31.10.2008 | Nunca deja de sorprenderme el asombro que producen los grandes monumentos precolombinos, las pirámides de Egipto, Stonehenge y toda otra construcción que sea ajena a la antigüedad grecolatina.
Hace poco que leí la frase anterior, y me encantó; por desgracia, olvidé dónde, aunque recuerdo que se trataba de alguien que había recitado muy bien una teoría, pero su maestro quería saber si efectivamente la comprendía.
Una persona puede hablar de un montón de temas que ha fijado en su memoria inmediata, pero eso no significa que los sepa. Una idea filosófica, una fórmula matemática, el argumento de una novela, una serie de hechos históricos o la descripción de un método pueden memorizarse, pero lo importante es que pueda explicarse o aplicarse, según se trate. Los profesores lo sabemos muy bien, pero el problema no es sólo de los alumnos: hay mucha gente -aun entre los titulados- que confunde la memoria con el conocimiento.
El lugar de la memoria
Sin embargo, maticemos un poco. No estoy defendiendo, ni por casualidad, esas absurdas teorías pseudo pedagógicas que condenan todo estudio por repetición; hay cuestiones para las que la memoria es imprescindible, y quienes quieren sustituirla por un constructivismo a la violeta, hacen más daño que los viejos “memoristas".
Para poner el ejemplo más obvio y que hoy enloquece a padres, profesores, empresarios y todos los demás: la ortografía. Los pobres estudiantes que cayeron en la escuela cuando el último aullido de la moda era el constructivismo, ahora son casi analfabetos funcionales.
Valga una anécdota. Hace muchos años yo enseñaba Historia en primer año de una escuela. La profesora de Lengua nos había pedido que anotáramos las palabras que los alumnos escribían mal, para corregirlos y hacerles ejercicios de uso en su clase.
Un año, cambiaron de curso a los docentes de Lengua y allí fui yo con mis anotaciones sobre los problemas ortográficos de cada alumno. La nueva profesora me preguntó para qué le daba esa lista, y le expliqué. Me miró con condescendencia y se dignó señalarme que tanto yo como su colega anterior no estábamos actualizadas en didáctica, ya que ahora los chicos debían construir su propia ortografía y que llegarían solos a la correcta. Me permití dudarlo, ya que las normas de escritura de palabras no siguen un patrón lógico absoluto: las famosas excepciones de acentuación que nos costó tanto aprender, el uso de la h, la diferencia entre “s" y “c" o entre “cc" y “x," el uso de la coma, el femenino y el masculino… Fue en vano; ella había memorizado –como muchos otros- una ideología pedagógica.
Cuando comencé a recibir a esa generación de alumnos en la Universidad, fui yo la que tuvo que reconstruir frases como “hasia hasia asia tiempo que la hacia la colera" , lo que pronunciado por el alumno, quería decir que: “Así, a Asia hacía tiempo que la asía el cólera"… El chico tenía pretensiones literarias, pero no creo que progresara, ya que era muy cacofónico, muy cacoléxico y excesivamente cacográfico, si se me permiten los neologismos, ahora que cada cual construye lo suyo.
Aplicado a otras materias, esta “construcción del conocimiento" puede resultar más terrorífica que la simple memorización, ya que lo que queda en la memoria de loro se puede revisar y corregir, mientras que si uno cree fehacientemente que lo que guardó es correcto, jamás lo pondrá en duda.
Es necesario memorizar muchas cosas cuando uno quiere instruirse, pero antes, durante y/o después hay que aplicar el pensamiento crítico: comparar, evaluar, ver quién lo dice, averiguar el contexto, y todas esas cositas que no se pueden hacer si primero no se entiende literalmente lo que se lee, lo que se escucha o lo que se ve.
Memorizar ideología
Todo este prólogo va a lo que se dice en programas con pretensiones de divulgación cultural, especialmente en la televisión. Cada vez que algún canal -europeo o yankee- trasmite algo de historia, hay que parar las antenas. Yo casi no les creo ni que Colón llegó a América en 1492.
Es indudable que usan datos correctos, pero no hay que cometer la ingenuidad de creer que la información es el mero producto de la investigación, como suelen decirnos.
¿Se ha preguntado, lector, por qué siempre que hablan de las construcciones de la antigüedad se sienten tan asombrados de los conocimientos de las culturas que no tuvieron contacto con el mundo griego? ¿Cómo es posible que esos hombres hayan hecho semejantes prodigios sin tener una tecnología como la nuestra? Las hipótesis que se han barajado en esos programas tan “científicos" han llegado hasta a presuponer la ayuda de una inteligencia extraterrestre.
Cualquier estudiante serio sabe que esa hipótesis no se puede proponer. No porque no existan los extraterrestres inteligentes, sino porque antes de postularla, hay que probar que efectivamente existieron, que estuvieron en la Tierra en la época de los egipcios, mayas, mesopotámicos… y que los ayudaron. Raro que eso no haya quedado en alguna inscripción. Más sencillo es suponer que los conocimientos se perdieron.
¿Es que son tontos? No. Todos sabemos que eso vende, pero hay bastante más. Consciente o inconscientemente, nos están diciendo que todo pueblo cuya cultura es diferente o anterior a la de Europa es primitivo, es “atrasado" hasta en su genética.
Mucha gente está convencida de que tiene una inteligencia superior a la de los pueblos prehistóricos simplemente porque ahora tenemos más chirimbolos, lo que es un error.
El homo sapiens sapiens no ha cambiado desde su aparición hasta ahora, y la inteligencia que se necesita para inventar la computadora no es mayor que la necesaria para inventar la flecha. ¿Por qué, entonces, mayas, egipcios y tutti quanti no habrán podido hacer sus monumentos, así como hoy hacemos los nuestros? Que ignoremos cómo los hicieron es nuestro problema, no el de ellos. Sólo nos faltan los datos.
Claro que eso vende menos, pero además es insidiosamente despreciativo de toda cultura que no tenga raigambre en la que constituyó Occidente. Y si algún candoroso latinoamericano piensa que él también es occidental, siento mucho decirle que los hermanitos del norte no piensan en nosotros cuando están hablando de esas cosas. Al menos, no nos ponen de ese lado.
El problema es que, al memorizar por permanente repetición tan peregrinas ideas, terminamos por darlas como un hecho. Me resultaría extraña la insistencia sobre esos temas y sobre la muestra de la miseria de Asia, de África y de América Latina si no supiera cómo se puede grabar en la memoria un falso “conocimiento".
Por eso no creo en la falsa opción entre memoria y comprensión –que no es construir todo el conocimiento-, sino en el buen uso de cada una en su lugar. No sea cosa de que estemos acumulando demasiada basura en el disco rígido y algún día tengamos que formatearlo todo entero.
por Amelia Ambrós
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