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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Amigos para siempre

04.10.2008 | En el mundo de la new age, se han puesto de moda las historias medievales, especialmente las referidas al ciclo del rey Arturo. Como todos los cuentos tradicionales, tienen un montón de verdades relativas a la vida que son las únicas que importan.


Especialmente en épocas de crisis. Porque como usted bien sabe, querido lector, la teoría no sirve para nada en esos casos. Y si no me cree, pregúntele a algún economista actual; pero Dios me libre de meterme en tales temas que ignoro tanto como ellos. Volvamos a la vida, que de eso todos podemos hablar con el sólo título habilitante de haber nacido.
La historia de Arturo no es una, sino muchas pequeñas historias que hacen a un mito muy viejo reelaborado por diversos autores a lo largo de muchos siglos. Hay cuentos épicos, místicos, cómicos y de lo que se le ocurra. Cada cual se puede aplicar a una circunstancia vital. Hoy quiero contarles un cuentito que me gusta mucho. Allá vamos.

Una historia de Sir Gawain


Gawain era un caballero conocido por su costumbre de honrar la palabra dada y valiente como pocos.
Sucedió que una vez el rey Arturo fue apresado. El gigante que lo había capturado puso como condición para su rescate que uno de los caballeros se comprometiera a cumplir lo que él le pidiese a cambio de la vida del rey, un año después del momento en el que Arturo fuera liberado.
Sin dudarlo, Gawain juró que él cumpliría cualquier tarea que el villano le impusiese. Grande fue la alegría de los caballeros al ver al rey de vuelta en Camelot, pero a medida que pasaba el tiempo y el plazo se acercaba, todos comenzaron a temer por Sir Gawain, pues el gigante no había dicho cuál sería la tarea a cumplir. El más afligido era el rey que esperaba lo peor y se sentía responsable por la vida de su caballero; pero Gawain permanecía tranquilo y hasta alegre, porque estaba en paz consigo mismo: había obrado como le dictaba su corazón, que es la única forma de ser feliz (los villanos de los cuentos son malísimos y se portan de lo peor, pero a diferencia de los malos de la vida real, que se disfrazan de buena gente y así nos va con ellos, no aparecen porque sí).
El día señalado, la corte se vistió de luto: esperaban que el malvado pidiera la vida  de nuestro héroe. Pero eso no sucedió. El gigante se acercó a Arturo con toda educación y solicitó que Gawain desposara a su hija, lo que fue recibido con un suspiro de alivio por toda la corte... hasta que apareció la dama. Era lo más burdo y feo que se pueda imaginar. Baste decir que eructaba permanentemente con aliento a dragón y si levantaba un brazo caían desmayados por lo menos once caballeros y todas las damas presentes.
Arturo se negó en redondo y ofreció nuevamente su vida, pero sir Gawain se adelantó sonriendo, tomó suavemente de la mano a la damisela y dijo a la corte con voz melodiosa:
-Os pido que saludéis a la que desde ahora es mi esposa con el mismo respeto con que lo hacéis con la reina Ginebra.
Y así se casó Sir Gawain y llegó a su noche de bodas. Dice la historia que la corte entera se fue a la capilla a orar (Tengo para mí, querido lector, que como la humana condición es idéntica en ciertas cosas - el siglo X en Camelot o el XXI en Mar del Plata-, que se formaron dos bandos: uno se llamaba PUEDE y el otro NO PUEDE, y que muchos se jugaron hasta los grises y repelentes boxers de la época en la apuesta).
Pero volvamos a la cámara nupcial. La novia, como es de rigor, se retiró a la recámara (no había baño, por eso siempre se dice “la recámara") a cambiarse y Gawain, con un comprensible suspiro, se sentó en la cama.
Así las cosas, se abrió la puerta de la famosa recámara y apareció una mujer tan hermosa que Sir Gawain quedó estupefacto. Sólo tuvo el aliento suficiente para preguntar:
-¿Y mi mujer?

