosca con una escopeta.
Frente al futuro, la gran decisión es seguir con la guerra de Irak (Mc Cain  
100 años más) u Obama (¡Basta ya!). Ambas posiciones simplificadoras no dan cuenta de los innumerables matices políticos así como administrativos y organizativos que cualquiera de las dos decisiones implica.
Otro elemento de la crisis que podemos citar a modo de ejemplo es la alta tasa de deserción de los docentes en el sistema educativo nacional. Se calcula que un 50% de los ingresados no superan los dos años de tarea, la que abandonan para tomar trabajos algo inferior en la remuneración, pero mucho menos tensionantes. Los problemas de agresiones verbales y físicas, la falta de autoridad de los colegios sobre el alumnado y los sistemas de evaluación similares a los empleados en el ámbito empresario son algunas de las estruendosas falencias de la Ley de Educación creada por George Bush. El lema de “No child´s behind" de la fracasada ley –“ningún chico relegado"- podríamos cambiarlo, para representar este momento de los Estados Unidos, por “No american’s behind –“ningún americano relegado"-. Ése es el auténtico desafío.

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