09.08.2008 | Nada más difícil que sacarse una costumbre que uno adquirió de chico. Y uno de mis amores es la radio, que se vuelve cada vez más aburrida. Dejando de lado los programas políticos, sólo hay tres temas: fútbol, farándula y cuerpo-sexo en sus variadas formas.
Todo eso también ocurre en la tele, pero soy radioescucha antes que nada. Y amo a la radio con la pasión de aquellos que pasaron su infancia escuchando a Sandokán, Tarzanito y Poncho Negro a la hora del Vascolet, cuando los baskos era vascos y existía La Vascongada.
Entiéndame lector, no soy oyente de música por radio: me interesan los programas con gente que habla, y no sólo de noticias. De todo. Me gustan los magazines, me encantan los reportajes largos, los programas de opinión, los que narran anécdotas de vida, aquellos en los que un tema se discute con un especialista a lo largo de un buen tiempo, los programas culturales que no caen en lo culturoso, como los que sí hay en algunos de nuestros canales de televisión.
Adoraría que volviera el radioteatro, los relatos y todo tipo de ficción radial. Creo que la radio es un medio para agilizar la imaginación, que es la mejor manera de aprender. O era, porque ha cambiado mucho y me cuesta adaptarme. Llegué a aceptar, con renuencia, la participación de los oyentes; creo que –en muchos casos- es una forma de llenar un programa con poca producción, para lo que es preferible la música; o una manera de hacer sentir a la gente que tiene sus quince segundos de fama en un programa “democrático y participativo", cuando ni se la oye o se le toma el pelo.
Entre las decenas de FM que aparecieron, muchos “animadores" no saben vocalizar, desconocen palabras, no hilvanan una oración simple; por no hablar de los que ignoran los temas que tratan, dicen guarangadas, gritan, se pisan, no saben lo que es un guión radial e improvisan como si estuvieran debajo de la parra de su casa tomando una cervecita después de los ravioles del domingo.
Por eso, y porque no hay mucho más, vuelvo a los clásicos periodistas y animadores de mi época, si quiero hacer algo con la radio de fondo.
Pareja, sexo y cuerpo
Pero como nadie está fuera de su época, en los magazines actuales, cuando se elige un tema que no involucre ni el fútbol ni el “mundo artístico", por llamarlo de alguna manera, invariablemente se cae en los temas de pareja y de sexo, y de la belleza corporal.
Dentro del comentario farandulero, la mayor parte no está centrada en los méritos artísticos de los protagonistas, sino en su vida amorosa, sexual y digamos que anatómica. Y esto porque las operaciones para aumentar o disminuir anchos, largos y espesores es un tema central, junto con la anatomía en sí misma y los deportes y las dietas que practican los famosos para tener un cuerpo perfecto. Porque amamos el cuerpo por sobre todo.
Es el tema central porque es lo que tiene rating: es lo que a la gente le interesa. No me parece ni bueno ni malo, es lo que hay en estas épocas de “amor líquido" o sólido o fluido, en las que el cuerpo está siempre en el centro.
Cuerpos extraños
El otro día escuchaba a Rolando Hanglin en su programa de la tarde. Está un poco tristón y se le nota, pero tiene un gran oficio. Sabe hacer reportajes, habla bien, respeta a sus entrevistados, contesta a los oyentes: más allá de su inveterado machismo, que va en aumento con la edad, es un gran profesional de la radio.
En tren de entretenimiento, largó una pregunta al público:
- “¿Qué es lo que más le molesta de su pareja?“.
Contra lo que él esperaba y se le notó, en lugar de hablar de actitudes, la mayor parte de la gente, tanto hombres como mujeres, se centraron en el cuerpo. Allí apareció de todo, y trataré de hacer una enumeración acotada y ligeramente ordenada de lo que desagradaba y mucho, lo que se notaba por la voz de “asquito"…¡Puajjj! Rollos que, obviamente, son de grasa. Vello y pelos: en piernas (sólo los hombres), axilas, narices, orejas y otros lugares donde los haya, salvo en la cabeza. Aliento. Barritos, granos, espinillas, acnés, durezas y problemas cutáneos de cualquier tipo, entre los que se incluían manchas y arrugas. Olores corporales: todos y cada uno, brotaran de donde brotaran. Fluidos y no tanto: piel grasa, saliva, sudor, mucosidades, secreciones varias, sin hablar de las más obvias. Y así siguiendo.
Un señor que huele a jabalí y tiene aliento a dragón no es el sueño dorado de ninguna mujer, y doy por descontado de que eso tampoco les gusta a los hombres. La mugre es una cosa desagradable; al menos entre los argentinos, que somos muy limpitos, a diferencia de los congéneres del primer mundo europeo.
Pero dada la forma en que hablaron los que llamaron, era claro que no se estaban refiriendo a la roña…
Como ya dije, creo que la radio ayuda a imaginar y, en consecuencia, a pensar. Me quedé pensando qué era lo que les daba tanto asco. Y llegué a una conclusión: no les gusta nada de lo que hay dentro del cuerpo. El cuerpo, que esta sociedad cree amar, es una exterioridad que debe pulirse, adornarse, perfumarse, pero, en el fondo, es un contenedor que está relleno de cosas que producen repugnancia. El cuerpo para amar es superficie externa, cerrada, pulida, con músculos perfectos que se mueven bien, pero sin sangre. Sin vida.
La imagen que acompañó a esta reflexión fue un poco estremecedora: vi, como en una película de Tarantino, a una Barbie que se rompía por la mitad y de la que brotaban, como ríos, los gases y fluidos internos. Algo falla en este “amor al cuerpo" que decimos tener; algo de verdad siniestro. Y no está ligado al cuerpo, sino a la pérdida del alma.
por Amelia Ambrós
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