05.09.2008 | “Cortar una brillante sandía verde en una fuente escarlata una tarde de verano. ¿No es esto felicidad?” (De Los treinta y tres momentos felices de Chin, poeta chino del siglo XVII).
¡Los hombres no lloran!
La primera vez que lo oí fue cuando, siendo una niñita, le hinché un ojo a mi primo con una flor de piña. Naturalmente que el crío se puso a moquear. Ahí nomás, mi tío profirió la gansada. Con la impecable lógica de los chicos, pregunté:
-¿Por qué no puede llorar, si puede reírse?
Mi viejo intervino rápidamente:
-Cáese la boca, mocosa ‘e miércoles.
A lo que me puse a llorar como una marrana -ofendida, naturalmente, por la injuria-, mientras mi estoico primo se guardaba sus lamentos pese a que tenía tantos motivos como yo para berrear: mis zurdazos infantiles gozaban de merecida fama.
Siempre me pareció una injusticia que los varones no tuvieran la descarga de las lágrimas. ¿Por qué razón -divina o humana- mis compañeros no podían llorar si los dejaba la novia, les ponían una mala nota o les dolía el estómago, mientras las chicas podíamos inundar el universo ante cuestiones mucho menos importantes? Simplemente era así. Quizá por eso tardé bastante en ponerme a pensar en un asunto aceptado como indiscutible.
Pensar pavadas es una especialización que, como todas, requiere de años de entrenamiento. Creo que a mi edad puedo darme por doctorada en la materia y, por lo tanto, tengo el derecho a exponer mis conclusiones, que son tan obvias como el tema que las motiva.
Descubrí que tales frases no son patrimonio común de toda la humanidad. En otras culturas, los varones pueden llorar como descosidos sin que a nadie se le mueva un pelo, ni sean puestas en duda su virilidad, su valentía o su hombría de bien.
Los héroes griegos lloraban -y no me vengan con que eran trolos, por favor- y también los chinos, los negros del Paleolítico, los atorrantes medievales, y los trágicos isabelinos; en fin, todo el mundo masculino lloraba, menos los tipos nacidos desde la época victoriana en adelante. Pero esas sociedades de varones llorones jamás suprimieron el goce como nosotros lo hacemos.
Nos la damos de sociedad hedonista. ¡Mentiras! Somos incapaces de disfrutar. Tanto es así, que me juego mi alma inmoral -digo, inmortal- a que palabras como placer, deleite, delicia o sensualidad suenan obscenas a los oídos de muchos que siguen creyendo con Freud que los bebés son “perversos polimorfos". ¡Pobres creaturitas de Dios!, diría Inodoro Pereyra, a los que todavía no pudimos enseñarles que chuparse el dedo gordo del pie está mal (nunca supe por qué; la verdad es que, cuando uno todavía puede, es fantástico).
Mi querido lector: ¿está pensando usted que soy una anciana concupiscente? ¡Momentito! Ni tan vieja, ni inmoderada, pero sí amante de los placeres sensuales... ¡Nooo! Otra vez se equivoca, dije sensuales; lo sexual es un subconjunto del anterior, según mi amigo el matemático.
Salvados estos puntos, volvamos a lo que estábamos. Los varones -aceptemos que hasta ahora, sexo dominante- no deben llorar, pero tampoco pueden retozar. Eso es cosa de niños, animalitos y, para algunos, de mujeres. El placer -salvo que esté ligado al dominio - es, junto con el dolor, una función negada en nuestra sociedad, que sólo mira los logros.
Supongo que muchos están en desacuerdo, si podemos hacer lo que nadie pudo: divertirnos como nunca lo hizo la humanidad. Fiestas, lujos, deportes, comilonas, sexo, drogas y rock’nroll. Entretenimientos: tiempos acelerados de evasión. Entretiempos.
La fiesta es aturdimiento. El lujo es para ser visto. El deporte es para ganar, ser más lindo o para descargar tensiones. La comilona, el sexo al paso, la droga, y el resto producen, finalmente, el famoso día después: la resaca. Y lo que trae el mar de vuelta, no es bueno habitualmente.
Estoy hablando de placer, que es lo mismo que hablar de tiempo: demorarse en acariciar un gato, un terciopelo, una piel humana; deleitarse en oír a los pájaros, a los Beatles, a Vivaldi; tardar en llegar al final de una novela o de una teoría; deslumbrarse horas frente a una nube, un cuadro, un cuerpo bello; degustar un buen vino o un plato sabroso. Ser acariciado por un bebé, por el agua de la ducha caliente, por nuestro perro... Jugar un partido de lo que sea, por el sólo hecho de jugar, o ver un partido de lo que fuere sin importar el bando, por la alegría de una buena jugada. Oler flores, pan tostado, café... Tiempo en el que uno no produce, ni gana, ni se luce. Único tiempo que es verdaderamente nuestro.
Pero aceptar este goce, es aceptar el sufrimiento consecuente: la pérdida inevitable de cada una de esas cosas. Placer y dolor son los dos extremos de lo mismo.
A algunos varones de hace unos siglos, dueños del pensamiento por entonces, se les ocurrió “racionalmente" que se podía suprimir uno de los extremos: los hombres no lloran; luego, no sufren. ¡Qué próceres! No se acordaron de lo que Aristóteles -que de razonamientos sabía un toco- ya había dicho mucho antes: si suprimimos un extremo, el otro es anulado al mismo tiempo.
Ahora que las mujeres hemos sido aceptadas por algunos como parcialmente lúcidas, aunque seguimos llorando -quizás porque nos negamos a olvidar que todos los años, indefectiblemente, pasamos por el día que será el aniversario de nuestra muerte-, propongo un movimiento de reivindicación del llanto masculino, para que nuestros pobres congéneres machos que así lo deseen puedan sostener su derecho a disfrutar, a vivir sin competir, a no demostrar su superioridad ante nosotras, nuestra posteridad y ante todos los seres del mundo.
En fin, muchachos, lloren, que nada malo les va a pasar, al contrario: vamos a relajar un poco este dislate de “te-juego-a-que-te gano-y-además-me-la-banco", que ahora, además de hacerlo entre ustedes, también lo esgrimen contra nosotras.
Pero eso sí: a la hora de pasar la cuota de alimentos por los hijos de ambos, por favor, garpen como los griegos, los chinos, los paleolíticos, los medievales y los isabelinos. No les lloren a los pibes. No sea que creen otra generación más de infelices como nosotros.
N de la R: El presente artículo ha sido publicado con anterioridad en este espacio.
por Amelia Ambrós
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