12.12.2008 | “Me robaron”. “Señor, entraron en su casa”. “Llegué y no había nada”. Ésta y muchas otras son frases que los argentinos hemos dicho o escuchado, que alguien está expresando mientras usted lee estas líneas, y que suenan tan seguido como hablar del clima.
Inseguridad. Basta con escuchar o leer el término para que a uno le corra un escalofrío por la espalda. Robos, hurtos, agresiones, ataques, violaciones, asesinatos. Una amenaza palpable, una historia de nunca acabar que suena tan a menudo que se hace cotidiano, transformándose así en un mal mucho mayor.
Hay un “axioma" o ley “no escrita" del periodismo más inclinado a la espectacularidad, que afirma que si no hay muertos no hay noticia. Definitivamente, pocos emprendimientos serían menos lucrativos que un diario que se dedique a publicar buenas nuevas, y es lógico. Lo que esto encierra es un peligro latente: la cotidianeidad, el acostumbramiento, la relativización, la negación y la conformidad. Observemos lo que ocurre, por ejemplo, con la corrupción. Casos como el de Skanska ya no son seguidos por la opinión pública en general como otrora, las denuncias por coima son pocas y rara vez derivan en alguna consecuencia de tipo penal, y nuestro día a día se inunda de estas situaciones. No quiero entrar en un tema escabroso que me preocupa hondamente, pero los argentinos están siendo cada vez más corruptos a diario, irrespetando las leyes de tránsito, tirando papeles en cualquier lado, mandando a los menores a comprar cerveza. Pero ése es otro tema que seguiremos tratando regularmente, no hoy.
Noticias de ayer
La inseguridad es una de las cuestiones que hacen a la idiosincrasia de los argentinos. Ayer nomás, Carlos Ruckauf se alzaba como gobernador de la provincia de Buenos Aires al asegurar, entre otras promesas, que iba a haber una bala por cada delincuente. Promoviendo el endurecimiento de penas, Juan Carlos Blumberg logró promover leyes (que, sinceramente, nadie leyó). Nuestra ciudad, por su parte, también tiene lo suyo. Los familiares de Víctimas del Delito no lograrán numerosos apoyos a la hora de hacer una marcha, pero la figura de Erico Dagatti es ineludible a la hora de tratar cuestiones que hacen a la inseguridad. No por nada su nombre está siempre entre las candidaturas para sumar apoyos, incluso aunque él no dé el visto bueno…
También están las ONG, con iniciativas como la Red por la No Violencia, o las acciones esporádicas de las más diversas asociaciones. O los talleres en las escuelas. Igual, suena a poco. Se reacomodan las cuadrículas distritales, se publicita el 911, se modifican leyes… muchas modificaciones y nada cambia. Al final, la historia sigue igual.
Francisco de Narváez, un empresario exitosísimo que busca posicionarse como una figura política de referencia, inauguró un sitio web que busca recabar denuncias, dar información sobre zonas con mayor presencia delictiva… y mejorar su imagen con miras a las próximas elecciones. Si existen estos emprendimientos es porque alguien lo demanda. Como decían las abuelas, no es cuestión de dar puntada sin hilo. Menos en política.
Además, está el tema de la imputabilidad de los menores, las penas, el cumplimiento efectivo de las condenas, si hay igualdad ante la Ley.
Y un largo etcétera que seguirá la semana que viene.
Nº 100.000 en tu lista
Inseguridad. Ese flagelo que modifica hábitos, costumbres, propiedades, vestimenta, salud mental, agenda política (debería afectarla, ¿no?) a la sociedad en su totalidad. Artículos, libros, ensayos, diagnósticos, discusiones académicas, ideologías enfrentadas y una sociedad rehén.
Tomemos un hecho delictivo al azar. Una familia que está llegando a su casa y es alertada por sus vecinos: “les entraron a robar". Un torbellino de sensaciones atraviesa a las víctimas. Primero, la incertidumbre de ver qué hicieron. Segundo, enfrentar lo sucedido. Tercero, enumerar qué se llevaron y qué dejaron. Cuarto, asumir y costear los arreglos necesarios. La lista es larga, pero vamos por partes. Si hablamos de una familia que cuenta con cobertura de seguros, deberá atravesar una burocracia que puede ser comprensiva y responder como prometen las publicidades o, por el contrario, ser complicada y hasta traumática. Entre la agenda post-robo aparece un punto que acarrea un sinfín de aristas: realizar la denuncia.
Semanas atrás, un matrimonio había sufrido un robo en su casa. Domiciliados a pocas cuadras de la intersección de Colón y Jara, padecieron la “visita" de unos maleantes que les sustrajeron dinero y electrodomésticos, tras romper rejas y vidrios a su paso. Era un delito poco organizado, por cierto, dado que se llevaron un aparato decodificador de una compañía de televisión satelital, un DVD y una TV, aunque dejaron la videograbadora (de mayor valor que los dos primeros aparatos), sumado a auriculares para celulares, lentes de contacto, una campera. Hasta dejaron sus abrigos en el lugar del hecho.
Aunque los vecinos comentaron que las fuerzas del orden ya se habían apersonado, Arturo y María, las víctimas, se comunicaron con su seccional correspondiente, donde recibieron un escueto “deben venir a hacer la denuncia". Por cuestiones laborales y burocráticas, decidieron ir a la comisaría. Leyó bien, no por buscar una acción o con esperanza de que se resuelva el hecho, sino más bien movilizados por una obligación de tipo legal. Y para que quede registrado que estos hechos se dan, sino después los funcionarios afirman muy alegremente que se reducen las presentaciones delictivas…
Esperando un milagro
“Falta el oficial, deben esperar". “Es simplemente que me tomen unos datos". “No importa, deben aguardar". Treinta minutos. Una hora. “Disculpá, ¿falta mucho?" “No es mi culpa" se ataja el personal, como si estuvieran acostumbrados a ese planteo. ¿Acaso Felipe Solá no eliminó los trámites administrativos para que esto no ocurriera? Así, Arturo descubría que las comisarías también cuentan con sala de espera. Párrafo aparte merece su necesidad de ir al baño, donde casi vomita al ver el estado calamitoso de las instalaciones “sanitarias" (Seccional Cuarta, si desea saberlo). Tres horas más tarde, finalmente es recibido por la oficial a cargo de estos menesteres. Primero, ofrece las pertenencias
olvidadas de los asaltantes, sin mayor expresión de la funcionaria pública. Segundo, empieza a describir lo acontecido. Tercero, cuando toma una pausa para reflexionar si había olvidado algo, la oficial imprime la denuncia, a lo que responde que todavía faltaban cosas. Llámenlo apatía, desgano o como quieran, pero la funcionaria suspiró y expresó tal fastidio que Arturo atinó a expresar, entre la sorpresa y la indignación: “disculpe, es la primera vez que hago este trámite". Tras firmar la declaración, este ciudadano consultó si había alguna chance de resolución, y la respuesta fue “si no vieron a dónde se dirigían, no". ¿¡Habiendo prendas!? ¿¡Huellas digitales!? ¿¡Miro muchas películas o estoy en el reino del revés!?
Dicen que Stalin afirmó que un muerto es una tragedia y que un millón, una estadística. Los delitos, los perjuicios de la inseguridad se van transformando en eso. Fríos números, titulares repetidos. Mera estadística.
por Federico Strileski
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