A lo que la bella contestó:
-Yo soy tu mujer. Soy una princesa hechizada por un brujo malvado.
(Con estos tipos, los brujos malvados, sí hay que tener cuidado, lector, así que ¡guarda la tosca! Los “brujos malvados" son los tipos que, sin aparecer jamás como protagonistas, nos deforman frente a los demás, nos difaman, nos hacen aparecer horrendos a los ojos de los otros. Y generalmente la gente no está alerta y se traga cualquier chimento que se repita lo suficiente). Volvamos a la historia.
-¿Cuál es el hechizo?- preguntó Gawain.
-Ser durante doce horas la que soy ahora y durante las otras doce esa bruja infecta que conociste.

Gawain se sintió perplejo y su esposa siguió:
-Tú debes decidir si me quieres bella para los otros y horrible para ti en la cámara nupcial o si prefieres que durante el día me vean espantosa los demás y que yo sea tu bella mujer durante la noche...
¡Y acá te quiero ver, hermanito! Si usted no conoce el cuento –y si lo conoce también puede, haga un alto y plantee cuál sería su respuesta. Hágalo para usted mismo –le deseo de todo corazón que no esté leyendo esto con su cónyuge.
¿Qué decidió? ¡Ajá! ¡Con que ésas tenemos! Sea cual fuere su respuesta, usted se conoce a sí mismo ahora, más que hace medio minuto. Usted puede inferir cuántas veces optó en su vida por uno u otro extremo y puede sacar sus conclusiones respecto de usted mismo.

Yo quiero tener un millón de amigos (como él)

El pobre Gawain estaba en un dilema. Pero no es al pepe pasarse un año a plazo vital. Debe ser horrible, pero por el resultado del cuento, parece obvio que a uno se le aclaran las ideas. Y esto lo digo porque Gawain contestó:
-Yo te acepté como mi esposa, pero no puedo decidir por tí. Aceptaré lo que tú decidas hacer... Lo que tú quieras está bien para mí.
¡GARDEL! ¡Gawain es Gardel! Gawain es el esposo soñado. Es el amigo, el hermano, el padre, el lector –y todo con su femenino correspondiente, porque no es cuestión de sexo- y lo que se le ocurra: es el que te deja decidir y te acepta en tu decisión. Gawain es sabio y amoroso.
Eso es lo que quiero de un amigo. Eso es lo que quiero ser yo como amiga.

¡Qué difícil se hace!
Nadie dice que a un amigo –o cualquier otra relación afectiva que se dé- hay que dejarlo hacer desastres sin llamarlo a la cordura. Eso  sería una irresponsabilidad. Pero eso da resultado cuando va precedido de “Si no me das bolilla, te seguiré queriendo"...Es más, sólo da resultado si va precedido así. Pero claro, es tan difícil, porque es fácil juzgar. Y “es tan largo el olvido"...

El final del cuento
Ni bien Gawain dijo esas palabras, la princesa quedó desencantada: se volvió bella día y noche. Bellísima y admirada. El hechizo se rompió para siempre y  ambos dejaron de vivir en un mundo mítico. Gawain salió, casado, de la saga artúrica.
Ya no tenían cabida. La magia, el hechizo y las aventuras caballerescas se habían terminado para los dos: para Sir Gawain y para la princesa. Ahora ya no héroes sino un matrimonio común.
¿Puede usted salir de la escena? ¿Puede disolverse en la niebla? ¿Puede?
En algún lugar, Gawain y la princesa son felices aunque ya no sea protagonistas. Quizás haya un lugar en el que nosotros también seamos felices, pero eso requerirá que tengamos la sabiduría del corazón que demostró el caballero: la aceptación de los demás y de nosotros mismos, y la aceptación de que la comedia termina.  

N de la R: El presente artículo ha sido publicado con anterioridad en este espacio.

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