21.11.2008 | Señales de que el ambiente no resiste este nivel de desarrollo hubo demasiadas, mucho antes de que la cuestión comenzara a ser un tema de agenda. Durante largo tiempo se ignoró la problemática. Aún hoy se la posterga en función de nuevas urgencias, particularmente la del sistema financiero.
Muchos recordarán que la historia difundida es “La parábola de la rana hervida". Sin embargo, trasladarla a lo que acontece actualmente torna aplicable el cambio de protagonista.
El famoso relato se refiere a lo poco que se hace ante amenazas graduales: al someter a una rana al agua hirviendo, ésta sale inmediatamente. Pero, por el contrario, permanece si el agua está a temperatura ambiente e incluso si se va calentando gradualmente. Aunque no lo nota, el calor va lentamente en aumento, pero la rana está cómoda. Y llega un momento en que el agua quema. El anfibio sabe que no podrá sobrevivir en tales condiciones, aunque está aturdido. Al ser demasiado tarde para reducir la temperatura del agua, muere hervido.
Ahora, propongo releer el párrafo anterior reemplazando “rana" por “hombre" y “agua" por “planeta". Sí: la parábola se aplica a lo que ocurre con el calentamiento global.
Al igual que la rana, durante mucho (demasiado) tiempo hemos hecho caso omiso a los cambios lentos y graduales que llevaron al incremento de la temperatura de la Tierra. Cambios que, además, nosotros mismos hemos provocado y cuyas consecuencias nos llevan a estar actualmente rodeados por mensajes que nos recuerdan que debemos cuidar el planeta. Sin embargo, no todos estos avisos son lo suficientemente útiles como para liberarnos del destino de la rana.
El secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Kin Moon, ha alertado en numerosas oportunidades sobre la creciente gravedad de los efectos del cambio climático. También ha difundido que en determinadas zonas, como por ejemplo el Ártico, las temperaturas aumentan el doble que la media del planeta. Y ocurre que, además de información, necesitamos soluciones. ¿Qué propone la ONU? Como era de esperarse, convocar asambleas “para tratar la preocupante situación". No parece muy diferente al comportamiento pasivo de la rana de la parábola. La asamblea de julio de 2007 tuvo, al menos, una particularidad: la ONU anunció que los gases tóxicos emitidos durante los dos días de sesión y los producidos por los viajes de los participantes serían compensados por una inversión en un proyecto ecológico en Kenia. No hubo mayores precisiones en las comunicaciones difundidas en los medios masivos. Y tampoco las hay actualmente. ¿Habrá quedado en el olvido? Porque si se trata de una solución a implementar en algún futuro lejano, habría que recordar a Naciones Unidas lo mismo que dijo su máximo representante el 24 de septiembre del mismo año, refiriéndose a la cuestión ambiental: “Lo que no tenemos es tiempo".
En otro orden de ideas, uno podría pensar que el Protocolo de Kioto procura evitar que los humanos tengamos el mismo final que la rana. Pero no hay seguridad sobre esto si tomamos en consideración el mercado del carbono: permite que aquellos países cuyas emisiones de dicho gas exceden los límites establecidos, puedan comprar bonos a las naciones con emisiones por debajo de tal nivel. Es decir, lo que se ahorra por un lado se contamina por otro. Aplicándolo a la parábola, es como si la rana hubiese decidido cambiar de hornalla: al final, el resultado es el mismo.
Hasta aquí las soluciones propuestas podrían ser catalogadas de ficticias, porque no controlan el problema en cuestión. Pero hay más, y peor.
La crisis financiera podría tenernos preparado un legado ambiental: más polución. ¿Cómo se vinculan ambas cuestiones? El caos económico produjo la baja en los precios del petróleo, restando así competitividad a las fuentes alternativas de energías. Vale reconocer que resulta un negocio apetecedor el de aprovechar los bajos costos de un recurso próximo a extinguirse (mucho más caro en condiciones económicas diferentes) que continuar invirtiendo en alternativas que, aunque viables, no alcanzan todavía a satisfacer las demandas. Por esta razón, cada vez más los analistas plantean que las empresas postergarán y hasta eliminarán las políticas de reducción de gases invernaderos así como las inversiones al respecto, producto de la incertidumbre económica que presenta actualmente el sistema. No es un dato menor que la urgencia del estallido económico haya traído aparejada la postergación de políticas ambientales; da la sensación de que son más bien de orden discursivo y no realmente una prioridad en las agendas corporativas y gubernamentales. Sobre todo porque resulta llamativa la velocidad con la que en pocas semanas se invirtieron fortunas en pos de salvar un modelo económico. Dinero que, además, nunca pareció existir a la hora de mitigar problemas ambientales; aunque no se los contempla con igual urgencia, también condicionan la existencia del modelo.
La crisis económica fue el detonante que restaba para demostrar que el tipo de desarrollo imperante no es sostenible. ¿No es claro, entonces, que hoy más que nunca se debe trabajar en pos de la supervivencia a partir de nuevos paradigmas? Los últimos tiempos mostraron que tanto la especulación financiera como la especulación acerca de la eternidad de los recursos no pueden durar para siempre. ¿Y entonces?
A no desesperar. Para no caer en el destino de la rana primero se debe evitar reproducir su pasividad. Y hay formas de hacerlo; tal como se expuso constituyen una necesidad antes que una opción. Las energías alternativas son un ejemplo. Por obvias razones, requieren inversión. Si se destinó tanto dinero para salvar al modelo financiero, con más razón se debe invertir para garantizar que la vida en este planeta pueda seguir siendo posible. Como dijo el especialista Sthephen Green en el marco de las Jornadas Argentino – Británicas sobre Cambio Climático llevadas a cabo en Buenos Aires, en agosto de 2007, “es más caro no hacer nada que hacerlo." Ninguna rana pensaría primero en su propio bolsillo si las condiciones de su entorno no le garantizan la existencia.
Juliana Gargiulo
“ProA" Profesionales Asociados
Mandanos tu video
La Fiscalía General tuvo que salir a aclarar que un arma de fuego descargada sigue siendo un arma, tras un fallo absurdo de la Cámara de Apelaciones que indicaba lo contrario. Se había generado la sensación de que tener un arma descargada fuera igual de grave que guardar recuerdos en el galpón del fondo.
¿Alguien puede creer que Gustavo Arnaldo Pulti gobierna la ciudad, en el sentido estricto del término? Quizá la presidenta Cristina Fernández, que le dedicó cálidos elogios hace días, al dar inicio a la utilización del nuevo predio de disposición final.
Por aquí, entre nosotros, el que crea que Pulti gobierna la ciudad, está realmente extraviado. No porque se entienda que a la ciudad la gobierna Florencio Aldrey Iglesias; aun sin la existencia del brigantino galaico, estoy persuadido de que el resultado no sería mejor.
Geólogo e investigador del CEDIC - Sus investigaciones lo llevaron a presentar un pronóstico de cambio climático para los próximos años augurando inviernos más fríos.